Microrrelatos. La cigarra

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Las huertas de La Villa de Gáldar y las fincas de sus alrededores parecían un campo de batalla, todo envuelto en humo, gritos y escándalo de cacharros. En el cielo, una inmensa nube rojiza oscurecía sol.

¡Pobre Cayetana! Apenas hacía unos pocos años que su comercio marchaba viento en popa, cuando se ve inmersa en la quiebra. Los feligreses, afectados por la plaga de la cigarra, apenas pueden comprar en su tienda lo necesario. Ella se ve en la necesidad de cerrar el comercio y condonar las deudas, como diríamos hoy. No tiene tierras pero reconoce que cuando sobreviene una catástrofe, el mal es para todos y entre todos es obligado ayudarse en la medida de lo posible.

Cayetana, con una pena inmensa, ve destruida toda la cosecha de hortalizas, papas, frutales y fincas enteras de plataneras, destrozadas por el apetito voraz de este asiduo visitante africano. Incluso el floreciente recurso de la cochinilla se vio afectado también al ser devoradas las tuneras. Todo lo verde que ella antes abarcaba con la mirada desde la azotea de su casa (la Montaña de Guía, La Vega, Buenavista, Los Quintana, la zona del caserío de San Isidro y Amagro) es ahora desolación.

Una desolación acentuada por las intensas lluvias caídas, que destruyeron los huertos y arrastraron la tierra por los barrancos hacia el mar. El puente de Los Tres Ojos se vio bloqueado en algunos momentos por la cantidad de rolos de plataneras arrancadas, ramas y animales domésticos.

La gente, no obstante, veía este diluvio como un mal menor que acabó con la cigarra.

Los grandes terratenientes se marcharon para la capital. El galdense sencillo y trabajador se quedó en su terruño, abatido, intentando buscar remedio entre tanta calamidad.

Al poco tiempo de la desgracia, renace la esperanza en la improvisada reunión de vecinos en aquel antiguo trapiche cerca de la plaza, cuando se alza la voz de Cayetana diciendo: ¡A las Américas quien pueda! ¡Aquí sólo hay hambre!

Ella es la primera que lía el petate y se lanza a la ventura, rumbo a América, con sus cuarenta años cumplidos, para buscar mejor horizonte. Su destino: Puerto Rico.

Texto: Juana Moreno Molina
Ilustración: Antonio J. Valencia Moreno
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