Microrrelatos. El recuerdo

javierestevezagosto2022A Sísifo hay que imaginarlo feliz

Albert Camus

Le bastaron unos pasos para confirmar su presagio: aquella mañana no era como las anteriores. Sísifo, que había sido condenado por los dioses a subir una pesada piedra a la cumbre de una montaña, sólo para verla rodar hasta la base, una y otra vez, pensaba que no había castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. Pero al alba, cuando estaba a tan solo unos pasos de la cima, desde donde se veían las islas, la orla de espuma del rompiente y el sol del amanecer que emergía tras una montaña lejana y solitaria, se sintió incomprensiblemente sereno. Lúcido. Receptivo. La brisa que subía desde el fondo del valle, traía consigo no sólo olores inauditos sino también sonidos sorprendentes que vibraban en su oído como un diapasón capaz de regular la naturaleza entera. Con una insólita nitidez oyó la lluvia persistente que caía sobre los cobertizos, el trepidar de un tenedor contra la clara de un huevo, el aleteo plomizo de las garzas, las motas de polvo que flotaban y chocaban en el aire, y una voz senil que, entre la algarabía del mercado, aseguraba haber leído que las historias de amor, a pesar de que acabaran, no dejaban de serlo nunca. Fue entonces, cuando Sísifo se acordó de ella.

Conmocionado por el inesperado recuerdo, envuelto en un silencio impermeable, descargó la piedra, respiró con profundidad, cerró con determinación sus ojos y percibió el aroma de los limoneros, la fragancia del arrayán y el espliego, la miel futura de los brezos y el perfume nuevo del azahar que flotaban en la brisa. No había alcanzado la piedra aún el suelo, cuando Sísifo comenzó a correr con gesto vehemente, desenfrenado, ladera abajo. Y en la oscuridad propiciada vio de nuevo sus pupilas y su pelo, sus párpados, su nariz, sus labios. La boca. Los dientes tan blancos. Tan perfectos. La piel de su espalda. Y recordó, emocionado, cómo sus dedos palparon una vez las montañas de sus nudillos, sus tendones, sus venas, sus uñas, las líneas adivinatorias de las palmas de sus manos y el río de saliva que su lengua había dibujado en su vientre arqueado.

Unas zancadas antes de alcanzar el valle, con sus ojos encharcados por las lágrimas, Sísifo sonrió ostensiblemente. Y se sintió feliz. Inmensamente feliz.

Javier Estévez


 

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