Microrrelatos. La increíble pero cierta historia de la gatita Chucha y la perra de su madre

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De regreso a su casa, mirando al mar, doña Pimpina casi tropieza con una gatita recién nacida, que ni podía maullar del hambre que tenía.

-¡Qué perra! –dijo en voz alta la señora, pensando en la madre descastada que había abandonado a su hija a la buena venturanza–. ¡Pobrecilla! –añadió, mientras cogía al animalito y se lo llevaba con ella.

Casualmente, doña Pimpina, una mujer mayor que había retirado todos los espejos de su casa para no verse envejecer, tenía una perra recién parida, que era tan buena que permitió que la gatita mamara junto a sus cachorros.

De esta manera la pequeña felina, que jamás salió de la casa, creció creyéndose una más de la camada canina con la que convivía y, cumplido el año, llegó a ladrar igual que los que ella consideraba sus hermanos.

Su madre adoptiva, por otra parte, la consideraba una hija más y no quería sacarla del engaño. Incluso llegó a decirle que a veces pasaban cosas raras cuando Chucha se extrañó de que sus hermanos no tuvieran las uñas como ella.

-¡Bendito sea Dios! –se alarmó la dueña de la casa, pensando en la posibilidad de poner un espejo a baja altura para que la gata se viera, y se diera cuenta de que no era una perra. Debía aclarar aquella confusión porque se trataba de un trastoque de personalidad que podría ser traumático para la gatita, a la cual, como ladraba, le puso el nombre de Chucha.

Pero no hizo falta que ella hiciera nada porque, pocos días más tarde, inesperadamente, alguien vino a poner las cosas en su sitio. Se llamaba Pilgrim, tenía tres años, y llevaba un camafeo con un espejo colgando del cuello cuando apareció merodeando por la azotea de la casa, en el momento en que Chucha paseaba por el patio.

-¡Hola, preciosa gatita! ¡Qué rubia eres!

Chucha dio un brinco del susto que se llevó. Nunca había visto un animal como aquel, tan negro y con los ojos tan rasgados y amarillos. Reponiéndose de la impresión, protestó diciendo que ella no era una gata sino una perra. Y ladró.

-¿Qué dices? ¡Tú eres tan gata como gato soy yo! –replicó Pilgrim, sorprendido por el ladrido de su congénere, pero saltando al patio con decisión y poniendo el camafeo frente a la cara de ella. Estupefacta se quedó cuando vio su imagen en el espejo.

-¡No me lo puedo creer!

-Pues créetelo, linda gatita. ¿Y cómo es que ladras igual los perros?

-Porque mi madre, que ahora me doy cuenta de que debe ser adoptiva, es una perra, y mis hermanos son perros también.

-¿Significa eso que nunca has salido de esta casa?

-Pues no. Ni siquiera he subido a la azotea. Pero he sido muy feliz. Siempre me han tratado bien.

-¿Y no te gustaría ver mundo, vivir distintas aventuras fuera de aquí? –preguntó Pilgrim que, de seguido, le habló del mar, de las montañas, de los barrancos llenos de lagartos y ratones, que estaban riquísimos, y de miles de peripecias que había experimentado.

Perpleja de entrada, Chucha se quedó pensativa después y, de repente, nació en ella el instinto felino que guardaba oculto. Se imaginó deambulando por todos los lugares descritos, al aire libre, y, ante la sorpresa de su acompañante, contestó con una pregunta:

-¿Me puedo ir contigo?

-Por supuesto, guapa minina. Nunca me separaré de ti.

Los ojos de Chucha se iluminaron.

-Espérame –dijo, mientras se dirigía al interior de la casa. Luego se acercó a su familia adoptiva, les explicó lo que había sucedido y, maullando por primera vez, se despidió de ellos y de doña Pimpina, a la cual se le saltaron las lágrimas cuando la vio brincar del patio a la azotea, siguiendo los pasos de un hermoso gato negro.

-¿Cómo te llamas, linda gatita?

-Chucha. ¿Y tú?

-Pilgrim, que significa peregrino.

-¡Qué nombre más apropiado! Yo también quiero ser peregrina, viajera y aventurera a partir de ahora. Y siempre contigo –dijo ella, sin dejar de mirar a uno y otro lado, contemplando los bellos paisajes marinos que se le presentaban a la vista.

-¡Qué maravilla, Chuchita mía! Vamos a ser muy felices juntos.

Chucha lo miró con ternura, maulló por segunda vez en señal de alegría, y se echó a correr por la orilla de la playa con el corazón henchido de felicidad.

Texto: Quico Espino
Foto: François Hamel
Actualizado el Lunes, 21 Noviembre 2022 02:20 horas.

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