Microrrelatos. Estrella

estrellajuanimoreno molinaSe casa mi Estrella, mi linda niña, a la que encontré una mañana, hace ya casi veinte años, apenas pocos días de nacida, en la puerta de mi casa.

Lo recuerdo como si fuera ayer. Yo estaba levantada y oía como maullidos de gato. No hice caso, pero como seguían, abrí la puerta y me sorprendió encontrar en el rellano, dentro de una cesta de mimbre, una minúscula criatura bien abrigada. Miré calle arriba y calle abajo y no vi a nadie. Hacia frío y entré con ella al calor del hogar.

No sabía que hacer en ese momento. Me detuve observándola. Era una niña morenita y muy linda. Parecía hambrienta por lo mucho que lloraba. Dentro de la cesta había un biberón preparado y aún tibio. La cogí en brazos y se lo di. Por mi cabeza no pasó dar parte de mi hallazgo a nadie y, menos a las autoridades del pueblo.

Fue transcurriendo la mañana y yo, con la niña en brazos, demoraba salir de casa y menos acudir al Cuartelillo a dar cuenta. Hice un nidito en mi cama y allí quedó dormida, mientras me ocupé en hacer retales de sábanas viejas, para usarlos como pañales y confeccionar ropita para ella. Solo me acerqué a la huerta para ordeñar a las cabras. De esa leche la alimenté bastante tiempo.

No dejaba de preguntarme por qué me dejaron a mi esa niña en la puerta; una mujer que vivía sola, teniendo solo lo justo para vivir como Dios manda: era dueña de un par de cabras que me daban buena leche, unas gallinas y la huerta, a la que no podía atender como es debido, por la desgana que sufro después de la muerte de mi único hijo.

Que caprichoso es el destino. Recuerdo que cuando me dejaron la criatura en la puerta, hacia pocos meses que habían encontrado a mi hijo muerto a causa de un accidente. Habían pasado más de dos desde que se fue de casa y dejé de verlo. Andaba en malos pasos y nunca supe corregirle. Era la luz de mis ojos y se marchó dejándome sola con mi fracaso como madre.

Aquella niña me devolvió las ganas de vivir. En ella volqué todo el cariño que no pude darle al hijo perdido, un cariño que guardaba en mi pecho celosamente sin saber para quién. El destino fue el encargado de hacérmelo saber: era para ella, mi Estrella.
La crié como mi hija. Nunca indagué quién era su madre ni de dónde provenía, y por supuesto nunca di parte a las autoridades. Yo misma la bauticé con agua bendita que robé de la iglesia del pueblo.

Los vecinos que conocían mi dolor nunca denunciaron la rara existencia de la niña. Sabían que no era mía, pero nada más y se acostumbraron a considerarla como mi hija.

Una vez, cuando la niña tenía cinco años, veía como merodeaba por mi casa una mujer que se paraba a observar a la niña, mientras jugaba en la huerta con los gatitos que, juguetones, se me enredaban en las piernas mientras iba de un lado a otro con mis trajines.

Aquella mujer, alta y bien trajeada me inquietó desde el primer momento. Un día se paró a hablar conmigo y me dijo que le llamaba la atención la pequeña, lo linda que era con aquel moreno de su piel, y que le recordaba a la hija que había perdido hacia unos años a causa de una sobredosis. Me aclaró que, en realidad, ya la había perdido mucho tiempo atrás, cuando la echó de casa por su afición a las drogas. Supo que se había ido a vivir con un chico que provenía de este pueblo y nunca más la volvió a ver hasta el día que se la trajeron muerta.

Me acongojó mucho su historia, a la vez que, rumiando el porqué, aumentó mi inquietud.

En la iglesia, al fondo, donde en este momento se casa mi hija, se encuentra aquella mujer alta.

Texto e ilustración: Juana Moreno Molina

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