Microrrelatos: "Nochebuena"

nochebuena2022

Cuando se aproxima la Navidad es inevitable no acordarme de aquella Nochebuena. Mi mejor amigo me invitó a pasarla con él en casa de su padre. El anciano vivía solo en el otro extremo de la ciudad. Yo me encontraba sin plan y pensaba cenar unos cuantos perritos calientes con una cerveza, después me tomaría unos tragos de aguardiente, me pondría una tanda de vallenatos de Escalona y Diomedes Díaz, hasta caer rendida en el catre con una manta gruesa y un edredón encima.

Al medio día compré en el supermercado una bolsa de pan de Hot Dog, un frasco con salchichas cocidas y una cerveza alemana, luego me fui al trabajo. Como no me había dado tiempo de comer, me había llevado en el bolso uno de aquellos panes con mantequilla y una loncha de pavo. Cuando me disponía a comérmelo apareció mi amigo en la oficina.

─Hola. ¿Qué haces hoy?

─Pues nada, lo de siempre, me voy a casa, ya sabes que no me gustan mucho estas fechas, las borraría del calendario.

─Venía caminando y pensé que a lo mejor te gustaría venir conmigo a casa de mi padre. Cenamos, estamos con él un rato y nos regresamos, el metro está abierto toda la noche. Además, mañana quiero levantarme temprano para hacer ejercicio frente al mar.

Dudé un poco, pero pensé que no era mala idea, cenaría bien y como no regresaríamos tan tarde, después podía escuchar música. Entonces, decidí no comer nada, porque cenaría mucho. Así que era mejor ir con el estómago vacío.

─Hoy el jefe nos dio permiso para salir a las seis. Intentaré salir puntual.

─¡Genial! Voy a preparar la ropa de deporte para mañana, arreglo un poco el apartamento que lo tengo hecho un asco y paso a buscarte. Mi padre hace un caldo de Navidad muy bueno, te gustará.

Las tripas me pedían gasolina, por la mañana solo me había tomado un café con leche y una tostada con aceite de oliva, pero, valía la pena aguantar un poco más, dentro de un par de horas saldría del trabajo y cenaría como nunca, en este país no se acostumbra a estrenar ropa, sí a comer como si no hubiera un mañana.

A las seis en punto estaba mi amigo en la esquina esperándome. Puse la alarma y cerré la oficina. Por la rambla la gente caminaba deprisa con las sillas plegables en la mano, las botellas de vino, las cajas con postres, y vi algunas abuelas en sillas de ruedas con las piernas cubiertas con una manta. Algunos mendigos ya dormían encima de unos cartones en el suelo de las sucursales bancarias y los comercios ya estaban cerrados.

Caminamos rápido, entramos a la boca del metro más cercana y en cincuenta minutos llegamos a la casa del padre de mi amigo. Nos abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja, tenía los dientes sucios de patatas fritas y guantes en las manos. Nos dio dos besos y nos dijo que pasáramos al salón. Dejamos los abrigos en el perchero y nos sentamos.

Escruté con disimulo la casa. Un par de sofás desteñidos y manchados, repisas cargadas de platos, copas y cubiertos, fotografías de cuando era niño pescando en un río, pantuflas de lana que sobresalían debajo del sofá, ceniceros repletos de colillas…

La mesa del comedor estaba llena de platos plásticos con aceitunas, patatas, chorizo, queso, pan del pueblo y cocktail de frutos secos. Las tripas me sonaron…

El padre de mi amigo salió de la cocina y nos sirvió una copa de vino. Nos dijo que fuéramos comiendo, porque él estaba pendiente de lo que tenía en el horno.

Mi amigo se comió todo el platico de fuet, y a cada rato se metía puñaditos de frutos secos en la boca. Yo comí unas pocas patatas y tres aceitunas, porque desde la cocina el hombre gritó que enseguida nos serviría el caldo. Sacó de la alacena tres platos hondos, polvorientos, que tenían una flor dibujada en el fondo y de un cajón sacó las cucharas, también polvorientas. En el hombro tenía un paño de cocina blanco, con rayas rojas y un delantal especial para barbacoa. Nos indicó que levantáramos el plato, y nos puso dos cucharones de caldo a cada uno. Después, se fue a la cocina.

Mi amigo soplaba y sorbía el caldo. Yo me tomé cuatro cucharadas, y mi amigo me preguntó si era que no me gustaba, le respondí que estaba muy bueno, pero que guardaba sitio para la carne. El hombre salía de la cocina y nos llenaba las copas de vino. Nos sugería que siguiéramos comiendo, que pronto estaría el cordero, los conejitos tiernos, y un pollo capón relleno de ciruelas.

El anciano siempre estaba masticando algo, yo le dije que se sentara y me dijo que si se sentaba se le podía quemar lo que tenía en el horno, mi amigo no decía nada.

Recuerdo que salimos cantando villancicos, brincando y caminando torcido. Llegar a la casa fue complicado, nos pasamos varias veces de estación. En el metro saqué el pan que llevaba en el bolso, le di la mitad a mi amigo.

Han pasado diez años, aún me preguntó qué diablos hacía ese señor en la cocina, por qué nunca se sentó a la mesa. No me atrevo a preguntárselo a mi amigo, y cuando llegan estás fechas me cuido de no coincidir con él…

Verónica Bolaños Herazo

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