Microrrelato. "Nunataq"

GQB2015Contemplar el glaciar era como presenciar una tormenta sin nubes, una tempestad silenciosa que se extendía hasta el infinito y de la que emergían repentinamente truenos de hielo azul y blanco; estallidos invisibles que reverberaban en las paredes del fiordo y eran finalmente engullidos por el silencio.

Era un espectáculo hermoso, pero únicamente le provocaba dolor.

“Prométeme que cuando me mate...”, le había dicho. No “si me mato...”, sino “cuando me mate...”, asumiendo que por muy lejos que llegara, por muy alto que escalara, la muerte terminaría agarrándole del pescuezo y llevándoselo antes de tiempo. Una existencia al límite que justificaba siempre igual: “Esta es la única oportunidad que tengo para ser feliz, ¿sabes? No tengo más vida que esta”. Para replicarse inmediatamente con ironía: “Quizás por eso tendría que cuidarla un poco más, ¿verdad?”.

Jamás discutió sus decisiones, era su mejor amigo y le quería tal como era. Valiente, insensato, honesto, temerario, leal.

Único.

Un enorme bloque hielo se desprendió del glaciar y se precipitó al océano. El estruendo llegó a sus oídos medio segundo después. La mole se hundió completamente, emergió hacia la superficie como si boqueara en busca de aire y terminó asentándose en medio de un maremágnum de espuma, olas e icebergs.

Llevaba más de tres horas admirando ese paisaje que iba mutando de forma imperceptible ante sus ojos, hipnotizado por la grandiosidad de todo lo que le rodeaba, aquella quietud absoluta que encerraba fugaces paréntesis de caos. Muy de vez en cuando dirigía la mirada a la urna plateada que contenía las cenizas de su amigo, temeroso de que ese gesto hiciese más vívido su recuerdo. Sin quererlo le asediaban mil anécdotas que lo sumían en la melancolía. La mayoría triviales, casi estúpidas y quizás por eso imborrables; otras cargadas de cierta solemnidad, como cuando habían recorrido juntos más de cuatro mil kilómetros para llegar hasta aquel lugar y sentir la soledad en compañía del otro.

“Prométeme que cuando me mate...”. Y se lo prometió sin dudarlo. Pero ahora le era imposible decir adiós. No sabía despedirse, y ser consciente de ello dolía profundamente. Volvió a contemplar aquel frío petrificado y súbitamente descubrió que nada permanecía. Aquella inabarcable extensión de hielo no volvería a ser nunca la misma que ahora lucía ante sus ojos, como tampoco era la que años atrás había admirado junto a su amigo. El paso del tiempo era inexorable e incluso despiadado, pero le brindaba los instantes de los que estaba hecha la vida. Así, el hielo se fundía por enorme que fuese, su crujido atronador se esfumaba cada vez como si nunca hubiese existido... y su amigo estaba muerto.

“Muerto”, silabeó en voz alta, y fue solo entonces cuando lo aceptó totalmente, entendiendo su marcha como la estación final de su propio viaje. Un viaje que había vivido intensamente, tal y como había querido, procurándose toda la felicidad posible. Había tenido la suerte de toparse con él, y aun cuando ahora solo le quedaba su recuerdo, eso le convertía (al menos durante unos segundos) en la persona más afortunada del mundo.

Extasiado, se puso en pie y pateó la urna. Las cenizas surcaron el aire en mil direcciones. Algunas se posaron sobre el mar y el hielo, otras siguieron volando hasta que las perdió de vista. Fue el último momento que compartieron.

Se dio la vuelta y emprendió el camino de regreso, mientras la tormenta de hielo volvía a retumbar a su espalda.

2 comentarios

Deja un comentario

Esta es la opinión de los lectores, en ningún caso la de infonortedigital.com. No se permitirán comentarios ofensivos o contrarios a las leyes españolas. Tampoco se permitirán mensajes no relacionados con el tema de la noticia.
El envío de comentarios supone la aceptación de las condiciones de uso.

volver arriba

Noticias

Municipios

Suplemento