Microrrelato. "Don Amado Tirabuzón"

eulalionuevaEl Vedado se ha desperezado, hace rato, con el frenético ajetreo de la vida bulliciosa que recorre la urbe. El mosquito metálico aletea en el techo, removiendo el aire caluroso del 1º de mayo. El giro de manija desbloquea la falleba y abro las altas persianas. En los socavones de las aceras no hay rastro del aguacero de anoche. Los edificios han perdido el candor de sus rostros, todos me parecen pustulosos, con incontables desconches. Otros, quejumbrosos, artríticos, se sostienen con puntales, igual que un tullido a sus muletas. Desciendo las escaleras con la valija en la mano: unas mudas, el neceser y un poemario de Nicolás Guillén. No miro atrás. Un taxi me aleja de la leprosería de las barriadas nuevas de La Revolución, rumbo a la Estación Central de Guaguas, que me llevará a Oriente.

Conservo las reverberaciones del Caribe lamiendo el Malecón —costera calzada del nuevo imperio— y en la retina las siluetas de quintas eclécticas, villas modernistas con flamboyanes y palacetes art déco con reminiscencias egipcias desfiguradas y fantasmagóricas. Me interrogo: ¿cómo pueden estas almas resistir tanta desolación? Busco distracción en el mar verdoso de los cañaverales; allá un fructífero aguacatal, más adelante una porción de cafetales y una línea férrea con su locomotora y ténder varados. Miro por la ventanilla buscando una trocha o un blocado español, esperando una carga de las tropas mambisas del levantisco Antonio Maceo. Nos adelanta un “camello” repleto de gentes, que viajan como sardinas de Nantes. En lontananza; una tenue raya anuncia una ciudad, tal vez nos esperen ahí los guerrilleros venidos de Sierra Maestra. Repostamos. Tomo un refrigerio y veo en el andén un cartel de la pasada visita de Juan Pablo II. Cae la tarde y partimos. Un exuberante manchón de palmeras reales, señalan los restos de una selva. Más cañas y a lo lejos una veguita de tabaco con unos guajiros doblados con sus guatacas. Duermo y sueño con los sones del realismo mágico.

Hace dos días que resido en el reparto de Alcides Pino: Una cuadra de tierra con casuchas de una planta, repelladas y sin enjalbegar, con la techumbre de lata o fibrocemento y palma curtida en los bohíos. Visité el parque arbolado, Calixto García, y el bulevar homónimo con la colindante Periquera, de simetría neoclásica. Ascendí la Loma de la Cruz y contemplé el damero de las calles holguineras, bajo un fanal de luminarias sepias. Para finalizar la ruta turística reseñar el Hospital Lenin, que me pareció un lateral del Escorial albeado de un blanco barrado.

Prefiero la sosegada casa y la sombra del tamarindo. El congrí y el “fongo” frito para almorzar, la siesta bajo el mosquitero y las lecturas de El gran zoo. Ceno rajas de papaya, aguardiente y humo de tabaco. Todos me conocen: Gertrudis y sus vástagos, los chiquillos de la vecindad y Nelly la maestra de escuela, que cuida sus chivas y un cerdo glotón. De entre todos estos personajes centellea luz, don Amado Tirabuzón. Un viejo cenceño, corto de estatura y entrecano cabello de astracán. Ahumado como pantalla de quinqué y encerada la piel en betún. La ropa llena de rotos y descalzo a perpetuidad. Me contó que el rabo de un huracán le robó las viejas tejas; que el Innombrable le regaló “fibra” y que el hambre se la llevó poquito a poco. Nieto de esclavos, hijo de esclavos y también él, esclavo de esta miseria del carajo. No quiso posar en la foto familiar, por su aspecto zarrapastroso. Por la tarde trajo su acordeón y tecleó un viejo bolero, —“Solamente una vez...— inundando de cenefas musicales el aire. Era un virtuoso músico, un artista homérico, digno de tocar el concierto de Aranjuez. Sé que le gustaba mi encendedor Clipper, por complacerle se lo regalé. Lo último que me dijo fue: “Hubiese querío conocer al Santo Padre, pa’ que vea como vivimos los pobrecitos de su jefe Jesusito”. El Lada me aguarda en la puerta, me despido apresuradamente —como ahora— y al rato leo un poema titulado: EL HAMBRE. “Ésta es el hambre. Un animal/ todo colmillo y ojo. / No se harta en una mesa. / Nadie lo engaña ni distrae. /... El ejemplar que aquí se ofrece/ fue cazado en la India (suburbios de Bombay), /pero existe más o menos salvaje en otras muchas partes. / No acercarse.”

. Metrobus o camello : consiste en dos autobuses unidos entre sí, sobre un tráiler de camión con capacidad para transportar 300 personas.

. Fibra: uralita

. Fongo: plátano burro o plátano , utilizado también como una vianda.

1 comentario

  • Paco Bolaños Lunes, 05 Marzo 2018 06:48 Enlace al Comentario

    Me encantó tu relato Eulalio. Estuvieras o no en la Cuba de "los isle´ños canarios" la has retratado en su vocabulario, arquitectura, transporte y viandas. Has entreverado la pobreza de su gente puesta de manifiesto desde la sumisión de quienes la aceptan con la esperanza de un futuro mejor. Yo también se los deseo, aunque espero que no se los coma el caimán de la "modernidad".

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