Microrrelatos: "Las flores de Bic azul"

eulalionuevaCuando Geño alzó la vista, el aula estaba vacía. Por el muro del gran ventanal entraba un trozo de cielo. Colgando del tímido azul pastel se arracimaban cúmulos cárdenos, conformando un empedrado de uvas moscateles. A lo lejos, la aguja blanquecina de un reactor pespuntaba planchas de mármol opalino. En otro estrato superior, cirros fibrosos e irisados se esparcían aleatoriamente en el firmamento.

La tinta roja iba señalando con cuidadoso esmero del preceptor los errores ortográficos: aquí una “v” por una “b”, allá una “m” por una “n”, acá la “H”; que es la muda hermana de las consonantes y convidada de piedra en algunos vocablos. Una atomizada llovizna de acentos empapaba el dictado. Como gotitas ya caídas, signos de puntuación y, a pie de página, unas notas explicativas idénticas al curso de los arroyos rojizos del Egipto descrito en el Éxodo cuando su primogénita plaga bíblica.

El bramido de la sirena anunciaba el regreso de los niños. Nuevamente, Geño alzó la vista. Tenía un rostro joven, tallado en ébano oscuro y brilloso. Estaba encantado con su clase multirracial y cultural. Siempre que podía, en las reuniones familiares decía que él trabajaba en el paraninfo de la ONU. Los primeros en tomar asiento fueron: dos peruanos cobrizos, seguidos de una colombiana y una chilena de trenzas largas; a su espalda, un marroquí con la delgadez del alambre. Continuaron desfilando cinco nativos en bullicioso tropel, una inglesa pecosa, tres alemanas rollizas y un largo etcétera de pupilas y pupilos. El último en cruzar el umbral fue un rumano famélico, con el rostro encendido por una vena de sangre, con los faldones sueltos, los botones desajustados y un hilillo de babosa sangraza que brotaba de la comisura de los labios temblorosos.

Geño comprendió de inmediato que el último en entrar e incorporarse a clase el trimestre pasado estaba siendo víctima de un acoso escolar. Motivado por la intolerancia y la irracionalidad más fanática, surgidas probablemente por los miedos de sus progenitores y del círculo de amistades viciadas por el odio, el racismo y la tan temida sinrazón.

Él, Geño, el magister, no podía tolerar esa virulencia. Él, que amaba la literatura y a todos los autores, fueran del país que fueran. Él, que simbolizaba la luz de un faro en la espesura de la noche, se dirigió al librero y rozó acariciando, para no lastimar, los volúmenes deslomados. Extrajo “Outside”, de Marguerite Duras, una pluma arrostrada y lucida del país galo de la centuria pasada. Pausadamente leyó: “Las flores del Argelino”. La narración apenas alcanzaba un folio mecanografiado con un interlineado de un medio. La sinopsis de la hoja amarillenta del P&J podía quedar.

Un domingo soleado, un joven argelino de veinte años se dirige al cruce de las calles Jacob y Bonaparte con una carretilla llena de flores. Viste miserablemente y vive de matute, vendiendo flores. Dos gendarmes de civiles lo paran y le piden los “papeles”. Uno voltea la carretilla esparciendo las flores, los vehículos sortean la mercadería. Mientras, una señora grita “¡Bravo!”, congratulándose con los policías. Otra que la sigue toma una flor y paga al chico argelino. A continuación, dos mujeres más apañan flores y pagan al joven. Las quince restantes recogen flores y también pagan al árabe.

La lectura se prolongó unos segundos más en un absoluto silencio. Una de las niñas dibujó una flor con su Bic azul, arrancó la hoja y la puso sobre el pupitre del rumano. Acto seguido, la secundó su compañera, la inglesa pecosa. Las siguieron la colombiana, la chilena de trenzas y muchas nativas. Las hojas pronto formaron un brazado sobre la mesa: un clavel ancho, de trazo grueso e irregular, salido del “carboncillo” de la novel caricaturista. Otra puso una rosa abierta con un capullo lanceolado, casi manierista. Hay quien se atrevió con una margarita de pétalos rectangulares y geométrico pistilo, al más puro estilo cubista, pero todas con un mismo significado de solidaridad y paz cívica. Los chicos no se rezagaron. Las suyas fueron composiciones más toscas, figurativas y abstractas, pero no menos artísticas e igual de emotivas y fragantes.

Geño no mandó repetir cinco veces las palabras con la correcta ortografía. Viendo la capacidad de comprensión de sus educandos, propuso una redacción de tema libre pero este que les escribe desconoce el resultado de las temáticas elegidas, al igual que el rumbo de aquel reactor que hilvanaba planchas de mármol opalino.

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