Microrrelatos: "Morir en domingo"

eulalionuevaHacía unos días que había concluido la inquietante lectura de la novela de Máximo Gorki “La madre”. Fue en aquellos días cuando lo requirieron para cubrir las vacaciones del personal saliente del hotel. Su imaginación desperfiló el monolito de cristal tintado sito en la calle Alfredo L. Jones, asociándolo a la fábrica monstruosa recubierta de hollín que describía el ruso en su obra. Veía las sólidas chimeneas vomitando gigantescas fumarolas y brotar de los resquicios de los muros vedijas emponzoñadas. En su nuevo puesto, creíase mas un obrero de una fundición de finales del siglo XIX que un novel recepcionista. Realmente no estaba loco, era tan solo un ardid evasivo para amortiguar la tediosa realidad.

El hotelito se construyó a finales de los sesenta, simultáneamente con el boom del turismo, aprovechando un inmejorable nicho a unos escasos doscientos metros del parque de Santa Catalina y algo más alejado de la solana arenosa que contempla el trasiego de los buques en su paseo por el Atlántico. Su dueño y promotor era un octogenario llamado don Sebas, pálido como un velón de iglesia que, en su mocedad, bajaba de Teror a la capital tirando de un jumento con las alforjas repletas de mantecosos quesos. No tardó en transferir al rucio por un taxi. Tras las carreras, con gran ahínco y no menor esfuerzo, estudiaba el abecé en la recién fundada Radio Ecca y completaba su formación con lecturas sesgadas del Eco de Canarias e íntegros wésterns de Marcial Lafuente Estefanía. Estrujaba toda oportunidad, igual que el quesero apuña la cuajada. Ensanchó su patrimonio con mucho celo, prodigándole los mimos que otorga el campesino a la jugosa ración para el cebado del recental que ha pasado a ternero “pastero”. En la gordura del animal veía surrealistas filetes el labriego, como tostones blandos de oro y, don Sebas, al arrendar una habitación, oía el tintineo del noble metal, idéntico a una ecoica carcajada de la esquila resonando en la dehesa. No corrió paralela su felicidad matrimonial al lecho caudaloso de su ingente fortuna. Los constantes devaneos con las ardientes nórdicas y escarceos con las hijas de la Gran Bretaña truncaron su hogar. La esposa terminó por repudiarlo. Su benjamín y futuro sucesor al frente de la “fábrica” sufrió un fatídico accidente de piscina y la fractura medular lo encarceló en la espantosa celda de la tetraplejia. El mayor obtuvo la licenciatura en ciencias exactas librándose de las cadenas que lo ataban al pesebre del hotel, sin tener que bajar la cerviz para soportar la gamella amenazadora. La Toná, la niña de sus ojos, le nació sietemesina, con el padecimiento de la estulticia, esto es, con el gustito aburguesado —teatro, ópera y lujos a raudales— convirtiéndose en una pro nini muy adelantadísima para su época.

Este cuadro de tristezas familiares unido a los achaques propios de la vejez y la decrepitud del hotelito colgaban del corazón de don Sebas, quien nunca leyó poesía por parecerle cosa de afeminados y desconocía por tanto los versos: “Vencida de la edad sentí mi espada, / y no hallé cosa en que poner los ojos/ que no fuese recuerdo de la muerte”.

El resplandor del hotel se había consumido, años ya, con la fugacidad del cohete verbenero y, ahora, solo pululaban los individuos desorientados del lumpen, buscando alojamiento y nocturnidad para sus fechorías. Tal era el caso de Julio, un miope con cara menuda de garduña astuta que presumía de mecánico naval y tan solo ostentaba el grado de engrasador. Convirtió el hall en su paradero, empantanándose largas horas en conversaciones con los clientes. Abroquelado tras los cristales tintados del vestíbulo, aguardaba los jueves al tipo del Mercedes que le traía un sobre con un fajo de billetes. Resultó ser que el armador y el capitán, unidos al jefe de máquinas y la garduña astuta, se confabularon para mandar a pique al containero St. Isabella, a unas cincuenta millas náuticas del puerto de Nouakchott, y estafar a la compañía aseguradora. Para no levantar la gaviota y no dejar estelas bancarias, el miope cobraba lentamente y en secreto, pero, como “quien roba a un ladrón...”. Su única heredera, una veinteañera a la que ya le afloraban algunas lorzas, le birlaba dos mil duros en un abrir y cerrar de ojos y, con sus zalamerías, solicitaba insistentemente un millón de rubias para editar un disco, creyendo que podría, en un futuro no lejano, alcanzar el brillo perenne de sus idealizadas divas del pop-rock del momento.

Recién llegados de la Academia de Baeza, recalaban buscando hospedaje, por unos días, un grupo de bisoños guardias civiles que, por motivos de espacio en la Comandancia, no pernoctaban en el acuartelamiento. Sus tricornios de hule negro auguraban el destino de la escuadra que, en breve, partiría en dos secciones a Fuerteventura y Lanzarote para custodiar la costa y recibir a los migrantes de las pateras y recoger a los fallecidos que flotaban, como pelotones de crudo solidificado, con la misma negrura y brillo bajo el sol que los tricornios de vinilo. Con ellos coincidió el retorno de don Nestores D’amico, una vieja cigüeña que regresaba todos los agostos desde la Provenza. Practicaba un turismo barato a base de bocadillos de fiambre y frutos secos, siempre enmantado en la trinchera mugrienta y grasienta, como si la tela impermeable hubiese estado en contacto con las tuberías goteantes de la sala de máquinas de la St. Isabella, antes de ser hundida en las profundidades bien alejada del arrecife de coral frío que bordea la costa. Usaba un sombrero de ala corta con la cinta muy sudada que pintaba un cerco amarillento, destacando más aún el marrón del fieltro y unas desfasadas gafas de sol con esqueleto de baquelita y anchos cristales que le embozaba medio rostro. Parecía un espía venido de detrás del telón de acero, entrando y saliendo sigiloso del hotelito.

Los caudales vivos que daban el sustento al dueño y al personal —recepcionistas en vías del retiro y las limpiadoras, futuras kellys, —no eran estos escasos clientes, esporádicos y pintorescos. El hotel se nutría, en su declive decadente, de una masa de señoritas de alterne. Unas pasaban un día o dos, a lo sumo, esperando destino en otro burdel. Las recién llegadas de sus países de origen descansaban una noche incorporándose al día siguiente en casa de la nueva madame. Los barones, pertenecientes a todo el arco social y de casi todas las edades, con gustos dispares, —diría un sociólogo, mostrando su gráfica de crestas y vaguadas— aguardaban, furtivos, a las jóvenes y jovencitos, que los había, en reducido número. Solapados, eludían el incómodo y menos seguro prostíbulo o el fastidioso sillón trasero del vehículo. Asistían con este cardumen humano cargado de lujuria seres buenos, sin tacha, abatidos por el destino: una pareja de viudos que, por no conturbar a los egoístas hijos, se veían a escondidas, evitando ser dichosos nuevamente o por primera vez, ¿quién lo podría precisar? Y qué decir de los infieles amantes, solo sosegados en el recato del cuarto en las cortas horas de contubernio. Llegaban por separado buscando el mismo número de habitación. Asustados las primeras veces y, con el tiempo, más resueltos, pero todavía recelosos. Sería su amor, a medio camino de la vida, un reencuentro semejante al de Edmundo Dantes y Mercédès. Se vieron sus vidas forzadas en el pasado al sometimiento de los dictámenes de dos familias enfrentadas, como los Capuleto y Montesco. Fue la causa de la infelicidad la pobreza, tal es el caso de Juan Marcilla, el amante de Teruel, o, por el contrario, el amor de los cónyuges se murió lentamente, casi sin querer, como el hijo que sufre una incurable enfermedad y se desvanece en el camastro de un hospital. Quizás Las salidas de él con los amigos, las largas estancias en el café, la falta de detallismo en fechas señaladas. A lo mejor todo partió de ella, con sus visitas asiduas a los salones de bingo, sus palabras soeces o un reguero de revoltijos esparcidos en el mapa doméstico y sus cabellos teñidos olvidados en el lavabo. Pero qué importa, ¿verdad? ¿Quién dejaría pasar el tren por segunda vez con el silbato aullando?

El matrimonio gallego ascendió a la habitación número quince arrastrando su equipaje, una maleta compartida, de plástico desgastado, imitando rancio cuero y su andar parsimonioso. Al principio regatearon el importe de la habitación pero, al final, transigieron. El hijo, un chaval y peón de la construcción, hacia dos días que había caído desde el andamio sobre una duna de guijas. “De milagro sigue en este mundo”, comentó ella angustiada. El novel recepcionista tenía ordenes expresas de don Sebas de no apiadarse de la desgracia ajena y seguir al pie de la letra “ser blando como el pan y duro como una roca”, y también refunfuñaba en alemán para reafirmarse en sus postulados: “Gott mit uns” (Dios con nosotros), frase que aprendió de un fiel cliente y oficial de la Wehrmacht que escapó del sitio de Leningrado y la llevaba grabada en la hebilla de su antiguo cinturón.

En la mano corriente, un pliego largo y ancho, tan fino como papel de biblia, reflejó la entrada del matrimonio y punteó los cargos y abonos ya existentes. Súbitamente, la joven se plantó ante él. Era joven, de eso no había duda, y de su misma edad. Muy estrujada y fatigada. Las ropas pobres, con muchas coladas, atestiguaba el tejido y compradas de saldo. Pidió que, de favor, la dejase utilizar el teléfono, pero que no disponía de medios para pagar la factura, que si no le importaba cumpliría en la tarde. Saltándose todas las normas, le permitió utilizar el fijo del mostrador, no quería pelearse con la antiquísima centralita, un monstruoso cefalópodo, con más brazos de lo habitual, con los que debía batirse para meter los rejos puntiagudos y metálicos de sus tentáculos en las perforaciones del panel donde se encendían luces rojas, como los ojos vivos y furiosos del bicho que parecía querer arrastrarlo en el descenso a las profundidades junto al pecio de la St. Isabella.

—¡Hola!, ¿doña Rosi?. Soy la Menchu, ¿me recuerda, no? Pues bien, hace unos meses que no tengo que darle a los chiquillos, ni qué llevarme a la boca. ¿Cómo, el viejo? Se murió. ¡Ay!, doña, del corazón desgastado que lo tenía el pobrecito. ¡Sííí, doña!, fue bueno conmigo, como un segundo padre el bendito y un abuelo con los críos. ¡¡Qué va... doña!! Solo quería compañía de la soledad que arrastraba. ¿El dinero? Voló rápido, apenas había para un mes y eso que lo estiré como chicle. Sacando y no metiendo en la cartilla, imagínese usted, por eso es que la llamé, doña Rosi. ¿Cómo...? Viva sí que estoy, pero sola como lo estuvo el difunto, que en paz descanse. Mire, vuelvo a estar como al principio, con una mano delante y otra atrás y tengo que quitarme la de delante. Doña, que el contador del teléfono corre. ¿Qué, de peso? Estoy igual y sin patas de gallo, con todo firme y bien duro. Usted sabe... soy fuerte, una yegua, que aguanta lo que le echen, pero, sin estudios ni preparación, como una so burra, ¿en qué otra cosa puedo trabajar que no sea en esto? ¿Pero qué no hare yo por los niños? ¡Angelitos míos! Repita, doña Rosi... ¿a las ocho en punto? Allí estaré, adiós y gracias—. Preguntó el importe y se marchó como vino. Mecánicamente, el novel recepcionista aportó del fondo de propinas ocho monedas de a veinticinco y las reflejó en la casilla de la mano corriente destinada a este menester.

Las horas pasaron lentas, sin apenas clientes. Los vehículos comenzaron a encender sus faros brillantes. Su jornada iba tocando a su fin, sin sobresaltos ni novedades relevantes. Decidió ir cuadrando la caja para el cambio de turno y el posterior relevo. La hoja de cristal se abrió, dejando penetrar todo el estridente ruido del escape de una motocicleta a gran velocidad, y entró una clienta, una chica con un lindo vestido de flores, el cabello recogido en cola, con paso decidido y aplomado. “Sus doscientas pesetas señor”, exclamó, regalándole una gran sonrisa muy humana, envuelta en destellante celofán carmesí y atado con suaves cuerdas de infinita gratitud.

Hecho el relevo, salió de la “fábrica” y tomó aire para oxigenar sus pulmones fatigados y llenos de impurezas. Sintió sus músculos desfallecer, pero siguió caminando rumbo a la marquesina del autobús y recordó la frase de Gorki con exactitud: “La fábrica había devorado su jornada”. “Tal vez les pase esto a todos los obreros del mundo”, se dijo a sí mismo. Se detuvo bajo un cartel de Coca-Cola iluminadísimo, encendió un pitillo, dejó salir una nebulosa grisácea y amarillenta y cambió de opinión con respecto a aquellos seres que pululaban por el hotel, ya no le parecían vagonetas abolladas repletas de escoria, sino seres reales que intentaban sobrevivir con sus luces y sombras como mejor podían. Aguardó al autobús y se distrajo pensando en la lectura que comenzaría en breve, “Tristana”, de Galdós, y de esta manera no se sintió morir en domingo.

3 comentarios

  • ..... Domingo, 25 Noviembre 2018 10:31 Enlace al Comentario

    Lo primero darle las felicidades por escribir un microrrelato tan bonito a la par de agradable.
    Es muy entendible tiene que subir más el nivel y no hacer microrrelatos para el pueblo y además no hace falta que el lector este comprobando el significado de las palabras por que la idea está muy bien expresada y el relato ni enturbia, ni le hace perder el interés al lector.
    Gracias.

  • Soraya Medina Sábado, 24 Noviembre 2018 08:44 Enlace al Comentario

    Creo que cada vez complica más y más la lectura , con el afán de enturbiar y desrazonar a quienes intentamos entender dichos microrrelatos.
    Se te ve atento en disuadir la atención del lector yendo a consultar muchas palabras de tu relato.
    No siendo muy agradable tener que comprobar cuál poco dicto en entendimiento somos alguna
    s en el pueblo.
    Estaría bien un microrrelatos en para gente del pueblo.

  • francisco bolaños díaz Martes, 20 Noviembre 2018 07:08 Enlace al Comentario

    Para el autor.Lo leí ayer lunes pero, necesito una segunda relectura para saborearlo mejor. Ya te daré mi opinión.Salud y adelante.

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