Microrrelatos: "La Sima"

ERASMO2018012El ruido del camión despierta de un sobresalto a todos los que dormían en la nave.

Era un día como todos los demás. Pero nunca nadie se acostumbrará que un camión les despierte. Nunca. Y menos cuando aún no ha despuntado el sol, y que abran la puerta de par en par de una patada y entran cuatro soldados apuntando con sus moquetones mirándoles con ojos de asesinos.

Detrás de los soldados entra el sargento y señala con la mano uno a uno

Tú … tú... tú...

Como otras veces se limitaba a señalar , uno a uno, hasta llegar a los cincuenta, el número de prisioneros que cabía en el camión.

Los soldados, mientras ,ataban sus manos con esposas.

En la calle ,entre la puerta y el camión, cuatro soldados más, igualmente armados,los esperaban para hacerlos subir a la carrocería. Los hacían sentar sobre una tablas de madera dispuestas a los lados a modo de banco.

Cuando el camión marchaba, se cerraban las puertas de la nave y allí quedaban los vigilantes con el resto de los prisioneros .

Sólo se oía el ruido del motor del vehículo

Los prisioneros se miraban unos a otros, sin palabras, despidiéndose con sus ojos.

Los soldados más recientes, tan pálidos como los prisioneros, no miraban nada. Los más veteranos, acostumbrados a matar, se permitían alguna broma acerca de las víctimas cómo hacen los cazadores.

¡Qué! ¿contentos? Hoy por fin van al cielo, ¿no?

“Hoy por fin” - Pensaría alguno,- pero no por el cielo, precisamente, sino al menos se me acaba la agonía. De todos modos, una muerte segura cuanto antes mucho mejor”

¿Al cielo?. Para éstos no existe el cielo. Éstos son rojos.

“Para ustedes tampoco existe el cielo -Pensaría otro de los prisioneros- Y aunque el cielo existiera, no abriría las puertas para alguien que se sienta tan orgulloso de dar muerte a los demás”

El camión se detiene. Los primeros que bajan son los soldados y apuntan con sus armas a los prisioneros que los van haciendo bajar uno a uno.

El sargento va delante por un camino estrecho y pedregoso que conduce hasta la sima. Entre ésta y el camión había unos cuarenta metros. Por allí caminaban los prisioneros en fila de a uno en medio de las puntas de las bayonetas de los soldados.

El miedo les impedía llorar.

- Ya está mas cerca la puerta del cielo. ¡Ooo del infierno! Veo que no les hace gracia. No tienen sentido del humor.

La sima despedía un fuerte hedor a carne descompuesta. Desde el fondo se oía algún que otro lamento de prisioneros que tiraron el día anterior y aún estaban vivos.

El sargento no pronunciaba una palabra .Se limitaba a señalar con el dedo al reo que le tocaba.

Hacía que adelantara unos pasos y , en medio de dos fusiles, un tercer soldado le quitaba las esposas y le obligaban a adelantarse a la boca de la sima, algunos , temblando, resbalaban en el pedregal y caían a la profundidad. Otros pensaban que lo mejor era girar el cuerpo para caer de cabezas, desnucarse o golpearse duramente la cabeza y morir en el instante. Todo con tal de evitar largas horas de sufrimiento. Otros paraban indecisos en la boca de la sima y un culatazo de un soldado les hacía caer.

-¡Anda, valiente!

Le dijo a José sin dejar de apuntarle con el fusil.

Se siguió el mismo ritual. Le quitan las esposas y uno de los soldados, el hablador, le conduce a la entrada de la cueva apuntándole con su arma.

Ya , en el borde, José dio un rápido giro hacia su verdugo y, cogiéndole el fusil por la punta lo arrastró con él al fondo del precipicio.

Los demás reos se quedaron pétrificados.

Los soldados apuntaban a todos ellos dispuestos a disparar a quién se moviera.

El sargento sacó su pistola de la cartuchera.

Pasados unos segundos de tanta tensión, habló:

Por hoy quedan suspendidas las ejecuciones. Ha habido un asesinato. ¡Vamos! ¡Al camión!

Y los soldados, con rabia por la muerte de su compañero, empujan los reos por el camino de regreso dándoles fuertes golpes de culata.

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