Microrrelatos: "El préstamo"

GQB2015—Estás de broma, ¿no?.

—No ha sido idea mía...

—Ya solo faltaría. Y aún así, no es eso lo que te he preguntado.

—Ya, ya lo sé.

—¿Y bien?

—No, joder, claro que no es una broma.

—¡Pues debería! ¿Tú te estás escuchando? ¿Cómo puedes planteármelo siquiera? ¿Acaso esperas que diga que sí?

—No… no sé qué espero que digas, la verdad. Ni yo sé aún si me parece bien, mal o regular. Es… ¡mierda! Es complicado.

—¿Complicado? Te estás equivocando. Si aceptaras, si aceptáramos, entonces sí que sería complicado. Si dices que no, todo se simplifica. Mucho.

—Ella no lo ve así. Dice que sería un regalo, que la haría muy feliz. Y que no tendría que preocuparme por nada, que no va a exigirme nada.

—Todo un detalle por su parte; ahora me quedo más tranquila. Pues venga, ¡adelante!

—No te pongas así.

—Dime cómo debería ponerme, por favor.

—No… no sé… Quizá restándole importancia. Viéndolo desde otra perspectiva, como algo que no te atañe directamente. Siendo rigurosos, es así.

—Vale. Te lo voy a plantear de otra manera: imagina que soy yo la que quiere hacer ese favor.

—No es lo mismo.

—¿Ah no? ¿Y por qué, si puede saberse?

—¿Te lo tengo que explicar? Tú, ¡vamos! Tú tendrías que estar 9 meses gestando al bebé; yo solo voy a donar mi esperma.

—¡A una amiga!

—También es tu amiga.

—Con más razón aún. Tal vez sea un acto egoísta por mi parte, pero no me resultaría agradable encontrármela en el parque paseando a un hijo tuyo.

—No sería como si fuera mi hijo; ya te he dicho que no me va a exigir ningún tipo de compromiso. Y yo no voy a tener ninguna ligadura emocional para sentirlo como hijo mío.

—Eso no puedes saberlo. ¡No puedes! ¿Cómo puedes desterrar desde ya ese sentimiento? Por mucho que lo digas, no te creo. Y sé que tú tampoco lo crees. No puedes asegurarme que no mirarás a ese hipotético bebé como miras ahora a Silvia.

—¡Pero Silvia es mi hija!

—Y ese bebé también lo sería. No te creo tan ciego como para no verlo. Ella es tu amiga, es alguien por quien te preocuparías si llevara el bebé de cualquier otro. ¿Cómo no vas a hacerlo cuando sabrías que en realidad es tuyo? ¿Cómo harás para no verte a ti mismo en sus ojos o sus manitas? ¿Cómo vas a extirpar cualquier tipo de vínculo?

—Creo… creo que podría.

—¡No! ¿Me oyes? ¡No! No es algo que puedas intentar a ver si sale bien. Estás hablando de algo demasiado grande, demasiado sagrado.

—¿Desde cuándo eres creyente?

—No ironices, no con esto. Sabes perfectamente a qué me refiero.

—Lo sé. Por eso precisamente me lo está pidiendo. Es algo que ansía, que quiere de verdad. No… no me gusta usar este tipo de expresiones, pero creo que la haría sentirse plena, completa, o como quieras llamarlo. Feliz, joder. Es tan sencillo como hacer feliz a alguien a quien quieres.

—Oh, la felicidad. Ya puestos, que la experiencia sea completa del todo: acuéstate con ella y dónale tu esperma a la vieja usanza. Ya puestos córranse a la vez para tener el mejor de los recuerdos; hay quien dice que así hay más posibilidades de embarazo.

—Qué gilipollez. No sabes ni lo que dices…

—Ni tú lo que respondes. Porque has escurrido el bulto hace un momento. Venga, dime, ¿qué harías a la inversa? Te lo digo yo: me escupirías un no rotundo a la cara, y no por evitar que pasara por un embarazo y el posible trauma de desprenderme del bebé, sino para no ver tambalear tu precioso ego masculino. Todo mi bienintencionado propósito y la felicidad de un tercero quedarían enterrados por tu miedo al qué dirían si me vieran embarazada y luego no vieran al bebé; estarías cagado por las habladurías cuando se supiese que llevaba el hijo de otro, porque sabes que la gente no creería las explicaciones que pudieras dar…

—¡Pues por eso mismo! En el fondo me estás dando la razón. Y aunque el caso sea diferente porque es ella quien se va a quedar embarazada, haríamos todo esto con discreción. Nadie sabría la verdad salvo nosotros tres.

—Primero: no te estoy dando una mierda. Segundo: todo se sabe, más tarde o más temprano. Somos demasiados para guardar un secreto. Y tercero y último: yo lo sabría, ¡yo! Tu pareja y la madre de tu hija. Y a mí me importa. Me duele. No sé si es por un instinto primitivo incrustado en mi ADN; por un condicionamiento social que me han inculcado sin saberlo; por pura sensatez para no poner en riesgo lo que tenemos o por qué demonios, pero el caso es que no. La respuesta es no.

—¿No?

—No.

—¿Es tu última palabra al respecto?

—Mi última palabra.

—Perfecto. ¡Es perfecto, joder!

—¿Y las tuyas?

—¿Cómo?

—Tus últimas palabras. Me gustaría saberlas. Porque has empezado todo esto pidiendo mi opinión. Pero el semen es tuyo, al final es tu decisión, por mucho que lo que diga importe más o menos. No eres un zángano así que quiero saber qué vas a hacer.

—Prefiero esperar.

—¿Esperar?

—Sí…

—No, cabrón de mierda. No…

—9 meses, para ser exactos.

—No…

 

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