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Microrrelatos: "Espinin"

ERASMO2018012Espinín era un pequeño arenque muy atrevido.

Eran incontables las ocasiones en que se alejaba del grupo. Unas veces para recrearse entre los tentáculos de una medusa, otras traspasando las estrechas grietas de las rocas, otras recorriendo el laberinto de un coral… sus compañeros quedaban boquiabiertos cuando les sorprendía con una de sus múltiples aventuras

Cualquier día podía verse atrapado en los tentáculos de la medusa, o perdido en el laberinto del coral, o incrustado en la grieta de la roca, o, cuando se alejaba del cardumen, correr el riesgo de ser engullido por un calamar, o tragado por un mero.

En una ocasión, sus compañeros, vieron como Espinín daba vueltas y vueltas a un objeto brillante atrapado en medio de dos piedras. Le miraban sorprendidos. Sorprendidos, pero no por la temeridad de Espinín. Ya estaban acostumbrados. Sorprendidos por lo extraño del objeto. Un objeto desconocido, que no era propio para estar en todo aquel paisaje marino

Después de tanto curiosear, el intrépido pececito, encontró una abertura. Se le había ocurrido entrar en el interior, pero estaba indeciso. Los demás compañeros lo miraban atónitos.” ¡Entrará! ¡Vaya que si entrará! ¡Conocemos a Espinín!”

En efecto. Espinín entró por aquella cavidad. Ya estaba en el interior de la botella de plástico.

Y por primera vez en su vida sintió miedo y salió repentinamente. Pero, una vez fuera, y viendo que no suponía peligro alguno, volvió adentro y rodeó el interior.

Volvió a salir y siguió con los compañeros del banco.

Los arenques recorren largas distancias por la superficie del océano y rara vez vuelven a pasar por el mismo sitio. Pero en esta ocasión regresaron al mismo lugar. Espinín no quedó satisfecho de su última aventura y determinó repetir la hazaña siempre que pudiera: pero mientras era un alevín, giraba y volvía a la salida. Pero ya no era tan pequeñito y, cuando intentó voltear para salir le fue imposible. Sus compañeros más íntimos se quedaron con él para ayudarle. Hacia atrás no podía nadar. Era un experto nadador, alcanza una gran velocidad; pero sólo hacia delante.

Sus compañeros intentaron sacarlo tirándole de la cola, pero la aleta caudal se trababa en el gollete y tuvieron que desistir por no correr el riesgo de hacerle mucho daño. Si se le rompe una aleta se puede dar por muerto. No podría defenderse en el agua.

El banco siguió su camino pero sus incondicionales compañeros se quedaron allí. Bajo la triste mirada de Espinín. Cogían musgo de las rocas y lo ponían en la entrada de la botella para que el pececito se alimentara.

Así estuvo varios días. Espinín había crecido tanto que casi ocupaba todo el espacio interior de la botella. Entonces el agua no podía removerse lo suficiente y no podía aportarle el oxígeno necesario por lo que el pobre arenque acabó muriendo.

Sus compañeros sintieron un terrible dolor y miraban hacia la superficie del océano buscando el culpable de la muerte de Espinín

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