Microrrelatos: "La propuesta"

GQB2015—Solo serán dos minutos, con usted seguro que me correré enseguida.

Apreté los dientes intentando que no se me notase; no quería que mi rostro revelara la más mínima expresión de duda, de rabia, de asco, de lo que fuera.

—Además, le avisaré antes. Ni siquiera tendrá que tragárselo.

Mi jefe, aquel sesentón hijo de puta podrido en dinero, me exponía sus condiciones con cierta indiferencia, como si en realidad me estuviera explicando las características de un nuevo contrato laboral. Su tono por momentos llegaba a ser cordial, y en ningún momento dejaba entrever un atisbo de deseo o súplica. De hecho, me resultaba chocante que me tratase de usted y luego usara las palabras «mamada» o «correrse», cuando dadas las circunstancias hubiese sido más apropiado que dijese «felación” y «eyacular».

—Le doy cinco minutos para pensárselo.

Miré mi reloj y vi que marcaba las 11:47. Si me decidía rápido y aquel cabrón cumplía con lo prometido, antes del mediodía sería rico. No tendría que volver a dar un palo al agua durante mucho tiempo; si me administraba bien, puede que nunca más. La perspectiva era atractiva, más aún para un treintañero con carrera y dos másteres que había terminado como reponedor de supermercado y opositor a perpetuidad. La única pega era que rebajarme por dinero me revolvía por dentro. Quería creer que tenía principios o algo parecido, y que mis reticencias no tenían que ver con el hecho de que lo que se me pedía era que le chupara la polla a otro hombre. Me dije que si me hubiese ofrecido la misma suma por mearle en la cara a un mendigo también me habría sumido en la misma deliberación interna. O puede que no, porque mear a un mendigo era algo que le habría hecho a un tercero y la mamada era algo que nos implicaba solo a nosotros dos. A mí, especialmente. De forma que era más un problema de ego que de principios. Aunque lo cierto era que tampoco podía presumir de ego en mis actuales circunstancias, trabajando demasiadas horas en algo que no me gustaba y por lo que cobraba una miseria… Cualquiera con un mínimo de amor propio habría mandado ese trabajo a la mierda hacía mucho tiempo.

De modo que no tenía principios ni ego, ¿qué me quedaba? Pensé que tal vez algo de inteligencia, al menos monetaria, o financiera o económica; ahora que los expertos describen tropecientos tipos de inteligencia. Y también memoria: recordé conversaciones recurrentes entre el grupo de amigos en las que, entre risas, se ponía precio a lo que ahora me ofrecían a mí. Mientras yo nunca me mojaba y eso daba pie a las suspicacias del resto (que me pinchaban diciendo que en realidad lo haría gratis), los precios de mis colegas siempre me parecieron insultantemente bajos. La cifra que ahora me ofrecían quintuplicaba como mínimo las suyas, por lo que me consolé pensando que si decía que sí y luego cualquiera de ellos se enteraba, no tendrían nada que reprocharme.

Mi jefe debió de ver que algo afirmativo se traslucía en mis ojos o en mi cuerpo, porque sin haber dicho nada se levantó de su silla y se acercó a mí. Junto al latido de mi corazón en los oídos pude escuchar claramente el sonido de una cremallera bajándose. Cuando me quise dar cuenta, tenía su polla a escasos veinte centímetros de mi cara. Era enorme. De hecho, era la polla más grande que había visto nunca, fuera en un vestuario masculino o en un vídeo porno de cualquier tipo. Tal vez la distancia que mediaba entre mis ojos y su glande influyera, no lo sé. Me pregunté admirado cómo era capaz con su edad de bombear tanta sangre allá abajo sin que le diera un ictus, y qué pasaría si antes de finalizar todo el asunto le daba un ataque y se quedaba allí fiambre: sería un perdedor sin un duro que se la había chupado a un muerto. Sonaba jodidamente mal, pero entonces me dije que no tenía sentido ponerme en lo peor, y que mejor le daba la vuelta a la tortilla y pensaba en todo lo bueno que estaba por venir. Un piso en propiedad en primera línea de playa, un coche eléctrico de seis marchas, un año o dos dando la vuelta al mundo, tiempo libre, un iPhone ocho o por el número que fuera ya el maldito teléfono, televisión de pago, más tiempo libre, etc. El latido en mis oídos se fue apagando y algo parecido a la calma me invadió. Así que dejándome llevar, actué: cerré mucho los ojos, abrí muchísimo la boca, y conté: un minuto y treinta y cuatro segundos.

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