Microrrelato: "Tengo la vida llena de muertos"

quicoespino2016A Juan José se le quedó grabada esa frase que las mujeres de la quinta de su abuela habían repetido cientos de veces, sobre todo en los duelos, aquellos duelos de antes, de sillas prestadas, tilas, café, chocolate, ron de Arucas…, y de exageradas manifestaciones de dolor: “¡Ay, Juan, tenique de mi casa, que te fuiste para siempre jamás! ¡Ay, virgen del Carmen, que me quedo más sola que la una! ¡Ay, Señor, que tengo la vida llena de muertos!” 

Por aquellas fechas él era un niño de siete años, que ya había hecho la Primera Comunión y que se sabía de memoria todos los rezos que le habían enseñado, desde el Padre Nuestro hasta el Yo, pecador.  La muerte se citaba en casi todas las plegarias y la vida se consideraba como un valle de lágrimas, un destierro en el que los seres humanos debían expiar sus culpas, siempre relacionadas con el pecado de la carne, el más mortal de todos los pecados, para poder alcanzar la vida eterna.

Al igual que la mayoría de los niños de su edad, Juan José tenía miedo al infierno y terror al diablo, el cual se podía presentar en cualquier momento, sobre todo el día de San Miguel, si había cometido algún pecado. Decir “coño” era suficiente para provocar su aparición, y si se le escapaban palabrotas tipo “maricón”, “cabrón” o “hijoputa”, y tenía la mala suerte de morir sin confesarse, estaba condenado a las calderas de Satanás.

La muerte estaba siempre presente en su vida de entonces. Morirse era algo natural, y demasiado habitual, que la gente aceptaba con resignación. Él veía, casi a diario, el paso de una cajita blanca camino del cementerio. Ese niño murió de gripe; a ese otro se lo llevó una tosferina, le aclaraba su madre, persignándose ante la comitiva fúnebre.

No obstante, sus miedos se eclipsaban cuando iba a jugar con sus amigos, la tarde entera correteando por los andurriales, por los barrancos y llanos, y entre sus actividades lúdicas se encontraba la de matar pájaros, lagartos y ranas a la pedrada limpia o con la tiradera. Otro entretenimiento consistía en matar las ratas que salían de la acequia que pasaba por el callejón de su casa. Atrevido, sin miedo, se las cargaba a  palos o a patadas. Más de una vez lo mordieron y él orinaba sobre la herida y le añadía tierra. “Tierrita y miao”, decía mientras se hacía la doméstica cura.

Qué tiempos! Y qué salvajes éramos, coño. Pero, claro, el ejemplo que teníamos era el de nuestros mayores. Mi padre, sin ir más lejos, se reunía con sus amigos para celebrar carreras de erizos cacheros. Les ponían gasolina en el culo, a ver cuál corría más. ¡Qué barbaridad!–contó Juan José al grupo de amigas y amigos, la mayoría disfrutando de su jubilación, con quienes se había reunido para celebrar una parrillada de pescado, regada con vino blanco bien frío. Luego rompió el asombro que reflejaban las caras de sus acompañantes diciendo que, para él, la vida era un regalo que nunca se cansaría de agradecer, a pesar de los malos tragos; que todo lo relacionado con la religión del miedo que le habían impuesto de pequeño era sólo un borroso recuerdo, y que, aunque aceptaba que la muerte es inevitable, ahora, que también tenía ya la vida llena de muertos, se agarraba mucho más a ella y no se resignaba a perderla.

-¿Y qué harías si te tropezaras con una rata en tu camino? ¿Te enfrentarías a ella, como cuando eras niño?–preguntó una de las comensales. Y todos se rieron con la respuesta: 

-Salgo por patas, amiga mía.

 

Actualizado el Martes, 05 Febrero 2019 13:22 horas.

3 comentarios

  • Mercedes Quintana Lunes, 18 Febrero 2019 21:43 Enlace al Comentario

    Precioso relato Kiko, ¡¡¡ que recuerdos me acabas de traer a la memoria , esos duelos de sillas prestadas que viví dos casas por encima de la mía, esas aguas hervidas de hierva luisa para calmar los nervios!!!, sin olvidar esos gratos momentos en los que no paraba de idear travesuras...... Mil gracias por estos relatos.

  • francisco bolaños díaz Martes, 12 Febrero 2019 07:11 Enlace al Comentario

    Gracias Quico por alegrar mis amaneceres. Este de hoy, me trajo viejos recuerdos compartidos con "Juan José". Y como otro recurso para hacerle frente a la heridas propias de las perrerías y de los "heroimos", los de mi época, recurríamos a la tela de araña para taparlas y que cicatrizaran pronto.
    Felicidades y búscanos un hueco en el cielo.

  • María del Pino Gil Rodríguez Lunes, 04 Febrero 2019 08:29 Enlace al Comentario

    Un relato muy bueno que te transporte rápidamente a la época. Increíble lo de curar orinando encima de la herida y añadiendo tierra. Yo conozco otro con ron y azúcar; también de esa época. Saludos.

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