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Microrrelatos: "Adiós"

eulalionuevaMe eché a la calle temprano. No desperté a Natalia, que estaba más hermosa que nunca. Miré de reojo a los niños y pasé sobre “Atenas”, que dormía ovillada sobre el felpudo. Tomé una jícara de chocolate, en la cafetería de enfrente, y me ausenté de la prensa diaria por la prisa. Los viandantes iban y venían más amables que de costumbre, nos regalábamos recíprocos “buenos días” a cada dos pasos e incluso la estatua de la esquina, quizá por domingo, presentaba mejor semblante.

Para cuando llegué a la explanada de los árboles, el rastro estaba desplegado. Gasté unos escasos minutos con los libros viejos. El puesto contiguo era un alfombrado de arpilleras con variopintas prendas usadas en anárquico desorden. Me percaté de un blanco batista de bebé que trajo a mi retina a Luisa Fernanda y Roberto José en una retrospectiva de su primer año de vida. Fue llegar y verlo, reposando sobre el aparador, en la sección de muebles. El cofre, aparentemente nuevo, parecía esperarme. Me venía bien para mis estilográficas, los niños ya crecidos son traviesos. El vendedor me lo dejó por nada, todo por el extravío y la ausencia de llave.

El lunes se lo comenté al jefe de contables y el martes trajo del taller de su padre un manojo de láminas diminutas. La novena saltó la cerradura del escriño. En el interior, un sobre cerrado. Tardé varios días en abrirlo, no me gusta hurgar en correspondencia ajena. En la primera cuartilla, mecanografiado:

Para el Concurso de los Juegos Florales de Montevideo del día 15 de octubre de 1962

Sección: Cuentos Cortos
Autor: Beltrán Alvarado Maroto
C/ Guaraní, 15
Montevideo, Uruguay

I

En las proximidades del Puerto, bien entrada la década de los cincuenta, se erguía como un desafiante borracho tabernario un cuarto de mediocres proporciones. Dos paredes de adobe; las restantes, de tablas disformes rescatadas del mar. La cubierta, tablones marinos forrados con lona vieja de camión, sujeta con piedras semejantes a fichas de damero en acción. En la zona libre de azotea, un bidón de hierro con una manguera de goma maleable que cuelga; su punta, estrangulada con alambre y un amasijo de redes en espera de reparación.

Conozco bien al propietario del predio. Lleva vagando por acá desde el 39. Sus ojos vieron la columna negra del acorazado Admiral Graf Spee, cuando su tripulación lo incendió después de la batalla del Río de la Plata. No se quedó en el puerto, le aterraban los nazis. Trabajó en una chacra del interior durante un año. De regreso al puerto, probó de todo en los primeros tiempos: vendedor de frutas tropicales, ayudante en una lonja, repartidor de golosinas, mozo en una litografía y hasta de marino en la pontona que cruzaba a la rivera argentina dos veces en semana a por chatarra. Terminó echando raíces como estibador.

II

En su ausencia dejaba la puerta del predio entornada para que se sirvieran los camineros. El piso de tierra apelmazada brillaba pulido. En una de las paredes sólidas, la del ventanuco, un catre con jergón deforme y varias mudas pendían de dos clavos a media altura. La otra pared disponía de receptáculo para la lumbre y baldas con cacharros de cocina. En el centro, una mesa con un frutero muy pobre y dos sillas sin respaldo. Contra los muros de madera, los remos del bote, cañas de pesca, un arpón de hoja de muelle de autoconstrucción y una caja sin tapa medio llena de granos, pastas, botellas de agua potable y trapos sucios.

Hemos bebido juntos en las cantinas del puerto hasta la madrugada y visto las constelaciones y las estrellas sueltas, he ido de pesca en los días de calma. Tiene cincuenta y cinco, pero aparenta setenta. Me soltó susurrando que vino de Asturias cuando el éxodo. Que fue cenetista viejo y sirvió a las órdenes del Campesino antes de ser herido. En su convalecencia, en un hospital de Madrid, escuchaba los mítines radiofónicos de la Ibárruri, pero que esos tiempos quedaban lejanos. También dijo que su aldea fue un burgo podrido donde dejó reposando a los padres a cargo de una hermana solterona y la novia viuda, y que las simonas —por llamarse así las dos—solían ponerles flores y plañirles.

III

La incidencia del sol en la lente del catalejo la hizo parpadear como un vulgar vidrio sobre la playa. El Malaespina se deslizaba a dos nudos, tras de sí, un penacho de humo se desvanecía en el aire de la mañana. Los ojos de los pescadores y los portuarios siguieron la trayectoria diagonal del bote, su tripulante remaba con fuerza como si fuera a abordar en ariete al buque hidrográfico que llegaba de las Canarias para reconocer los fondos de la bahía de Montevideo. A los tres cuartos de hora, el asturiano palpaba, a la altura del rubro, el casco del navío de la armada. Sintió que acariciaba los muros de su casa: la lápida de sus padres, el rostro lloroso de la hermana y la tez de la novia viuda, la hierba fresca del prado de arriba y, si lo apuraban, a cada uno de sus vecinos. El centinela y el oficial de cubierta platicaron unas palabras con él durante unos breves instantes. Se despidió bogando despacio, repitiendo: “Adiós, adiós”. Los marinos le saludaron firmes.

IV

A la mañana siguiente, un caminero lo encontró sobre el jergón boca arriba, con los ojos resecos como el de las corvinas en el fondo del bote a las horas de ser capturadas y ...

Releí incontables veces el texto inconcluso de Beltrán. No dije nada a Natalia. No he dicho nada hasta hoy. Doy gracias a Dios por vivir en paz y libertad en mi país, rodeado de los míos, sin conocer la amargura del exilio. Tiré la llave por el váter, como los desechos de las vísceras por la borda del buque hidrográfico. Guardé en el desván el escriño, cual urna cineraria en columbario, y me despedí de Alvarado Moroto y el viejo cenetista.

Pasados los años, aún me pregunto:“¿Hubiese estado Beltrán entre los finalistas del concurso de Cuentos Cortos de Montevideo?”

1 comentario

  • francisco bolaños díaz Jueves, 28 Febrero 2019 06:34 Enlace al Comentario

    Saludos mañaneros amigo Eulalio. Igual ya te estabas preguntando ¿dónde se ha metido Paco Bolaños que hasta el momento no ha tenido para mi relato una reflexión?
    Pues ya estoy aquí. Lo he leído, pero, necesito una segunda lectura para saborearlo mejor. Sin que mi comentario sean determinante, sigue escribiendo; que algún día, alguien, descubre tus polvorientos relatos.

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