Microrrelatos. La ‘seño’

Josefa Molina2¿Quién puede, en esta jaula de grillos, escribir una carta? ¿Quién puede concentrarse entre esta jauría infantil de risas y empujones?

Levantó la vista del papel. Era la tercera vez que utilizaba un folio en blanco en el ingenuo intento de imprimir en él algo que hablara de su constante soledad, de su vacío mundo, de su existencia como un muerto viviente, casi a rastras, por el pasillo del colegio.

Releyó las apenas seis líneas que había logrado arrancar de su mano y, con un movimiento enrabietado, volvió al arrugar el papel y a lanzarlo a la papelera. Otra vez.

Llevaba varios días intentando escribir inútilmente aquella carta; llevaba varias noches, pretendiendo sin suerte, redactar algo diferente; rubricar unas meras palabras sobre un papel que le diferenciara del resto de la humanidad; escribir una carta, en un mundo donde la comunicación tiene forma de pantalla táctil, era casi un acto revolucionario. 

Pero, en el fondo, lo que pretendía, lo que necesitaba demostrar era expresar que lo que estaba sintiendo era tan importante, tan necesario en su vida, que debía revestirlo de aromas, bañarlo de añoranza, enviarlo repleto de caricias como cuando la pasión recorría miles de kilómetros en traslúcidas cuartillas con olor a perfume de mujer.

Pero era incapaz de distanciarse de su entorno; era incapaz de concentrarse lo suficiente como para poder escribir con la tranquilidad que ansiaba mientras la papelera engordaba poco a poco, engullendo su creciente desesperación con inaudita voracidad.

Miró por la ventana. Los niños se arremolinan en el patio. Corrían unos detrás de otros, abducidos por los eternos juegos de policías y ladrones sin recompensa ni calabozo.

Por un momento añoró la infancia. Envidió la descuidada alegría de los juegos infantiles, la sonrisa endiablada de los pequeños, la desinteresada fluidez de los días que pasan sin más, sin importar cómo envejecen los castaños. Aunque sabía que aquello no era del todo real. También los niños tenían sus propias tragedias, sus inconfesables miserias: deberes sin libros, dibujos sin lápices para colorearlos, empujones en la salida del colegio, desayunos inexistentes, gritos en el salón, llantos en la cama, tortazos en la merienda...

Volvió a coger un folio en blanco.

“Te echo de menos, ¡no sabes cuánto!, pero sé que es lo mejor para ti y probablemente lo sea para mí. Nos volveremos a ver en breve. Casi puedo oler tu piel, apretarme contra tu pecho, saborear tu boca. Te echo de menos, sí, pero soy dichosa porque lo siento aquí, muy dentro, porque vibro, porque lloro, porque me duele, porque estoy viva, después de tantos años, ¡estoy viva!”

Dobló el folio con suavidad y lo metió en el sobre.

Cuando los niños entraron en el aula, enseguida notaron que algo había cambiado. La seño parecía más amable, más serena, e incluso, dirían que hasta más hermosa. Y es que, por fin, la seño sonreía.

3 comentarios

  • Josefa Molina Miércoles, 13 Marzo 2019 11:08 Enlace al Comentario

    Muchas gracias, Tino, por acercarte a este texto con tanto cariño. Un abrazo!

  • Tino Prieto Martes, 12 Marzo 2019 10:46 Enlace al Comentario

    Esa seño que se merece toda la alegría

  • Josefa Molina Lunes, 11 Marzo 2019 12:01 Enlace al Comentario

    Muchas gracias, una vez más, al diario digital por la publicación de este pequeño relato. Espero que sea del agrado de los lectores. Salud!

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