Microrrelatos: "El pino de los enamorados"

ERASMO2018012Era uno de tantos pinos centenarios, muy alto y corpulento. Subía y subía como queriendo alcanzar las nubes.

Casi siempre, al comienzo de la tarde, los caminantes que descansaban a su sombra disfrutaban viendo como la niebla paseaba por las ramas más altas.

Además de ser un pino cargado en años tenía la rareza de que, a media altura, dos gruesas ramas se separaban del tronco y escalaban hacia lo alto, en paralelo, compitiendo entre sí.

En el suelo se tendía, de forma circular, una blanca alfombra de margaritas que enriquecía la grata visión del viandante.

Como a todos los pinos añejos de la foresta, se le respeta. No hay hacha ni sierra que se atreva a horadar su tejido y se deja que sólo la naturaleza y el tiempo le traigan su final.

Mientras tanto ahí está, para ser contemplado y admirado por el que camina. Orgulloso de ver como pasan los años.

No estaba al pie del camino. Para llegar a él había que tomar una pequeña desviación que salía de un sendero y que acaba justamente en su tronco.

Todos los pinos viejos tienen sobre sus espaldas una leyenda y éste no podía ser menos.

Y como todas las leyendas, empieza diciendo un señor octogenario que su abuelo decía que le contó el abuelo que:

“Hubo un tiempo en que toda esta tierra era de un solo dueño. Él disponía de todo el territorio y de los que vivían en él.

El pueblo no es como lo vemos ahora. No estaba nada más que la iglesia, la casa del hombre ése que decimos y diez o doce casitas más de mala muerte que habitaban los campesinos. La gente más pobre vivía en cuevas.

Había un muchacho que pastoreaba una media docena de cabras y vivía vendiendo la leche y algunos cabritos por las Navidades.

De ese muchacho se enamoró la hija del señor de la tierra.

Hay quien piensa que fue el joven el que se enamoró de la muchacha; pero fuera como fuera ese noviazgo no lo aprobaba el padre. Bueno, para cualquier cosa había que contar con él con tal que vivieras en sus tierras.

La primera decisión que tomó fue la de hablar con su hija y prohibirle terminantemente que siguiera viendo al pastor. No obstante los dos jóvenes se continuaban viéndose a hurtadillas aún conscientes del riesgo que corrían de enterarse el dueño de las tierras.

Como era de pasar, el padre de la joven acabó enterándose de la continuidad de la relación y decidió imponerle un duro castigo al pastor.

Era una persona muy inclemente y, por tanto, de él podría esperarse lo peor. Podría esperarse un número indeterminado de latigazos, el destierro de la aldea o incluso la mutilación de algún miembro de su cuerpo, una oreja, un ojo o incluso una pierna o un brazo. Y en el peor de los casos podría recibir la muerte.

Enterado, el muchacho, por la misma chica, de que lo buscaban se marchó al monte para ocultarse. Él conocía el pinar palmo a palmo y podría esconderse en alguna cueva de la que sólo él sabía. Pero también sabía que no iba a estar a salvo eternamente, que el hambre y la sed le obligarían a salir de su escondite y tarde o temprano le darían caza. Y ahora para un castigo más impío. Sólo estaba alargando unos días más libre de la venganza del señor.

En efecto. Cuando se encontraba tendido sobre el pinocho, mirando hacia las nubes, oyó el ladrido de unos perros .Se incorporó repentinamente y se dispuso a correr sin saber en qué dirección pues no sabía de dónde venían los ladridos.

Tan pronto se incorporó se vio cercado por los animales y por sus perseguidores.

Sin mediar palabra, ataron su cuerpo al tronco del pino con una gruesa y larga soga de modo que quedó inmovilizado.

Sin mediar palabra, el arcabucero apuntó con su arma. Junto en el momento del disparo, la joven que los acompañaba se puso delante como para protegerlo, recibiendo la bala en su corazón. La misma bala que atravesó su cuerpo, dio muerte al muchacho y se vino a clavar en el tronco del árbol.

Hoy, todavía, puede verse la cicatriz que dejó el proyectil a una altura de unos ochenta centímetros del suelo. Se cree que la bala aún está incrustada allí.

Después del suceso le salen al pino esas dos gruesas ramas a los lados, como si estuviera rezando por esas dos almitas inocentes. Y te puedes recorrer el monte entero y no verás una alfombra de flores blancas tan hermosa como esta”

Todos los senderistas que pasaban por los alrededores hacían su obligado descanso a los pies de famoso pino para revivir el conocido mito. Y procuraban hacerlo sobre las tres de la tarde cuando se proyectaba su sombra sobre las margaritas.

La verdad que parece una persona orando, decía uno que le habían contado la leyenda.

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