Microrrelatos: "El árbol de Guadarrama"

eulalionuevaLos negocios me llevaron este verano, las tres últimas semanas de julio, a Madrid. Mi amigo de la infancia y de pupitre en Bachillerato me dio asilo en su coqueto chalecito de la villa de Los Molinos, al pie mismo de la sierra de Guadarrama.

La casita, de piedra seca y tejado a media agua, fue, en la Edad Media, un granero. Hoy, es la residencia veraniega de Manolo y mi alojamiento temporal. Dista, tan solo, un kilómetro y medio del casco antiguo.

Me instalé entre sus paredes y destiné las mañanas a los asuntos comerciales, pero las tardes, ¡ay!, las divinas tardes… Esas fueron otra cosa. Las administré en fructíferas excursiones, entre ellas, a la pinacoteca del Prado y al musical “El Rey León” en el teatro Lope de Vega. También deambulaba por las calles del pueblo, dejándome llevar: aquí, un pilón de dos caños, coronado por un felino que le da nombre, Fuente del León; allí, admiraba el retablo barroco de la iglesia de líneas herrerianas de la Purísima Concepción y, cuando no, viendo escaparates.

Otras veces tomaba la manguera y refrescaba el jardín: un muro de adelfas, dos delgaduchos cipreses, alabarderos de casaca verde, y un rosal que trenza guirnaldas sobre la pérgola. Las más, nada hacía, solo contemplar, con ayuda de los binoculares, un altozano o una casamata en un promontorio roqueño, las crestas del Guadarrama y la cañada real que viene y va a Segovia y que evoca al Consejo de la Mesta y a don Alfonso X el sabio, al que tanto deben las merinas y el castellano nacido en San Millán de la Cogolla.

Aquel día después del almuerzo, por no sestear, elegí un libro de uno de tantos rimeros, descendí por la vereda de las retamas y paré donde los enebros y los tilos. Sobresalía un titánico roble. En su sombreado comencé a leer un cuento de mi paisano Galdós. La obra, de pocas cuartillas, es una escapada a la ficción, faceta esta que desconocía del maestro del realismo y que tanto gusta y abunda en la literatura inglesa. El título, “¿Dónde está mi cabeza?”. El protagonista, a medida que despierta, sospecha que le falta la cabeza. Desadormecido del todo, comprueba que no son ensoñaciones y pregunta al criado por su cabeza. Perplejo, Pepe, el mayordomo, se encoge de hombros. Recuerda entonces el señor que estuvo hasta las tantas en su estudio elaborando un discurso. Miró en la mesa y comprobó las gavetas, pero no encontró la tan deseada cabeza. Pidió una berlina y salió como alma que lleva el diablo al dispensario de un amigo doctor, quien, si no lo sanaba, le daría palabras de consuelo como bálsamo milagroso. El neurocirujano dijo que no era nada grave, porque cabeza había, solo faltaba recordar dónde estaba. El descabezado partió a pie a casa de una amiga —cuyo nombre no citaremos por pudor— por si allí la hubiese olvidado la noche anterior. Por el camino, en una luna de escaparate reconoció su cabeza. Entró con decisión al establecimiento para comprarla y acabar con la zozobra y encabezar de nuevo su vida. De la trastienda salió una bella joven que le sonreía con un peine entre las manos. Con este final abierto concluye don Benito su relato, no tan fantástico, pues, a la postre, y, bien mirado, quién no ha perdido alguna vez la cabeza: un mal lance amoroso, una truncada mano a los naipes, un quebranto contable o un tonto descuido.

El almuerzo copioso, el calor y la vista fatigada me hicieron, como a Sancho, “dejar caer las compuertas de los ojos” y entrar en un estado soporífero durante un rato.

—Estimado lector, ahora que usted reposa, mejor puede mi discurso pasar por un inadvertido sueño. Permítame que le cuente mis tribulaciones. De entre todos los árboles que aquí vivimos, soy el más longevo. Tal vez, en estos meses de verano, un incendio —tan de moda en nuestros campos de un tiempo a esta parte— acabe con mis compañeros y con mi persona. Temo que este invierno, si sobrevivo a la sequía del estío, un mal rayo me calcine y mis huesos solo sirvan para carbón de barbacoa. Quién sabe si un leñador me tale y me desmiembre en rajas para una infernal estufa, que es esta a los árboles lo que el infierno a los humanos, o me destine a un aserradero y termine en polvo de serrín. A nadie engañé a lo largo de mi dilatada existencia. Los jóvenes tatuaron el reflejo de su amor en mi corteza sin queja por mi parte; los pastores se cobijaron bajo mi sombra junto a sus canes; los pájaros fabricaron sus nidales en mis ramas; y vi partir, con tristeza, a la familia al completo. Mantengo prieta la tierra cuando llegan las torrenciales lluvias y regenero el aire que, ustedes, los humanos han dado por contaminar. Pero, en estos mis últimos días tengo un único y anhelante deseo, una súplica palpitante: me gustaría donar mi cuerpo a la ciencia literaria, que mi tronco deshuesado se convierta en papel de imprenta. De esta forma habré acabado mi tiempo terrenal de la mejor manera posible. Viviré para siempre junto a mis congéneres en esa república libre que son las bibliotecas. ¿Por un casual no conocerá usted, señor, un poeta al que yo humildemente pueda servir? Digo poeta, porque, de entre todos los que a escribir se dedican, son los que más venero y estimo. Les profeso mi confianza incondicional. Cada vez abundan menos en este mundo globalizado y están en franca extinción, como los pegasos y unicornios, pues languidecen y mueren de melancolía. En su actividad creadora no tienen parangón: comprimen un universo en el vientre de una hormiga y, por una mirada fugaz, regalan la vida entera y dejan bajar su alma al averno en busca de un amor ya perdido. Desde su orbe etéreo contemplan lo humano y material con la lucidez que otorgan los ojos del alma.

Sobrecogido, desperté en un estado pasmoso. Recuperé el aire y tomé del suelo el libro de Galdós. En el tronco vi corazones labrados a navaja, restos de nidos en las ramas y prieta la tierra bajo mis pies.

Ahora, cuando paso cerca de una luna de librería, refreno el paso y, con cariño, observo por si de la trastienda veo salir a una linda joven que peine entre sus divinas manos, un inédito poemario de algún poeta desconocido que todavía no haya perdido del todo su cabeza en un tonto descuido.

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