Microrrelatos: “Falta alguien en el Averno”

fernandotocino201801La sexta planta del hospital estaba reservada para aquellos pacientes que sufrían cuidados paliativos. Estaba claro que después de haber soportado tantos palos en la vida, la mayoría de la población debería pasar por las habitaciones de la 6th floor , para curarse o tal vez para aceptar, que la vida le ha sido dura y nada fácil. Sexta planta que se encuentra ubicada a tiro del último botón del ascensor, muy cerca del cielo, como si fuera el presagio de lo que les pudiera acontecer, dándole cercanía y una vía más corta a la peña creyente en su necesidad de agarrarse a lo que el destino le tiene preparado. Entiendo que los que han sido malos y han cometido actos fuera de las leyes y ordenamientos de las religiones deberían ser llevados al sótano -3, para así, no cometer agravios comparativos a efectos de la cercanía con el cielo, donde le estarán esperando con la perola de aceite hirviendo, Mefistófeles, con la simple idea de atormentar a la peña golfilla.

Los pasillos de la planta mostraban el ajetreo diario de los profesionales de la salud, suecos, batas blancas, uniformes y un sin fin de abalorios que demostraban día a día lo bien que hacen su trabajo y sus rutinas diarias. Cientos de transeúntes pululan y vagan como si fuere la calle de Triana en un domingo de apertura comercial de esos que tanto le gusta al ayuntamiento hacer para gozo de los empresarios. Sillas de ruedas y taca-tacas dándose el seguro de accidente y entregándose los papeles de responsabilidad civil debido a los diferentes sucesos y choques que se dan casi a diario. Hasta un caso de alcoholemia se dio para asombro del personal sanitario. Nadie entendía como el paciente de la 615 se había aflojado los tres botes de alcohol para las manos que todo usuario tiene a disposición en las diferentes plantas de aquel hospital de la Rue del Percebe número 13. La sala de espera rememoraba a la biblioteca de mi centro educativo donde nadie leía ni cogía unos apuntes, tan sólo se limitaban a beber café o chocolate de la vieja máquina expendedora de la época de Gengis Khan. Ese artefacto que ha estafado a la mitad de la población del globo y que se supone que nunca responde a las reclamaciones expresadas por los usuarios. Si la agencia tributaria fuese capaz de investigar a fondo la caja B de estas máquinas servidoras de agua “chirria” (la del PP también) salvaríamos el planeta y, nuestras pensiones rozarían el umbral de los países nórdicos, situándonos en los primeros puestos del ranking de países ricos debido a su renta per cápita.

La habitación de mi padre era la 614 de la citada planta. Ya llevaba mes y medio desde que su cuerpo empezaba a decirle palabrotas, improperios y dolores varios. Se reivindicaba como paciente del sótano -3 pero la dirección del centro por cuestiones organizativas lo mandó a la planta de los “buenos”. Él sabía que se moría y que, su vela y su carajera, se extinguiría en un “chispío”. Siempre fue un hombre duro y curtido por el trabajo y el esfuerzo en mejorar a su familia y a su estirpe. Conversador y serio en su rigor gestual, siempre tenía un toque de humor andaluz para la galería. Hasta aquella mañana soleada.

Sus piernas le dijeron que “nanai”, sus temblores y sus descoordinación avisaban tormenta, y su pensamiento se convirtió en galerna oscura y lúgubre de la Galicia invernal y de los paisajes de la Escocia de Poldark. Fue la primera vez que reconoció la derrota y la imposibilidad de mejorar. Fue la primera vez que los chorros tristes de sus ojos caían acoplándose a la silueta labrada de sus pómulos. El miedo se apoderó de él, ya no tenía su caja de herramientas y su taladro “hilti” para poder solucionar los problemas y las dificultades. No entendía la finitud de la vida y muchísimo menos de las piezas y órganos que conformaban su cuerpo. La doctora le comentó en su momento que no tenía ninguna enfermedad, tan sólo que las piezas y los recambios tenían un límite. Y ya lo sentía en el cogote. Nunca aceptó aquel instante. Tan sólo se puso su mono de electricista azul “desteñío”, su lápiz en la oreja, su manojo de llaves del almacén y su destornillador de estrías en el bolsillo delantero. Y se sentó a esperar que lo llamaran para hacer el último de los tajos y chapuzas eléctricas que él tanto deseaba. En la espera, le escuché cantar y balbucear coplillas de sus cantaores, José Meneses, Manolo Caracol y su querido, El Cabrero. Llegado el momento, la dama de negro apareció. Le pareció una mujer amable y sin prejuicios, nada que ver con la voz gutural de Dark Vader. Fernando le explicó que tenía mucho trabajo que hacer y que no tenía tiempo para atenderla ni para entenderla. Después de horas de discusión a grito pelao y a cara de perro, la vi salir con su bata de cola negra y su guadaña afilada, no sin antes pedir disculpas por confundir a mi padre con su compañero de habitáculo. ¡Si es que hasta La Muerte ya no está cualificada! ¡coño! ¿Muerte….siááá? ¡Muerte la de antes! ¡Eso si que era La Muerte!

Hoy el día está soleado de nuevo, tenemos preparado el bolso para salir. No se imagina el papeo que le espera en casa y menos, el amor de toda su gente. Justo antes de entrar en el Cabify miró hacia atrás, elevó la cabeza hasta la sexta planta del hospital y mumuró – “Voy a tener que venir muy, muy pronto a reparar los enchufes de las habitaciones”. La dama de negro asintió afirmativamente, y le entregó la citación.

Fernando Tocino (Capítulo 1: “El Averno”)

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