Microrrelatos: "Celedonio"

ERASMO2018012Adrián se sentía muy ilusionado viendo el parto de la camella.

Era la primera vez que presenciaba una cosa así.

Apenas, el camellito, puso en el suelo sus primeras patas, el niño se adelantó para pasar su mano por el lomo pero el padre lo frenó diciéndole:

No lo toques ahora. Deja que sea su madre la primera que lo haga. ¿Ves como se pone a limpiarlo con su lengua?

El animalito, como cualquiera en un estado de embriaguez, avanzaba hacia la ubre de su madre buscando el primer sorbo de su leche.

La camella le lamía el lomo cariñosamente viendo como el pequeño mamaba.

Adrián se quedaba embelesado ante tal escena, que tantas veces su padre había visto.

¿Qué nombre le ponemos?

Celedonio, ¿te gusta, papá?

Sí. Es tuyo. Pero tienes que cuidarlo.

Y Adrián se pasaba las horas enteras viendo su camellito. Primero viendo como la madre lo amamantaba, más tarde le ponía un biberón de leche. Más adelante cogía un puñado de hierba fresca para darle de comer.

El animalito se convirtió en su juguete, su amigo y su compañero.

Antes de ir al cole, pasaba por la cuadra para ver a Celedonio. Al regresar de clase, pasaba por la cuadra para ver a Celedonio. Después de comer se venía a ver a Celedonio y con Celedonio se pasaba toda la tarde, viendo como comía hierba, como bebía agua, como retozaba, como…

Corría con él por las vaguadas arenosas que discurren entre los campos de lava

Cuando le parecía le hacía alguna trastada como coger una paja de cualquier gramínea y ponerla en la ventana de su nariz para que el camellito la oprimiera.

Su padre lo veía y más de alguna vez le llamó la atención:

No le hagas ruindades al animalito.

Pero esas travesuras eran una forma de proyectar el cariño que sentía por el animal.

Cuando el padre sacaba la camella a trabajar, ya fuera para arar un arenado, cargar hierba o rofe, o para llevar la uva, Adrián lo acompañaba con Celedonio.

Para que Celedonio se fuera adaptando al trabajo, le pusieron unas angarillas a su medida que las cargaban con poca cosa.

Aún no había cumplido un año cuando fue con él a la romería de los Dolores. Todos los aplausos se los llevó el simpático camellito.

A los pocos días, Adrián encontró el animal tumbado en el suelo del establo.

¡Celedonio! ¡Arriba! ¡A trabajar! – le dijo el muchacho con firmeza.

Pero el camello no se inmutaba. Tenía estiradas hacia delante sus patas delanteras y, entre ellas, dejaba caer tristemente su cabeza.

El chico, preocupado, gritó por su padre.

Al momento se presentó porque no era habitual la forma en que su hijo lo llamaba. Entró en la cuadra, pues intuyó que algo extraño le pasaba al camello.

Levantó la cabeza al animal, pero tan pronto la soltó, volvió al mismo estado.

¿Qué le diste de comer?

Lo de todos los días, el no come más que hierba.

Habrá comido alguna hierba mala, o soleada. Hay que darle leche cruda. Toda la que puedas hasta que vomite. Pídesela a tu madre.

Adrián salió corriendo por la leche.

-Esta mañana , cuando salí a las parras, oí cantar a un cairón - contaba Guillermo a un amigo suyo que lo acompañaba - y me imaginé que algo malo iba a pasar. Esos cabrones nunca traen nada bueno.

Su amigo echó dos caladas al cigarro y, mirando al animal, respondió:

La leche cruda no le va a hacer mucho. Ese bicho tiene maldeojo. …

Entraba Adrián. El amigo proseguía.

… Adrianito, cuando lleves al camello a alguna fiesta no te olvides de ponerle un lazo rojo para que no le hagan ningún mal…

Si mediar palabra, el muchacho se fue junto al camello para hacerle

beber la jarra de leche que traía.

-… (Tira la colilla al suelo) córtale unos pelos de ahí mismo, detrás de las orejas , y llévalos a seña Francisca para que lo santigüe.

- Adrian, pídele a tu madre unas tijeras

El muchacho salió corriendo a la voz de su padre.

Cortáronle unos pelos detrás de las orejas, los envuelve en un trozo de papel y, sin tardar, Adrián, partió para la casa de la santiguadora.

Seña Francisca lo invitó a pasar a una pequeña estancia donde acostumbraba a hacer sus santiguados. Lo sienta de cara a un pequeño altar en el que estaba una imagen del Corazón de Jesús y una fotografía de la Virgen de los Dolores.

La santiguadora enciende una vela blanca y se sienta a la derecha del altar.

Con ella estaba una sobrina-nieta de unos doce años de edad muy interesada por los santiguados de su tía. En el pueblo, ya se comentaba que Joaquinita seguiría los pasos de Seña Francisca.

La señora abre el papel que Adrián le dio, hace tres cruces con la mano y recita el santiguado para todo mal que aprendió, según ella, de una santiguadora muy milagrera que había venido de Cuba.

Frente a ella Adrián se sienta en un banco, después de darle el papel con los pelos del animal.

¿Cómo se llama el camellito?

Celedonio

Seña Francisca se santigua y comienza su oración: “Criatura de Dios yo te bendigo en el nombre del Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tres personas distintas y una sola verdadera. Y también en el nombre de la Virgen María…sbsssbss… ssbssss

Joaquinita estaba atenta al santiguado y Adrianito intentaba descifrar lo que decía y ocultaba el bisbiseo entre tantos signos de la cruz y bostezos hasta que al final oyó con claridad el Padrenuestro, Ave María y un Gloria.

-Quien fuera lo cogió con ganas. Cuando saques al animalito ponle algún resguardo.

Adrián tendió la mano para recogerle los pelos

No esto hay que quemarlo para que el fuego arrastre todo el mal que le han hecho. ¿Ves aquella fogata?

Y el joven fijó la vista en unos sarmientos que ardían en un rincón del patio.

Está quemando unas hojas de acelgas de una erisipela que le curé a un muchacho antes de que tú vinieras. Todo lo malo hay que quemarlo para que desaparezca.

O echarlo al mar- dice Joaquinita

O echarlo al mar. Pero lejos para que el mar no lo devuelva. Ya te puedes ir. Dile a tu padre que cuando coja las batatas me mande dos kilitos.

En el corral, Guillermo y su amigo Gonzalo vieron emocionados como Celedonio se incorporaba.

Seña Francisca está santiguando al animal

Esto es pa verlo y no creerlo.-replicó Gonzalo- Figúrate. ¿Cómo puede ser posible que una mujer que vive en aquella loma pueda curar a este animalita sin verlo y sin tocarlo, nada más que rezándole?

Algo hay. Lo que hay no lo sé. Pero algo hay.

Adrián siguió con su camello en el campo. Enseñándolo a arar, a llevar las angarillas,… y, como siempre, no acudía a la romería de los Dolores, a quien tenía la promesa de no faltar un año mientras el camello viviera.

Los camellos son animales de apariencia noble, pero si un camello se revira es difícil de dominar, corren como condenados .A las camellas no se llevan a las romerías porque si hay un camello en celo se alborota, y es capaz de morder hasta al dueño.

Un año le encargan a Adrián que llevara el camello a Tenerife para la cabalgata de Reyes.

El joven aceptó de buen grado. No sólo porque le pagaban una importante cantidad de dinero sino porque le hacía ilusión ir a Tenerife.

Así que el día del viaje se agenció una talega con pienso y se entretuvo cepillando a su Celedonio. Por la tarde vinieron a buscarlo. Un experimentado camellero lo subió a un camión donde ya había otros animales y lo tuchó dándole un toque bajo el cuello.

Eso no le gustó a Adrián . Jamás le había hecho eso a su inseparable amigo.

Adrián subió en una fulgoneta con los otros camelleros. Hablaban de cosas, de fincas, de parras…pero el muchacho apenas puso asunto. Iba pensado en su animalito.

En el puerto se acercó al camión y por un lado acercó su cara para ver a Celedonio. Lo notó triste e inquieto, apretujado con los otros camellos.

-Oiga, no te acerques a los camellos.

En el camarote, apenas pudo dormir, mecido por el oleaje. No dejaba de pensar en su mascota.

-“Si a mí me están entrando ganas de vomitar, ¿Cómo estará Cele, que no lo dejan moverse del camión?

No se podía imaginar que Cele pudiera dormirse en aquella posición.

Por la mañana atraca el barco. El camión se viene al estadio, punto de partida de la cabalgata. El mismo camellero baja los animales del camión y los llevan a un rincón del campo para darles agua y pienso.

Adrián se dirige a su Cele.

De nuevo oye

-Por favor retírense de los camellos

Y les hicieron salir del estadio con rumbo al hostal donde deberían quedarse para asearse, comer y pasar la noche.

Por la tarde fueron convocados porque cada camellero se hacía cargo de su propio animal.

Vió a su Cele con una manta dorada en el lomo, unas lujosas angarillas y dos sacas, una a cada lado, llenas de caramelos y chucherías.

Él, como los demás, lo coge de su cabestro y lo tucha para que subiera un señor, disfrazado ridículamente con una abundante barba, una corona y una larga capa de color rojo. A cada lado, haciéndose sitio entre los sacos de las chucherías se sientan dos señoritas, dos estúpidas señoritas a los ojos de Adrián.

Cuando lo indican cada camellero conduce su animal hacia la salida del estadio. El ambiente estaba repleto del griterío de los niños y de la música de villancicos. Los arcos llenos de bombillas y adornos de colores, y la gente aplaudiendo en las aceras hacía que los camellos se sintieran inquietos. El que iba delante de Cele se alteró de tal modo que su conductor le dio dos golpes con la vara para dominarlo.

Adrián tiró de la soga del suyo para mantenerlo tranquilo.

No veía la santa hora de que acabara el dichoso desfile.

Al final se llevan los tres camellos a una explanada donde le quitan los atuendos, le dan agua y pienso y los dejan descansar para el viaje de regreso del día siguiente.

Adrián y sus compañeros se vinieron al hostal.

De nuevo en casa, respirando tranquilo, Adrián le dijo a su padre.

Me pueden pagar lo que sea pero Cele no vuelve más a una cabalgata de Reyes.

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