Microrrelatos: "El aullido"

eulalionuevaTrazando sobre la toba un hilillo frío sobre la amarillenta cal, la tímida claridad de la aurora atravesó la rendija del cuarterón. En cambio, el resplandor en la gatera proyectó un rasante haz de cinematógrafo.

Tenso y a la espera, Tellín permanecía despierto mientras Carmina continuaba aferrada al cuerpo exánime de la parturienta. Hacia la madrugada cesaron sus alaridos, los cuales, eclipsados por el agotamiento, pasaron a extenuados quejidos como un aire surgente que desde el vientre es empujado por un surtido artesiano que lo abraza en la ascensión y pierde ímpetu al elevarse, llegando aire y líquido muertos al roce con los dientes en un esfuerzo agónico.

Un lejano ¡quiquiriquí! rasgó la mañana. El mutismo de Tellín se rompió y, con un acto instintivo, abrió la puerta de la covacha invitando a la mañana a bañar los muebles y la muela del maíz, a alcanzar con su fulgor la yacija con Carmina, aún dormida, acurrucada al frígido costado de la madre.

Todo el barranco de Las Tirajanas era una artesa resplandeciente. Las altas paredes de acá poseían el dorado del verano, las contrapuestas gradaciones pintaban dispares verdosos. Del rebaño de nubes pasajeras se descuajó una que adornó el cuello de las crestas con blanquinosos pliegos de pañoleta. Bostezó el paisaje y recobró sincrónicamente la movilidad sonora que aportó al pasar un bando de jilgueros con su alegre fanfarria. La vida había vuelto para renovar el ancestral milagro de la luz, esa que, como un arcángel, aplasta las tinieblas y mitiga el miedo más profundo de todos los seres silvestres, también el de los hombres desdichados y, mucho más, el de los desvalidos niños.

Pero Tellín, absorto, no percibió el cambio lumínico ni los sonidos, ni siquiera el olor acre de la cercana higuera del patio. Él seguía entreverado en la negrura de la noche escuchando atronar los crudos lamentos —“¡Ayayay, ay, ay…!”— y las palabras cruzadas del padre —“Cuídalas hijo, volveré con el médico...”— y lo vio zambullirse en la oscuridad y alejarse más y más, hasta que solo pudo perseguir la lucecita menguante del petromax moviéndose zigzagueante y perdiéndose inexorablemente en el último recodo del camino.

Crispó a Tellín la escopetería con el redoble de descargas humeantes que delataron a la cuadrilla. La enloquecida jauría comenzó la jornada de rastreo, descubierta, cerco y captura. Los podencos se desperdigaron y una hembra vino dando botes al patio. Entró por el camino sur que desemboca en el tostadero cercano al chamizo de las cabras. Husmeó frenética el adoquinado y Tellín numeró sus costillas bajo su melado pelamen. Al entrar en la estancia, giró el puntiagudo hocico descubriendo el natural círculo negro que circundaba el ojo diestro. Alzó las menudas patas y lamió el cristal de la jofaina, al revolverse descubrió a Carmina y a la parturienta. Olisqueó a la niña, dejando caer una gota en la rosácea mejilla. Paseó su húmeda nariz por el contorno de la mujer, que miraba al techo con ojos vidriosos. Sedente frente a la parturienta, emitió una lastimera queja, casi imperceptible, al reconocer el olor de la muerte. Cabizbaja recordó su último alumbramiento, los cuatro cachorritos muertos apenas recién llegados a este mundo.

“¡Tuerta, Tuerta, vuelve!”, vociferaron los cazadores a escasos metros de Tellín. El niño seguía erguido como un pequeño menhir de alabastro. El hombre magro no reparó en el joven y penetró en la covacha. El otro aguardó próximo al dintel, tapando su barriga de carral la claridad. Tellín puso sus examinadores ojos sobre los caños de la escopeta en bandolera, escurriendo la vista sobre el dorado de las cuentas bronceadas de la canana. Más tarde ojeó el grueso mostacho entrecano manchado de nicotina. “¡Está muerta!”, se escuchó en el interior de la oquedad. El de la barriga de carral y Tellín entraron. Carmina se desperezaba y todos miraban a la difunta con el vientre hinchado bajo la sábana como un nevado mamelón.

Desde la puerta, el padre contempló a los forasteros con los gorros entre las manos y a Tellín y Carmina junto a la Tuerta. Se le quiso parar el corazón y se rompió en mil pedazos como la pantalla del petromax. Cuando los cazadores notaron su presencia, le dieron el pésame en silencio. El viudo acarició el cabello de los niños y dijo por lo bajo: “No encontré al médico y me accidenté de regreso, lo siento hijos”.

Trascurrida media hora larga, llegó al patio por la pista norte una vieja camioneta desvencijada con el resto de tiradores y los podencos. En la trasera echaron a la parturienta envuelta en su blanca mortaja. El padre dio unas órdenes a Tellín: “Que almuerce Carmina. Ordeña a la Mocha y que mame la baifa. Mandaré por ustedes… no cabemos todos y he de aprovechar el transporte. Reza algo por tu madre y cuida de tu hermana”.

Rugió el motor de la camioneta como una enojada leona hambrienta. Llamaron de nuevo a la Tuerta, pero no respondió y comprendieron su deseo de no desamparar a los niños, sus nuevos y jóvenes amos. En las tablas contrapuestas de la zaga los hombres y el deudo custodiaban a la difunta. En la cabina, la jauría se apelotonó contra las paredes, el parabrisas y la palanca de marchas. El escape soltó un chorro de humo nebuloso y pestilente a gasolina y aceite requemado y el vehículo tomó la subida.

El Sol en el cénit parecía un tamiz repleto de maíz ambarino incandescente. Carmina, Tellín y la Tuerta observaban los barquinazos de la camioneta y los vaivenes de las cabezas. La Tuerta vio con el ojo diestro un higo maduro que rezumaba una gotita de cristalina miel, volteó la mirada hacia sus huérfanos amos y descubrió la misma gota en sus ojos. Entonces lanzó un aullido de adioses supino y estridente que alcanzó a la fatigada camioneta y al cortejo que se alejaba sobre su lomo.

1 comentario

  • francisco bolaños díaz Lunes, 01 Julio 2019 19:52 Enlace al Comentario

    Te he leído y te releeré de nuevo. Lo necesito para quedarme con el tuétano del relato.

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