Microrrelatos: "Carmen"

aranmujica2018Y a medida que el oscuro manto de la noche se extendía sobre la pequeña población de la Villa del Agua, las luces amarillentas de la Taberna titilaban temblorosas como reclamo hacia aquellas almas noctámbulas, que con cada crepúsculo buscaban un refugio en común donde reunirse.

La Taberna se impregnaba del aroma de los guisos de Carmen, irresistibles para aquellos asiduos que tras degustar tales manjares dibujaban extensas sonrisas en sus rostros. Lo que no sabía nadie aparte de mi, era que Carmen siempre cocinaba cantando.

-Yo le canto a mis guisos nena –me decía muy seria- los mimo con mi voz, y ellos me lo agradecen enamorando a todos los paladares. Y luego están mis lágrimas, esas las guardo para la repostería. Las lágrimas tienen una dulzura que no empalaga, y aportan sosiego y bienestar cuando se mezclan bien con el azúcar.

El cariño con el que Carmen elaboraba sus recetas se veía reflejado en las expresiones de los clientes, muchos de los cuales incluso se acercaban desde otros pueblos para gozar del sabor de sus deliciosas albóndigas, estofados, garbanzadas o potajes de berros.

Y en las noches calurosas de verano, mientras los asiduos a la barra se sumergían más y más bajo la variedad de líquidos espirituosos, esas noches interminables en las cuales todo a mi alrededor comenzaba a volverse extraño, lejano, y la percepción de las cosas se asemejaba a estar encerrada en el interior de una enorme campana de cristal, hermética y surcada solo por ecos ahogados que llegaban de cualquier lugar; en esas noches, Carmen cerraba sus ojos azules del color del cielo, y comenzaba a cantar.

Su voz, que a veces sonaba a llantos azucarados, otras eran risas tímidas bañadas en chocolate amargo y en ocasiones rabia vieja, con aromas afrutados, revoloteaba por encima de nuestras cabezas, danzando como lo harían siempre los vapores cálidos y amorosos que nacían de sus guisos.

Entonces mi campana hermética se tornaba aire fresco, y junto a todos los presentes me dejaba embaucar por los dulces sonidos que se fundían con sabores y aromas impregnando las paredes de piedra y los ánimos empedrados.

Carmen soñaba eternamente con el amor, ese del que se habla en las canciones románticas, en la poesía, en los relatos donde no existe el dolor que trae consigo la decepción. Era una mujer rota, como la definiría Simone de Beauvoir. El rastro de sus innumerables fracasos amorosos se perdía muy lejos en el tiempo, y aún cargando con tantos sentimientos remendados, no abandonaba la idea de que su hombre soñado podía aparecer en cualquier momento dispuesto a refrendar todas sus ilusiones.

Por eso, cada noche en La Taberna, el aroma a perfume se adelantaba a su presencia, empapando el aire segundos antes de su llegada. Luego con sus enormes ojos azules como un cielo despejado y brillante, se dedicaba a la tarea de enamorar sus cocidos, bañándolos con la armonía de su voz.

-El hombre que me quiera nena, el que está reservado para mi –me decía muy segura- primero que nada se apasionará con mis guisos. Después de eso me mirará a los ojos y yo sabré que es él. Todo el amor que yo le canto a mis recetas lo veré de vuelta alguna vez, ya verás.

Y yo que siempre fui una escrupulosa sentimental, una atea del amor, una muralla infranqueable para el romanticismo…yo, la creí.

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