Microrrelatos: "Prometeo"

ERASMO2018012Hace mucho tiempo los dioses vivían como tales en el Olimpo. Allí tenían sus imponentes mansiones, se cubrían con fastuosas telas de seda, comían suculentas comidas de las mejores carnes con cubertería de oro y plata, y se paseaban en excelsos carruajes.

Por el contrario, los hombres, como todas las especies animales que poblaban la tierra subsistían Sencillamente subsistían. Vivían con el riesgo de perder las huertas que cultivaban, sus trabajos, sus animales… todo aquello que les daba su sustento. Muchos de ellos eran expulsados de su trabajo. Otros no podían tener un lugar donde vivir. Otros, aún peor, eran expulsados de sus propias viviendas por otros hombres considerados como mensajeros de los dioses.

Los dioses nunca estaban en paz. En sus manos tenían el poder. Pero por mucho poder que tuvieran siempre les parecía poco y, por conseguir más poder se declaraban la guerra unos a otros, pero a la guerra no iban ellos. Enviaban a los hombres. Y los hombres luchaban unos contra otros defendiendo a sus dioses.

La guerra traía muerte y miseria para los humanos. Esquilmaba los campos y destruía las viviendas. Los dioses, en cambio, que eran los que declaraban la guerra no se veían afectados. Seguían viviendo en sus cómodas mansiones, vistiendo sus atractivas sedas y comiendo sus suculentas comidas. Sólo los hombres sufrían las consecuencias de la guerra. Sólo los hombres soportaban el hambre y la miseria. Y los dioses, cual vampiros, se alimentaban del hambre y de la miseria que los hombres padecían.

Muchas veces el hambre y la miseria alcanzaban unos límites tales que los hombres acababan revelándose. Pero los dioses los sometían enviando sus ejércitos.

Los ejércitos que disponían los dioses para someter a los hombres estaban formados por hombres también. Pero eran hombres elegidos sólo para cumplir la función de someter a los demás. A estos hombres les estaba prohibido pensar y hacer preguntas y sólo se les exigía un perfecto dominio de las armas. Sólo tenían que “hacer cumplir la ley y el orden” como decían los mensajeros de los dioses.

Los mensajeros de los dioses eran elegidos entre los hombres para reunir a las multitudes en las plazas y en los templos y hablarles de las excelencias y bondades de los dichos.

Gracias a los no-pensantes y a los mensajeros y, sobre todo, a la avaricia y escasa solidaridad que tanto caracterizaba a los hombres, los dioses tenían asegurado su poder. Y, más que el poder, lo que querían tener seguro era su mansión, sus sedas, sus comidas y sus carruajes.

Mientras hubiese ley y orden de nada importaba el hambre y la miseria. La fe y el miedo de los hombres otorgaban a los dioses un poder sin límites.

Pero un día, también hace mucho tiempo, uno de los dioses, Prometeo, consideró que no había necesidad que los hombres vivieran con tanto miedo e ignorancia sólo para que los dioses del Olimpo ostentaran un ilimitado poder.

Entonces tomó una pequeña porción del fuego que alumbraba el Olimpo y la repartió entre los hombres.

Con el fuego del Olimpo los hombres despertaron, salieron de su ignorancia, abandonaron sus miedos y, lo más peligroso, se sintieron solidarios.

Al verlo, Zeus, persiguió a Prometeo por todo el monte Olimpo hasta encontrarlo. Tenía que darle un castigo ejemplar porque tal falacia ha puesto en peligro su seguridad.

Lo ató de pesadas cadenas.

Pero ya el paso estaba dado, no había marcha atrás.

Ahora los hombres tenían el fuego del conocimiento, han iniciado un camino hacia la liberación y ahora no pueden ser dominados por los dioses.

Zeus, consciente de tal catástrofe, trató de someterlos con sus ejércitos de no-pensantes, pero fue inútil.

Luego envió a sus mensajeros para llevarlos por el buen camino de la paz, el orden y la concordia. Pero los hombres no asistían ni a los templos ni a los lugares públicos y los vacíos discursos de los mensajeros caían en la nada.

Zeus , desesperado, envió a Prometeo una enorme águila para devorar su hígado. Pero de nada servía porque los hombres aprendieron a conducirse por sí mismos, sin ningún prometeo que les guiara.

Los hombres ya no iban a las plazas ni a los templos. Se reunían en grupos en las ciudades y en los pueblos y debatían sus problemas sin que ningún mensajero les guiara. Porque ellos tenían en sus manos el fuego del conocimiento.

Los enormes esfuerzos de los dioses por controlar a los hombres eran inútiles.

Era tal su desesperación que la misma Atenea se dirigió a la especie humana directamente. Sin enviar ningún mensajero.

Les dijo que Prometeo no era dios de fiar, que había asesorado a los mayores tiranos de la tierra, que había provocado muchos levantamientos de esclavos, que estaba detrás de muchos conspiradores y asesinos de hombres de bien.

Se encargó repetir el mismo mensaje hasta la saciedad. Hizo que tal mensaje fuera extendido por todos los mensajeros de los dioses.

Tenía la confianza de que toda mentira repetida mil veces acaba convirtiéndose en verdad, pero los hombres ahora tienen el fuego del conocimiento y ninguna mentira podrá convencerles.

Finalmente, Zeus reconoce su derrota. Reúne a los dioses y les explica la situación:

“De nada vale el castigo de Prometeo. Aunque le diéramos muerte los hombres no lo veneraran. Los hombres no le tienen presente ni siquiera como su salvador. Ahora marchan por sí solos y nosotros no podemos conducirlos. ¡Deidades del Olimpo!, hemos sido vencidos”.

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