Microrrelatos: "Que Dios se lo pague"

eulalionuevaEn las tardes de verano, en la franja que comprendía el comienzo hasta el final de la siesta, cuando arremetía implacable el siroco, con hirvientes vaharadas del sudeste y el manto de trillones de partículas desdibujando las arquitecturas y, a la vez, emborronando la profundidad de las calles, Rubén elegía, entre otras posibles distracciones, visitar a su abuelo paterno, el cual poseía la altura de los tótems conjugada con la corpulencia de un frondoso roble, dando la impresión de ser pariente directo de Darbón, el médico de Platero. Usaba el patriarca una americana a cuadros con piel de estameña y una blanca camisa por donde serpenteaba, del cuello a la barrigota, una culebrilla negra que recordaba, a propios y extraños, el luto por la añorada esposa.

Tres primordiales motivos encaminaban al muchacho a la casa del viejo. Prístino, hacerle compañía. Después, escuchar sus aventuras y avatares contados con el melodioso silabeo de su verbo locuaz, como un anciano tribuno que se dirige, en medio del mercado a los próceres y a la multitud. Y por último, favorecerse del fresco que regalaba el microclima de la huerta.

El abuelo lo recibía con los brazos abiertos, intercalando según su parecer: “¡Qué vueltas!” o “¡Qué hay de nuevo!”. A continuación, se dirigían a la cocina, reducido esquinero, con ventana de guillotina asomada al jardín. Extraían sendas sillas, hermanándolas en la parte sombreada de la huerta. Rubén tenía, por aquel entonces, la convicción que el fresco vivía cautivo entre los árboles y el resto de plantas y no podía fugarse por lo alto del tapial. Tres ejemplares bien distintos cohabitaban en el lugar: un estéril aguacatero, la higuera de lijosa pelambrera con calvas y un malhumorado limonero que liquidaba su estancia con agrias cosechas. Se disponían los frutales de tal forma que parecían ocupar los vértices de un imaginario triángulo, de igual manera que Rubens concretó a Las Tres Gracias sobre el lienzo juntándose y abrazándose, pero, a diferencia de las deidades, aquellas arbóreas figuras solo alcanzaban la esbeltez de movimientos con el roce de sus ramajes. Una perimetral fila de crotos enmarcaba el jardín: los de cinta, carnaval y moteados. De las macetas sobresalían insolentes lenguas de tigre simulando chanzas fieras. En otros recipientes al uso gerberas y un macizo de púrpuras, las favoritas de la abuela. Distante a las sillas, en la umbría, la pileta con el agua del vaso barbeando contra la rampa de caballones con visos esmeralda. La hojarasca estratificaba el empedrado y el tránsito la hacia crujir con vagidos atenuados.

Muy pronto se arregostó Rubén al lugar y a las narraciones que allí se contaban cual adolescente empecinado en no abandonar del todo las infantiles galguerías. Días hablaba el anciano de extensas temporadas en la villa de sus abuelos maternos, la cual cuenta, por la parte lindante al mar, con una pequeña aldea de casas chatas con tejados planos y reducidas estancias albeadas con el color de la espuma marina y puertas de añil que recuerdan a Fira y que, aún hoy día, permanecen junto a las barcas somnolientas de la orilla las que siempre parecen soñar con la mar.

En ocasiones evocaba las andanzas junto a su idolatrado hermano, larguísimas caminatas entre agrestes parajes buscando gorriones y camachuelos trompeteros o, como él gustaba llamarlos “pájaros moros”.

Aquella tarde tuvo algo de especial. El abuelo sacó de la faltriquera una bolsa con pequeños discos dorados, ligeros como lapilli, con anversos y reversos intactos, recién troquelados en las cecas europeas. Mostraba los semblantes prodigando datos históricos de la emperatriz o el monarca en cuestión, volteaba la moneda a la cruz y apostillaba numismáticas apreciaciones. Finalizada la clase magistral (¿No te he contado la importancia de tener un “Dios se lo pague”?), el joven continuó callado.

—Pues bien, querido Rubén… He de referir que el siguiente hecho acaeció a una legua de la ciudad de Nantes, a finales de mayo de 1793, el mes previo a la toma de las riberas del Loira por los vendeanos y el ejército católico contrarrevolucionario. La región, de numerosos ríos e incontables afluentes, constituía un inabarcable humedal boscoso similar al de la Media Luna Fértil que configuraban en época arcaica el Tigris y el Éufrates en la legendaria Mesopotamia.

Un mendigo que no sobrepasaba en mucho los treinta se internó en el sendero del bosque y anduvo largo trecho hasta llegar a una bifurcación. Entonces giró a la derecha, saliendo casi instantáneamente a un calvero cubierto de verdes hierbas y esporádicas amapolas y se apresuró al encuentro de un solitario palacete de frontis engalanado por una yedra aterciopelada. Destacaba un torreón de flamante construcción adosado como un postizo a la izquierda del edificio. La prominente estructura de mampostería funcionaba como atalaya, observatorio astral y refugio intelectual de su propietario que presumía de una nutrida biblioteca con abundantes incunables y otras joyas, tales como: el Mahabharata, el Kojiki, la Ilíada y un sinfín de papiros...

Un aldabonazo bastó para que abriera el efebo. El mendigo expuso el motivo de su presencia, que no era otro que solicitar al dueño de la mansión una limosna. Respondió el criado que el amo padecía misantropía y no prodigaba dádivas. Con celestial sonrisa insistió el mendicante destilando melodiosa voz “¡Caridad!”. Antes de ahuyentar al vagabundo, el zagal consideró preciso arrojar algo de luz sobre la difunta juventud de su viejo señor, para lo cual fue enhebrando lo mejor que pudo lo escuchado a los lugareños más longevos de la comarca.

Siendo Monsieur Daract un apuesto joven de familia rica y prometido de la joven más bella del lugar, quiso el azar embromarlo cruelmente. La joven y esbelta novia contrajo unas fiebres y, pasados unos días, la sepultaron. Como la desgracia no viene sola, al igual que no lo suelen hacer los jinetes del Apocalipsis, al mes murió también el padre del desdichado Daract. Para aliviar su honda pena, mi señor se entregó en cuerpo y alma al campo de los negocios familiares. En dicha odisea dobló la flota de navíos dedicados al comercio de quincallas en la zona que comprende la Guinea y la confluencia entre los ríos Senegal y Congo. Después se asocio con notables banqueros ingleses cuadruplicando su fortuna. Así se olvidó mi señor de su corazón y el embrutecido órgano metamorfoseó a duro pedernal. Dedicó las claridades matinales a los negocios, las deslucidas tardes a las lecturas y la cerrada noche al telescopio. Como la menguante luz del día, su alma de plateados destellos pasó a sucia y negra moneda de cobre de tan escaso valor. Se depreció su espíritu y el infortunado degeneró en lo que es hoy en día, un huraño y furioso Polifemo acechando con el ojo de la lente al cielo en busca de Dios para maldecirlo, desafiarlo, matarlo… En el país se dice que monsieur Daract no tiene siquiera un solo “Dios se lo pague” en su haber contable.

Creyó el efebo haber disuadido al mendigo, pero nada más lejos de la realidad. Nuevamente insistió el mendicante destilando melodiosa voz: “Por Dios, caridad”. El zagal se presentó entonces en la cámara del torreón para informar al amo.

El despiadado Daract, violentándose, blasfemó repetidas veces. También percibió una punzada en el brazo izquierdo y un tímido ardor en el pecho que, no obstante, no le impidieron ordenar resueltamente: “¡¡Échale los mastines, truhán, rápido!!”. Apesadumbrado, el joven liberó a los canes. Las fieras siguieron como exhalaciones el curso de varios corredores rebasándose, atropellándose en la carrera, echando babas y dentelleando al aire antes de alcanzar la puerta principal. Para cuando el zagal llegó al extremo de la oblonga galería, vio a los mastines al pie del mendigo cambiados en tierna camada de dóciles cachorrillos lamiendo y jugueteando con el vientre boca arriba y emitiendo guturales sonidos.

Un sudor frío recorrió la espina dorsal del efebo y corrió a contar a monsieur Daract la nueva. El decrépito amo escuchó, pero esta vez sin blasfemar. “Dale una hogaza de pan”, ordenó al joven, a pesar de que se acentuaban la punzada y el ardor. Gustoso tomó el zagal el mejor pan y se lo dio al mendigo, el cual, destilando melodiosa voz le dijo: “Será larga y feliz tu estancia en la tierra zagal. ¡Ah!, no olvides decir al viejo Daract que Dios se lo pague”.

Regresó el mendigo sobre sus pasos repartiendo más de media hogaza entre la grey y, pasada la bifurcación, regaló el resto a unos perrillos que llevaban su mismo camino. Simultáneamente, el efebo se presentó a Daracat para transmitirle el mensaje y vio a su señor caído, rígido, pálido… difunto. Percatándose de la situación, el zagal balbuceó un sentido Ave María por el alma de su atormentado amo.

En tanto el mendigo dejaba caer unas migajas sobre una columna de hormigas que rompieron la formación, de repente salió de entre los árboles una liebre perseguida por un deforme lobo de doble alzada que sus congéneres: ascuas los ojos, aceradas las cerdas, brutales escarpias en las mandíbulas y fluidos ponzoñosos las babas. El mendigo, se interpuso entre ambas criaturas, asiendo a la liebre. La bestia retrocedió altanera y desafiante dejando un oleoso reguero sulfúreo.

Por su parte, el tembloroso animalillo notó en su pelaje la rozadura de unas viejas suturas en las palmas del Eterno vagabundo y, con un rápido movimiento, penetró apresuradamente por la abertura de la bocamanga de la casaca hasta que, sobrepasado el codo, se abrió ante sus ojos un luminoso túnel en cuyo extremo opuesto se vislumbraban dos bultos casi pegados el uno al otro. Aquella alma atormentada aligeró entonces el paso todo lo que pudo y alcanzó a contemplar aquellas dos formas de manera más nítida y reconocible. Las siluetas de una esbelta joven con un viejo de la mano que parecían saludarle. Sí, definitivamente, le saludaban—

Se apagaba la tarde en la huerta y a la rampa de los caballones vino un pajarillo silvestre y bebió a sorbos cortos ayudado por las últimas luces. El viejo lo miró con la ternura que solía dispensar Darbón, el médico de Platero, cuando “miraba del lado del cementerio”. A continuación, tomó la manguera y empezó a regar por las púrpuras…

—Es tarde Rubén, tus padres te aguardan, ¡quizás alarmados!

—Adiós abuelo— respondió el nieto y caminó hacia la puerta.

—Que Dios te lo pague, hijo.

—¿Por qué abuelo?— preguntó el chico confuso, dubitativo, sin mirar atrás.

—Por la compañía, hijo, por la compañía. ¿Por qué otra cosa iba a ser si no?

2 comentarios

  • francisco bolaños díaz Viernes, 04 Octubre 2019 07:22 Enlace al Comentario

    Gracias Eulalio.Este relato, como los anteriores, me ha encantado. Ya no solo por los "palabros" cuasi moribundos ya habituales en tus descripciones, sino también, por el arte con que hilvanas tus "invenciones" con las de otros "extraños"
    A seguir escribiendo.

  • Josefa Molina Lunes, 09 Septiembre 2019 18:27 Enlace al Comentario

    Singular relato dentro del relato. Me gusta. Felicidades, Eulalio.

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