Microrrelatos: "La roja"

ERASMO2018012Escenas dantescas en el pueblo. Se respiraba el olor a sangre y pólvora de los disparos. Mujeres abrazadas a sus hijos muertos. Niños abrazados a sus madres. Ancianos con los ojos bien abiertos mirando la cara de sus asesinos. El aire aún retenía los gritos de aquellos infelices murientes. Arroyos de sangre se abrían paso por los bordillos de las aceras.

Fue una muerte por sorpresa. Nadie esperaba el asalto.

Mujeres, niños y ancianos seguían su vida habitual como normalmente se vive en tiempos de guerra, pendientes de las noticias que daban por la radio o del telegrama del cartero con la triste noticia de la muerte del ser querido.

Un grupo de soldados llegó al pueblo. Serían unos diez o quince, nadie se detuvo a contarlos. Tampoco hubo tiempo para contarlos. Habían terminado un combate en el campo de batalla. Sus enemigos se reagruparon y abandonaron la lucha. Y regresaron a su destacamento.

Ellos se quedaron sin oficiales vivos. Dieron la vuelta y se dejaron arrastrar por sus pasos. Sin rumbo fijo. Dejaban a su espalda sus compañeros muertos, las voces de los heridos. El olor a pólvora de las granadas, el silbido de las balas rompiendo el aire, las detonaciones de los morteros.

Sobre el hombro el mosquetón como el campesino que lleva una escardilla. En la punta del arma, la bayoneta.

Hacia delante. Hacia un destino incierto. Tropezaban sus pies torpes con los guijarros del camino. Un camino improvisado por sus pasos. Sus ojos caían en la nada más allá de las montañas del horizonte, aunque a veces querían atrapar las nubes plomizas que discurrían a lo largo de la tarde.

Uno cualquiera metía su mano en el bolsillo y cogía unas cuantas almendras o avellanas. Otro sacaba su petaca y se echaba un trago de aguardiente o de brandy. Cada uno a lo suyo. Nadie compartía nada. Cada cual se sentía acompañado porque oía los pasos del otro.

Llegaron al pueblo. O más precisamente, chocaron con él. Entraron por una calle sin pretender otra cosa que abandonar el lugar por el lado contrario de la misma calle.

Eran diez o quince.

Tal vez.

Porque no hubo tiempo para contarlos.

Un anciano, con una chaqueta gris y un sombrero oscuro, los miraba con cierta curiosidad apoyado en la puerta de su casa.

¿Tú qué miras, rojo?

Preguntó un soldado.

El anciano descolgó la pipa de sus labios e hizo ademán de entrar en su casa.

No pudo conseguirlo pues el mismo soldado lo abatió de un único disparo en la nuca.

Con otro disparo fue abatida su mujer, hermana o hija mayor, da lo mismo, que acudió aterrorizada ante el anciano muerto.

Con este segundo disparo, todos los soldados del grupo se pusieron en guardia y, como si de nuevo recuperaran el poco aliento de vida que les quedaba se ponen a disparar a todos los que veían asomarse, niño, mujer, anciano, por la ventana, por la azotea, en la calle.

Un verdadero alarde de heroísmo y valentía.

¡Todos eran unos putos rojos!

¡No había más que rojos en este pueblo!

Y por si le quedaba algún rojo más en el pueblo se repartieron por parejas para recorrer las casas aisladas.

Estaban hartos de muerte y todavía necesitaban más muerte.

No había marcha atrás.

Inevitablemente eran unas máquinas de muerte.

Ya no podían evitarlo.

Damián y Francisco no formaron pareja por azar. Habitualmente iban juntos siempre que tuvieran que hacer alguna patrulla.

Vamos a ver qué rojos hay en aquella casa.

Y los dos se dirigieron a la casa. Como tantas, solitaria en la campiña.

Dos golpes en el portal. Da igual quién los dio.

Abrió una señora de unos sesenta años.

Sin esperar unas buenas tardes, Damián casi derriba a la mujer del fuerte manotazo que le propinó en el pecho.

Quítese delante, roja de mierda.

Pero ¡hijos míos! ¿Qué tienen?

¡Es usted una roja!

Pero si toda mi vida me la he pasado cuidando unas vaquitas y sembrando maíz. Soy viuda. Y ahora la guerra me quitó los dos hijos que tenía.

¡Los matamos por rojos!

Se adelantaron hacia una cómoda que allí estaba y se ponen a tirar al suelo, cuadros de fotos, figuras de porcelana, jarrones con flores…

¡No! Al Señor, no. Por Dios, no toquen al Señor. (Llorando e implorándoles)

La anciana se refería a un crucifijo que estaba encima del mueble.

Damián paró y la miró petrificado.

¿Cómo que al Señor, no? ¿Qué le importa usted al Señor? ¿Acaso usted no es roja?

Para el Señor, todos somos del mismo color. Hijito.

Francisco no quiso seguir escuchando. Derribó a la mujer de dos disparos en el pecho.

Ella cayó hacia atrás con los ojos abiertos fijos en él y exhalando sus últimas palabras:

¡Qué Dios te ayude hijito!

¡Qué sabrá esa de Dios!. Es una roja… Vámonos de aquí

Abandonaron la casa.

Damián, no olvides nunca que no debes dirigirle la palabra a un enemigo. Y menos si lo vas a matar.

Salieron caminando sin rumbo fijo.

No mediaban palabra ninguno de los dos.

Francisco no podía olvidar aquella mirada tan hiriente. Tampoco las palabras que le dijo al caer.

Estaba extremadamente inquieto.

Esta puta guerra me tiene loco, ¿sabes amigo?

Claro que nos tiene locos. ¿Qué necesidad teníamos de ir a esa casa?

Y fuimos… ¡Ya está!. Ahora no estés preguntándote nada. Fuimos y punto.

Su nerviosismo iba en aumento.

Vale.- Continuó- Ahora no hay marcha atrás. No tenía sentido que fuéramos a esa casa, tampoco tenía sentido que esa mujer estuviera allí, ¡Como no tenía sentido que yo la matara de dos disparos! ¡¡¡Y sabes por qué!!! ¡¡¡Por-que-lo-que-no-tie-ne-sen-ti-do- es esta maldita gueeerraaa!!!

Y tiró el fusil tan lejos como pudo.

Muchacho, que te van a fusilar- le dice su amigo

Y salió corriendo por los sembrados, huyendo como una libre. Escuchando, cada vez más lejos, las palabras de Damián.

¡¡Francisco!! ¡Qué van a fusilarte!

Actualizado el Domingo, 29 Septiembre 2019 17:13 horas.

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