Microrrelatos: "Pájaros en la cabeza"

GQB2015Hugo correteaba de un lado a otro con la mirada fija en el cielo azul, nunca en el suelo. A salvo de maestros y niños de mayor edad dispuestos siempre a incordiarlo y devolverlo a la realidad gris y monótona, se deshacía como un azucarillo en un café preso de sus propias fantasías. En un abrir y cerrar de ojos, transformaba los bloques de edificios que rodeaban el colegio en torres de castillos medievales, habitados por dragones, princesas y caballeros en apuros; convertía las herrumbrosas porterías del patio en puertas interestelares a otros mundos, y los árboles raquíticos del jardín en una selva frondosa e inexplorada donde aguardaban serpientes, insectos gigantes y demás fauna dispuesta a ser partícipe de sus juegos.

Hugo corría, saltaba, se arrastraba y devoraba cada una de sus fantasías. Además de eso, Hugo hablaba. ¿Cómo no iba a hacerlo? Sus mundos estaban poblados de tantos seres que hubiese sido una descortesía por su parte no dialogar con ellos. Palabras como “¡rápido!”, “¡cuidado!” o “¡ayuda!” brotaban de su boca continuamente, extrañando a los otros niños, que lo miraban con una mezcla de incomprensión y burla. Solían ignorarlo, aunque, en ocasiones, le invitaban a dejar sus ensoñaciones solitarias y echar un partido de fútbol con ellos en caso de que faltasen jugadores para completar los equipos. Él casi siempre se negaba, no le gustaba demasiado el deporte, y aun en su ignorancia infantil sabía que se lo pedían por compromiso, cosa que no le gustaba. Su negativa solía despertar las iras de sus compañeros, provocando alguna trastada en forma de traspiés y empujones. No obstante, y tras el correspondiente momento de tristeza —acompañado por alguna que otra lágrima— al sentirse golpeado e insultado, volvía a su mundo como si nada hubiese pasado. Hugo seguía religiosamente las instrucciones de su madre de no hacer caso a nadie que le quisiera robar su don: el de ser feliz consigo mismo. “No dejes que los demás te digan cómo deben ser las cosas, sobre todo cómo deben ser tus cosas”. Y aunque tenía cinco años y no comprendía muchas de las explicaciones de los adultos, esa sí que la entendía, por lo que la bandada de pájaros que habitaba su cabeza nunca emigró hacia otras latitudes y la infancia de Hugo transcurrió como un juego perenne del que nunca se llegó a cansar.

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