Microrrelatos: "Don Álvaro"

ERASMO2018012Finalmente Don Álvaro se recuperó del ictus que le había sorprendido.

Cuando le dieron el alta su yerno fue a buscarlo al hospital. Iba acompañado de su esposa y su cuñada. Pilar, otra hija de Don Álvaro, se quedó en casa con sus dos sobrinos esperando al abuelo.

Antes de marcharse, lo llamó a su despacho el médico que le estuvo atendiendo y estuvo encerrado con él manteniendo una pequeña charla.

Cuando se despidió del doctor, enjugó su boca para decir a sus acompañantes:

Vamos a casa.

Todos subieron al coche. No hubo una palabra que se atreviera a romper la espesura del silencio.

Don Álvaro iba serio, callado y pensativo. Sus acompañantes, callados e interrogándose qué le diría el doctor para que no pronunciara una palabra en todo el recorrido.

Cuando entró en casa no deseó otra cosa que irse a la cama. No es que estuviera cansado, pero encerrarse en su habitación era un buen pretexto para quedarse sólo, con sus pensamientos, sin la compañía de sus hijas que lo irían a asediar con impertinentes preguntas.

Pilar, su hija menor, preparó una tizana y se la llevó para que la tomara. Con la taza en la mano contemplaba a su padre que, tendido boca arriba, dejaba perder su vista en la inmensa blancura del techo de la habitación.

Toma , papá.

Don Álvaro se incorporó. Alargó la mano para coger la taza y sus ojos retornaron para fijarse en otra de las hijas que, desde la puerta, estaba pendiente de lo que sucedía.

Ninguna de las hijas entraba sola en la habitación del viejo sin que fuera seguida por otra de ellas.

Las tres vigilaban a las tres.

Mientras tomaba el agua, nuestro personaje desveló el secreto de lo hablado en la consulta:

El médico me dijo que ya no saldré vivo del próximo infarto.

Las hijas presentes suspiraron con inquietud.

Pero estén tranquilas. Puede tardar muchos años en que me pase otra vez.

Menos Pilar, cada una vivía en su propia casa con su marido correspondiente y sus hijos. Pero después de lo sucedido, Pilar no se quedaba sola con el viejo; y mucho menos entrar en la habitación. Cuando no se quedaba una de sus hermanas, se quedaba la otra y en algunos casos, Yanira, la mayor de las nietas.

Las tres estaban vigiladas por las tres.

Don Álvaro, aún cuando lo disimulara con cierta entereza, había caído en una profunda depresión. Casi no salía del cuarto salvo para desayunarse, comer y asomarse al balcón apenas un rato.

Cada vez que salía la hija cerraba diligentemente la puerta y la otra iba a comprobar que, en efecto, quedaba bien cerrada.

Una petición del viejo fue interpretada por su familia como una tétrica locura pero no obstante se la concedieron sin discusión.

Por favor, me compran una caja y me la ponen en mi habitación, aquí junto a esa pared.

Pero, ¡padre!

No quiero que ustedes paguen nada por mi entierro. Todos los gastos que pueda los iré adelantando yo.

A pesar de la fúnebre idea, todos sus familiares coincidieron en que fue un acto generoso por su parte, pues en su vida nunca había pagado un seguro de vida. Siempre había pensado que era un dinero perdido y que era más práctico guardarlo para cuando hubiera un gasto inevitable.

Cuando abrían la habitación lo primero que encontraban era el ataúd y, al otro lado, a la misma altura, la cama.

Una noche oyeron un fuerte golpe, un golpe seco, como de alguien que se hubiera caído. Acuden a la habitación y ven al viejo en el suelo cerca del referido ataúd.

No se preocupen. No ha sido nada. Que me levanté y he tenido que tropezar, por eso me caí. Pero vayan a su cama. Pueden estar tranquilas

Después de la caída no tardó muchos días en que le sobrevino un nuevo infarto y, esta vez, tal como el médico había advertido, falleció.

Siempre había odiado, y temido, el fuego. Pero en sus últimos días optó por solicitar la incineración y, aunque lo recibieron con sorpresa, hicieron cumplir su deseo.

Una vez acabados todos los rituales del funeral, las tres hermanas vuelven a la casa. Se sientan en el salón y las tres permanecían en silencio esperando quien abría fuego.

Una de ellas, por fin, se decide hablar.

El dinero de papá tiene que estar en su habitación. El no se había despegado de él.

Ahora hay que averiguar dónde.

Nada, cuando estemos más tranquilas, empezaremos a buscarlo.

Pero no podemos esperar toda la vida, yo tengo que atender mi casa y mis hijos.

El viejo era muy miserable. Con sus nietos no gastaba más que una bolsa de caramelos muy de vez en cuando. Vendió todo lo que había adquirido con su esposa. Nunca puso un euro en el banco. Era muy austero consigo mismo, tanto vistiendo como comiendo. De la sustanciosa pensión que recibía sólo pagaba el alquiler de la vivienda, agua, luz y alguna que otra cosa. No quiso adquirir ninguna propiedad “porque eso no era más que dejar peleas y pleitos en sus hijas”.

Entonces el dinero, que suponían que había mucho, no podía estar más que en la casa y, con toda seguridad, en su dormitorio. Por esa razón nunca entraba ninguna de las hermanas sin estar vigilada por otra. Y por la misma razón ninguna quiere abandonar la casa hasta no encontrar el codiciado tesoro.

Las tres sintieron la muerte de su padre. Pero ninguna estaba dispuesta a perder su parte de herencia que, en fin de cuentas, habría que interpretarla como una indemnización por la pérdida de un ser querido.

No había más tiempo que perder. De pronto se incorporaron las tres, al unísono, como obedeciendo una voz de mando.

Vamos a ver donde puede estar.

La habitación no era muy complicada. No había más que la cama, un armario, una mesa de noche y un cuadro en la pared con la fotografía de él y su esposa.

Empezaron buscando en el armario, luego en la mesa de noche, luego en la cama, destrozaron el colchón. Separaron el cuadro de su marco. El dinero sin aparecer.

Revisaron todas las maderas, las de la cama, las del armario, las de la mesa de noche. Buscaban alguna grieta donde pudiera esconderlo. Revisaron el piso mosaico por mosaico. Comprobaron si había algún zócalo separado. Se cercioraron de que en las paredes no hubiera algún desconchón que denunciara la posibilidad de que algo estuviera escondido. Finalmente, dadas por vencidas, volvieron al salón y ocuparon los mismos asientos que ocupan anteriormente.

Las tres se dirigían miradas acusadoras. Pero las tres estaban seguras de que ninguna había entrado a solas en el dormitorio.

-¡Yanira! ¿Tú cogiste algo de la habitación de abuelo?

-No, tía.

- Es que mi padre era tan egoísta que de haber podido se hubiese llevado el dinero con él.

- ¡¡Toma!!

Su grito la encadenó a las miradas de las demás.

Claro que se llevó el dinero. (continuó). El dinero está ahí (señalando el arcón de las cenizas). Con él. Por eso nos pidió un ataúd. Y por eso quiso que lo incineráramos.

3 comentarios

  • Teresav Viernes, 08 Noviembre 2019 20:56 Enlace al Comentario

    Me recuerda al cuento aquel del indiano que regresó con una caja pesada..
    Quizá sepan a qué cuento me refiero: ¡Callaos, hijos, callaos!

    Muy bueno don Erasmo, le felicito.

  • Jesús Jueves, 07 Noviembre 2019 18:24 Enlace al Comentario

    ¡Muy buena la quintada que les pegó el viejo a sus hijas! A veces pasa eso. Quien menos se ocupa de cuidar a sus padres, son los que más pelean por la herencia. Le felicito por el relato que, siendo ficción, no se aleja mucho de la realidad, Erasmo Juan.

  • María del Pino Gil Miércoles, 06 Noviembre 2019 13:44 Enlace al Comentario

    Un relato muy bueno, con un final inesperado. Me ha encantado!!!

Deja un comentario

Esta es la opinión de los lectores, en ningún caso la de infonortedigital.com. No se permitirán comentarios ofensivos o contrarios a las leyes españolas. Tampoco se permitirán mensajes no relacionados con el tema de la noticia.
El envío de comentarios supone la aceptación de las condiciones de uso.

volver arriba

Noticias

Municipios

Suplemento