Microrrelatos: "Noviembre"

eulalionuevaTocan a la puerta y tiemblan los maderos, pero “nadie en el umbral” acierto oír a los lagrimosos inquilinos de las ventanas. Qué misteriosas sorpresas traerá consigo esta tarde noche, cuando ulula desaforado el viento y gime la veleta con lastimero chirriar de hierros herrumbrosos. Mientras se desvanecen las asustadizas luces de los apartados caserones y una niebla cenicienta envuelve la lengua de asfalto de la carretera, al tiempo que el último autobús pasa cargado de almas desconocidas. No puedo ni debo embridar la espontánea pregunta: “¿Cuál será el destino final de aquéllas?” Propino un latigazo de bourbon al fondaje de la copita de mazagrán, convirtiendo el badulaque en áspera y alcohólica pócima. Trago a sorbitos, como si la vida me fuera en ello, y se atemperan los soliviantados músculos y, a medida que sonrío, caigo en la cuenta de que noviembre está a la puerta y que todo es producto de un cúmulo de atmosféricas circunstancias otoñales.

¡Toc, toc!, llaman de nuevo. ¿Quién será? Acudo, abro y ¡sorpresa! Nadie, salvo tres objetos dignos de un bodegón: una maleta de viajante con forma de vientre de dromedario, un destartalado paraguas y un gabán. Mis detectivescas dotes me llevan sin demora a inculpar a los críos de los caserones, que me hacen bromas en una intempestiva visita por Halloween, fiesta intrusa que desdeño por su voraz espíritu consumista, carente de arraigo, tradicionalismo e hidalguía, sin que por ello caiga yo en un desmesurado chovinismo. Dios me libre de semejante ofensa a lo anglosajón, pero, ahora que lo pienso, haciendo retrospectiva, recuerdo el frenazo del autobús. Tal vez se apeó un viajero, alguien que, extraviado, busque hospedaje y llamó equivocadamente a mi puerta.

¿Pero cómo? La valla es infranqueable, cerrada está la cancela. Tras el magnolio, nadie, y los rosales, casi en palos, nada ocultan. Por un instante me desenvuelvo con la presteza de un ferromozo. Arrastro los bultos hasta el vestíbulo, dilato la estadía ante los objetos, intrigado hondeo el interior de la maleta: musgo de la tundra, hojas de manglares, mechones de pinaza alpina y briznas esteparias. Qué es todo esto, acaso sea el dueño un excéntrico botánico o un enajenado trapero despeñándose en el precipicio de la locura. Rebusco en la seroja y aparecen unos libros que, al fin y al cabo, no dejan de ser hojas ordenadas. Entre mis manos, las Leyendas de Bécquer, que traen las fragancias de las lecturas de adolescencia: El Monte de las Ánimas, El rayo de luna, La cruz del diablo… Se escapan los ojos, perseguidos por las manos, a por un libreto muy manoseado que exhibe en su portada “Don Juan Tenorio”.

Inconsciente me retraigo al porteño barrio bonaerense de Barracas, adonde la guiñada del azar me guio de la mano de Chelito y Alda a una curiosísima representación del archiconocido drama. El teatro era un viejo almacén abandonado, arrendado durante un corto período de tiempo al productor teatral y director escénico por una módica cantidad de australes: la platea, rectangular, con sillas de tijera y bancos de costura; el escenario, al nivel del patio de butacas; el telón, un burdo cortinaje morado.

Los espectadores se despachan a su gusto sin acomodador. A mano izquierda, unas señoras tristísimas con pañuelos blancos a la cabeza que, al mirarlas desde atrás, parecen un huerto nevado, y, entre ellas, un grupo de intelectuales con jerséis, abrigos de pana y gafas sobre las barbas. A mano derecha, unos trabajadores desaliñados. Al fondo del todo, público en general y, en el gallinero, Charito, Alda y yo. Por los pasillos desfilan los actores para escudarse en el telón: un sesentón con tripita, don Juan, al que aventaja en años don Luis Mejías; con un episodio de artritis reumatoide doña Inés, cojeando; y qué señalar del Comendador de Calatrava, con báculo viene el hombre, seguido por un don Diego fatigado. Esperpéntico elenco de comediantes al final de sus carreras, en espera de un merecido retiro y una corta pensión.

Se levanta el telón y… “Cuán gritan esos malditos, / pero ¡mal rayo me parta/ si en concluyendo la carta/ no pagan caros sus gritos!” Se suceden con escasa luz las escenas. Los expertos tramoyistas nos conducen de decorado en decorado con suaves movimientos de sábanas pintadas. Entramos con buena suerte en la segunda parte y no se oye el vuelo de una mosca, solo los versos del autor, que han rejuvenecido a los intérpretes.

Alda suspira por don Juan y Charito seca unos lagrimones justo en la escena final, la que transcurre en el Panteón sevillano, cuando se desvanecen los enamorados. Apoteósica ovación de salvas con el publico en pie al grito de: “¡¡Bravo!!” Una vez más cumplieron don Juan y la novicia con el encargo de Zorrilla en la víspera de Todos los Santos para mostrar al mundo que solo se salva el hombre a través de la mujer. Y si esto es cierto y verdadero, por qué leo a diario en los titulares de la mañana tanta violencia de género. Inocentes asesinadas, huérfanos de madre por doquier y brutales violaciones perpetradas por las crecientes manadas. Concluyo afirmando que no fue don Juan monstruo fiero, que sí lo son estos malnacidos de hoy en día. Dan las doce en el reloj de pie y me abandonan los incorpóreos personajes de Bécquer y Zorrilla.

¡Oh!, ya es noviembre. Ahora me acuerdo, ¡qué descuido! El director de la revista Mercurio, de la que soy colaborador, me encargó un artículo de dos mil palabras relacionando con el día de Todos los Santos para publicarlo en breve.

Enciendo un pitillo frente al ordenador y pienso en el argumento mientras se contorsionan las hebras de humo. Anclaré el relato en un pueblo pequeño cerca del mar, en tiempos de los tecnócratas, cuando el NO-DO se veía en blanco y negro y las calles eran grises aún en verano. Los personajes centrales, un matrimonio joven con cuatro mocosos que caben todos dentro de una cesta. Hace dos meses que los progenitores perdieron a la menor, una párvula de dos añitos, por causa de la difteria. La cría tosía sin parar, la piel se azuló coincidiendo con el grado de coloración de los ojines. Llegaron tarde los antibióticos y la niña voló al cielo una madrugada. La minuta, la botica y la funeraria diluyeron el escaso dinero. Sin medios para satisfacer al marmolista lapidario, el padre, de profesión albañil, montó con cuatro maderas un marco en el patio de la casa, espolvoreó el interior con arena rubia, el color de los cabellos del angelito, y fundió una losa de cemento. Antes que fraguase del todo, puso encima diminutos caracoles formando una cruz y aguardó, impaciente, la llegada de un amigo funcionario que tiene pulso de amanuense para que le escribiera el epitafio con perfecta bastardilla. Al día siguiente cargó con el rectángulo al hombro y lo depositó en tierra sagrada sobre la pequeña Sebastiana.

Clarea. He ordenado y desarrollado las ideas y envío el correo electrónico. Me anudo la corbata y me enfundo la americana. Salgo al jardín, corto dos rosas tardías de los húmedos rosales y, casi sin darme cuenta, recorro en mi modesto utilitario los cuatro kilómetros hasta el cementerio municipal para honrar a mis difuntos. Compro unos ramos de crisantemos en los improvisados puestos de la entrada. Visito a mis deudos y me parece que es primavera por noviembre en el camposanto. Dejo unas oraciones junto a las flores y a los míos les despido con un sentido “hasta ahora”. Me desvío, escasos metros, a un pasillo contiguo y sobre una pequeña estela de cemento con los caracteres ocultos por el musgo y ya casi borrados por el tiempo deposito las dos rosas.

Antes de entrar en el estrecho utilitario, pienso en el artículo y en su título: “Dos rosas tardías por noviembre”.

1 comentario

  • francisco bolaños díaz Lunes, 25 Noviembre 2019 06:06 Enlace al Comentario

    Gracias Jesús por tu nuevo relato. Hoy, desde muy temprano, he dedicado parte de mi tiempo mañanero a leer tu trabajo en el que, como de costumbre, descubro que eres un empedernido lector. Por qué, se preguntarán quienes esto lean. La respuesta está para mí, en las palabras ferromozo, badulaque, mazagran y la "moribunda fondaje". Hasta la próxima.

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