Microrrelato: "La lechera"

eulalionuevaAseguran eruditos historiadores que Esopo, ya liberto, escribió su fábula La lechera en el siglo VI a. C., de camino a Delfos, cuando guiaba una recua con nobles presentes para Apolo. En la travesía vio una chiquilla que, al tropezar, dio con su cántaro de leche por los suelos. Según lo expuesto, mi crónica ocurrió ayer tarde, en ese tracto en el que mi infancia fluía vertiginosa para esparramarse y desaparecer absorbida por la tierra, como el blanco líquido del ánfora de la joven, y por consiguiente arramblar con todas mis pueriles ilusiones. De la cándida época recuerdo con añoranza infinidad de extintos gremios: el de afiladores, limpiabotas, sardineras ambulantes desgañitándose, (“¡¡¡…vivitas muchachaaa¡¡!”), tenderos y costureras… Pero ninguno me produjo más congoja que el de la lechera.

Muy de mañana, con oscuro y relente, surgía la figura contrahecha y lutosa acarreando el cacharro de latón, de puerta en puerta, en sufrido vía crucis. Acudían a media calle, a su encuentro, algunas piadosas clientas para evitarle tormentos mayores. Lolita, que así se llamaba, trasvasaba la leche de la cisterna a las vasijas de peltre y porcelana. Durante el trasiego el brazo de la anciana volteaba cual noria que vierte sus chorreantes arcaduces para formar un caudal blanco que, con dispares medidas de volumen, sería transportado puntualmente a la mesa por aquellas amas de casa. En ocasiones, mi madre me soltaba unas pesetas con que abonar el lácteo néctar. A mis ojos, la enlutada jorobada era una Santa Rita arrodillada, a punto de hozar, que alzaba un palmo el rostro para mirarme de soslayo con la dulce tristeza de una perrita apaleada. A continuación extendía la mano, llevando las monedas a un pañuelo, lo anudaba y al seno, para retirarse lentamente seguida del tintineo del cuartillo contra la hojalata del bidón. Aún recuerdo con agrado el avellana de su mirada, el cutis nacarino toda blanda nata y la fragancia de su tónico capilar Ron quinquina.

Cursábamos cuarto de primaria cuando por imperativo de don Tomás —corpulento labriego, parco en palabras y con un corazón de oro— entró Masito, su hijo y mi amigo, al servicio de Lolita por unas horas, sin percibir por ello una sola rubia. Debió ser que el padre, condolido por la vieja metió al chico en el reparto.

A veces, a primera hora, Masito se retrasaba unos minutos llegando a clase desganado pero superó favorablemente el trimestre. En el recreo nos contaba la mecánica del trabajo. Se levantaba de madrugada, abandonando cama y sueño, para presentarse en la vaquería. Allí recogía la gran lechera y sorteaba unos laberínticos callejones, entre platanales, para ganar las primeras calles del pueblo. A continuación se reunía con la vieja en el lugar de costumbre y la dejaba despachando. Entonces, Masito bajaba a por un segundo bidón que el pastor, esta vez, le ayudaba a cargar y vuelta a empezar, pero ahora, a un lugar de encuentro más lejano que el primero, y así de lunes a lunes como un forzado Sísifo.

En las vacaciones de Navidad poco vimos al compañero que fue incorporado al turno de la tarde. Las tareas eran más llevaderas, pero el nuevo sumando añadido al de la mañana convirtió la jornada en un insufrible fastidio. La patrona lo mandaba de acá para allá: un litro de leche para un postrado, tres cuartos a una parturienta reseca sin gota… Y de este modo, Masito se convirtió en nodriza, para finalizar lustrando los cántaros.

Aquel año ayudó a montar el belén en una alacena de la vaquería. El niño alcanzaba las figuritas y Lolita las ponía en la hornacina: San José, La Virgen, el Niño todo de mazapán y la burrita. Echando en falta la última pieza de terracota preguntó: — ¿Y la vaca?—

— ¡Hijo! ¿Te parecen pocas? Que elija el Nene la que le guste—respondió sonriendo la patrona.

Entre el juego de pelota, la estancia en la bolera donde los futbolines, la matiné y las visitas al árbol de Navidad, en el cual dejaban los conductores al pasar una de Terry o de anís escarchado para el municipal de salacot y blanca sahariana, los días volaron igual que canicas en una partida contra mayores.

La tarde de Reyes me vi con los camaradas para ponderar los regalos. En mi caso, una mala imitación del balón de cuero que pedí en la carta y una bolsa de confederados junto a una carreta con un tiro de cuatro percherones enganchados a la lanza del carro. Con el barullo y las risas no le oímos llegar y se hizo notar con el timbre de la bicicleta: una Orbea blanca de segunda mano, bien conservada. Masito nos dejó probarla y compartió un rato con nosotros. Nos dijo que se la echaron en la vaquería, junto a la hornacina del Mesías y que Lolita le dio el día libre. Lo vimos alejarse pedaleando su hermosa jaca marfileña que, por momentos, se encabritaba relinchando: Rin, riiiiin. Y me sentí muy feliz por él y, no sé por qué extraña razón, también por la vieja lechera.

Por Navidad al niño que todos llevamos dentro.

2 comentarios

  • Celso oliva Lunes, 23 Diciembre 2019 16:48 Enlace al Comentario

    Gracias Eulalio, inestimable amigo, tú pluma y la fluidez de tú palabra y tus recuerdos, nos llevan siempre por las calles de nuestro pueblo. Siguiendo la estela de tu insigne pariente, Belarmino.

  • francisco bolaños díaz Lunes, 23 Diciembre 2019 06:31 Enlace al Comentario

    Aunque se hizo esperar, ha llegado tu nuevo relato por navidad. Gracias Jesús. Como de costumbre tu escrito, no sólo nos trae viejos recuerdos de vivencias compartidas, sino que también, nos hace recordar palabras en desuso como "soslayo" y otras nuevas que enriquecen el vocabulario como "hozar" -Hurgar un animal con el hocico en la tierra o en otra materia. Enhorabuena.

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