Microrrelatos: "Ahora me toca a mí" (I)

(Continuación del relato titulado Declaración de amor)

Recorrimos la pequeña ciudad italiana cogidos de la mano. Mirábamos todo con el deseo de atrapar cada instante y cada paisaje. Siempre nos gustaron las ciudades y pueblos del interior, donde la vida se podía palpar con un sencillo paseo por sus medievales calles. Mi mujer no habló nunca de la luna de miel que vivimos, entre abrazos y besos y miradas apasionadas, en la Toscana.

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Por eso yo, Gumersindo Gutenberg Miranda, vine a dar con mis huesos en esta ciudad norteña, tan pujante en aquel tiempo y donde percibí que la tranquilidad se asentaba en la falda de la montaña. Llegué en abril de 1900, dos años después de que mi hermano Antonio, impresor, lo hiciera y fundara LA GACETA NORTEÑA. Y me la recomendó en cuanto se vio agradablemente recibido: “es un sitio que encaja con tu forma de ser, hermano”, me dijo en una carta. Y le hice caso. Y una tarde, tiempo después, a la hora del té, vi a María de los Ángeles Martín Kauffmann en el maravilloso jardín de la Marquesa de Las Hoyas, que predilección tenía por los visitantes extranjeros. Nunca imaginé que me vería paseando con ella por el extraordinario vergel que, además, me ofrecía una mirada nueva y, hasta cierto punto, embaucadora. Y cuando digo que “ahora me toca a mí” no piensen ni imaginen que me invade un deseo de revancha, ni mucho menos, sino que solo me mueve el ánimo de presentar mi punto de vista, que, de seguro, completará el anterior. Es verdad que siempre habla mi mujer, yo he sido de libros contables y de miradas perdidas; sin embargo, he de reconocer que María de los Ángeles, siempre me gustó pronunciar su nombre, ¡María de los Ángeles!, puso las cosas en su sitio desde aquella primaveral tarde. Y, aquí, en el campo santo, instalados desde hace ya casi una eternidad y donde vivimos de otra manera, sigue estando a la altura de las circunstancias. Cuando el otro día fue a dar una vuelta por la ciudad, no solo vino rejuvenecida, si es que se puede decir así, a pesar de que manifestara que segundas partes nunca fueron buenas, sino que, además de sorprendida, regresó cargada con un arsenal de palabras que fue desgranando paulatinamente en los siguientes días, como si de una novela en capítulos se tratara. La escuchaba con detenimiento y admiración y sabía que algunas cosas yo las recordaba de otra manera. Pero no dije nada pues María de los Ángeles tenía, y tiene, el don de contar y de establecer relaciones diversas y hacerlas confluir en un relato cohesionado. No sé por qué nunca quiso escribir y, claro, en aquellos vertiginosos años ni era consciente de esa cualidad, una más, de mi mujer. Quizás porque entre los niños y la casa, y las relaciones sociales, se sentía perfectamente realizada en aquel engranaje social, tan ordenado y previsible. Por mi condición de foráneo, tal vez alcanzara a vislumbrar un poco más que ella.

En cualquier caso, a mí aquella ciudad me gustó, y me di cuenta del empuje que estaba tomando. Así que me enamoré doblemente y nuestras vidas, que se esfumaron como nubes débiles en mañanas luminosas, alcanzaron la agradable velocidad de crucero con la que siempre soñamos. Y creo que fuimos felices. Ya ven, se lo tengo que preguntar a María de los Ángeles ahora que los números y las cuentas ya no tienen ningún sentido. La conocí en 1902 y una tarde de abril le declaré, entre entusiasmado y temeroso, mi amor. Ella dudaba con aires de sorpresa e inquietud, y creo recordar que le dije algo así como “su duda es mi esperanza”. ¡Vaya ridiculez! Sin embargo, funcionó y llevé, y llevo, una vida plena. Si hay dos almas gemelas en este mundo, creo que nosotros somos uno de sus mejores representantes. Y no crean que la vanidad corre por mis venas. ¡Para nada!

Gracias a mi hermano Antonio conocí a gente interesante en la localidad. Y, poco a poco, entré en un nuevo mundo que no se distanciaba mucho del que ya había vivido en mi tierra. Solo la cultura y el idioma habían cambiado, pero quedaba un poso común. En cuanto a sensaciones, emociones y sentimientos, en un espacio más reducido, era muy parecido al Berlín que dejé atrás, a punto de entrar en crisis y donde los precios subían varias veces en el día. Al ver la estabilidad económica de la ciudad norteña, aposté por el comercio con la instauración del Almacén de Ultramarinos, inexistente por entonces, y comencé a marcar la pauta en toda la comarca con mis iniciativas empresariales novedosas a principios del siglo XX, que es lo mismo que decir “finales del XIX”, pues estoy más que convencido de que los siglos no terminan ni empiezan porque lo indique una fecha: a principios del siglo XX se vivía y se sentía como una prolongación del siglo recién acabado.

Lo cierto es que tuve éxito, bueno, tuvimos, y nuestras existencias se abrieron al paso del progreso y de la estabilidad. Y quiero recordar que también cuidé de mis cinco empleados al convertirnos casi en una familia con intereses económicos más o menos claros. Y así conformamos María de los Ángeles y yo una vida que aún hoy continúa en esta frontera, a punto de superar en años la que disfrutamos mientras la sangre corría por nuestras venas. Gracias a nuestros hijos nos comunicamos a través de las flores que dejan en la lápida, porque ocupamos, deben saber, la misma tumba. Y, aunque nosotros sabemos lo que sabemos, nos cuentan sus idas y venidas y las de nuestros nietos. También es verdad que pasamos tiempo sin flores a las que agradecer su presencia, pero la vida es como es y ni siquiera nos molestamos. Ni nos mueve el ánimo de reprochar. ¡Para nada! Son sus tiempos y el que quiera interpretar otra cosa muy diferente, en su derecho está, pero a ninguno de los dos nos encontrarán en el rencor escondido ni en el reproche continuo. Mira que se lo dije a María de los Ángeles muchísimas veces:

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--- Deja pasar los comentarios y las provocaciones. Y, sobre todo, cuando te encuentres confusa, el silencio y una mirada de asombro son más que suficientes para que la sangre, verbal, claro, no encuentre acomodo en la conversación.

Y creo que me hizo caso, pues poco a poco fuimos construyendo una familia tranquila y ordenada que tenía meridianamente las cosas claras y donde la ternura y la serenidad confluían a la vez y bajaban, tranquilas, las aguas por el parsimonioso cauce del río. Tengo la sensación, y acaso la certeza, de que acertamos en lo básico y en lo sólido; aunque hubo sus vaivenes. Más que nada porque la Marquesa de Las Hoyas se acompañaba de doña Gertrudis González, viuda, sin hijos, católica y torrente desbocado de palabras, que tenía opinión para todo y para todos y que era capaz decir una cosa y la contraria y ni siquiera parecía ser consciente, o no quería serlo; y ambas señoras, juntas y en determinados momentos, casi representaban la perversión y la falsedad.

Pero yo, la verdad, mantenía el tipo y nunca les hice mucho caso; solo el que se desprende del respeto obligado y la consideración debida a la hospitalidad de la Marquesa. Doña Gertrudis González, agarrada como un pasamanos, perdonen la expresión pero cuando se la escuché a mi mujer no solo provocó en mí una enorme carcajada en la intimidad del hogar, sino que me hice con ella y, como ahora ocurre, la empleo en las conversaciones que se tercian, aunque ésta sea una sin el contexto preciso, manejaba las palabras, sobre todo, con el propósito de herir, como si así reafirmara su fuerte personalidad y, creía ella, su imprescindible presencia. En fin, que ambas señoras, sabedoras del valor de las palabras emanadas en tertulias y cuchicheos varios, eran dueñas conscientes de los términos que empleaban, pronunciados estos en el mismo tono y arropados por gestos cómplices que envolvían el resultado final, completando así el pensamiento y la oración sintáctica. Nunca me gustaron del todo, aunque he de reconocer que sus momentos tenían. Y, a pesar de ello, la Marquesa se mostraba generosa a la hora de recibir en su casa y no escatimaba en gastos: sus cenas eran adecuadas en la noche, y sus meriendas, con dulces traídos de la capital, gozaban de fama merecida. Todo hay que decirlo. En cambio, Gertrudis González, quizás debido a su condición de viuda, se mostraba muy parca en estas cuestiones tan mundanas: ella pertenecía al mundo del chisme, donde “el qué dirán” era su única obsesión y su permanente mandamiento; después de eso no había nada más importante para ella. Intenté encontrar un atisbo de generosidad, cuando no cortesía, en su proceder; sin embargo, siempre tropecé con un muro alto e infranqueable. Le tengo que preguntar a María de los Ángeles si, quizás, desde su mirada de mujer, llegó a divisar algún detalle humano en el horizonte de aquella vanidad extrema. Aun así, la sangre nunca llegó al río, porque en cuanto empezaba a brotar, metafóricamente hablando, claro, yo hacía mutis por el foro, expresión que le copié a Armando Juan de las Luces Certeras, que, de vez en cuando y muy de tarde en tarde, se descolgaba con una expresión dramática. Representaba doña Gertrudis González la esencia abisal de una clase conservadora, asentada en el lugar mucho antes de que la burguesía agrícola se convirtiera en el motor económico de la ciudad norteña y, posiblemente, de todo el norte insular. Era doña Gertrudis una especie de biblia local, casi un oráculo, donde iban a parar los comentarios, las habladurías, los sermones de la parroquia y los chismes de las diversas sociedades y casinos arraigados en el lugar. Solo leía las notas de sociedad de las gacetillas que se imprimían en la capital y rara vez empleaba su tiempo en otros menesteres impresos. Disfrutaba de casa solariega en el entorno de Triana, donde recibía visitas de alcurnia, como no podía ser de otro modo. Ni siquiera hacía caso de la polémica establecida en aquel tiempo sobre si era mejor edificar un teatro o una nueva iglesia en la próspera ciudad norteña. Ella pertenecía a otras cuestiones más personales y, en el fondo, envidiaba a los curas por disfrutar, nada más y nada menos, del secreto de la confesión, que les otorgaba un poder que nadie cuestionaba. Lo demás, digámoslo ya, no le interesaba. Era un misterio auténtico cómo lograba enterarse de todo.

Y, así, entre idas y venidas, la descubrí un día de abril, a la hora del té, en el jardín de la Marquesa de las Hoyas, donde pude separar el grano de la paja. Me refiero, como han de suponer, a María de los Ángeles Martín Kauffmann.


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Actualizado el Domingo, 29 Diciembre 2019 16:36 horas.

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