Microrrelatos: "Ahora me toca a mí" (II)

(Continuación del relato titulado Declaración de amor)

Volvamos a lo que importa: una vez que le declaré mi amor a María de los Ángeles, y la dejé en compañía de la duda permanente, tuve que abrir otro frente: el de sus padres; de rancio abolengo conservador, sobre todo, su madre, y de costumbres escritas en las páginas de la historia que se resistían a cualquier cambio o interferencia, palabreja esta última que empezó a ponerse de moda en aquel tiempo.

Ahora 21aa

Cuando se avecinaba alguna nueva idea o tendencia, sus padres se ponían en guardia: él, con mirada extraña y escrutadora, se atusaba el bigote y, al tiempo que sus ojos se avivaban, su voz enmudecía; y Cristina de los Ángeles, la madre, agarraba enérgicamente el abanico, incluso en invierno, y lo sacudía al aire a la vez que unas gotitas de sudor frío brotaban sobre su labio superior, a modo de bigote claro que delataba nerviosismo y enfado, cuando no los embates propios del climaterio. Sin embargo, poco a poco pude resquebrajar, primero, y romper, después, aquella muralla, en principio, indestructible. Creo que mi trabajo continuo y la seriedad que ponía en todo marcaban una pauta de comportamiento que mis futuros suegros conocían a través de sus amistades, a las que recurrían con frecuencia como si espías fueran. Luego comprendí que aquella disposición natural de mi persona, siempre he sido así y no me da reparo admitirlo, ni es vanidad añadida, se convirtió en un arma poderosa de la que yo mismo desconocía su alto poder de persuasión. Cuando estuvimos a punto de formalizar nuestro compromiso, apareció su padre por el Almacén con el ánimo “de aclarar este asunto y, además, dejar cada cosa en su casillero”. Aún hoy me pregunto por qué no utilizó “sitio” y sí “casillero”. Me dijo que aquella ciudad del norte isleño era un lugar tranquilo y que si yo solo era un ave de paso que emprendiera el vuelo cuanto antes, más que nada “para no dejar heridos en la trinchera”. Sí, sí, esas fueron sus palabras: “heridos en la trinchera”. Yo, que nunca imaginé que librara una batalla, es más, nunca había participado en ninguna, quedé sorprendido por sus términos. “No se inquiete por lo que le digo; trato de preservar a mi hija y los intereses familiares; compréndame”. Asentí y le respondí algo así como que lo entendía perfectamente y que yo, de encontrarme en su situación, hubiese actuado de igual manera; y más aún con un extranjero, “jugador estrella” y “novedad permanente” en el lugar. Luego lo invité a un café, siguiendo las costumbres norteñas, y allí, en la trastienda, transformamos el pequeño habitáculo en un esporádico lugar de encuentros, porque hubo unos cuantos, donde la prisa y el trabajo parecían diluirse en el horizonte.

A medida que nuestra conversación iba adquiriendo un tono familiar, o casi, sin empalagos y sincera, aquel hombre resultó ser un cacho de pan, y así fue como empecé a integrarme en la sociedad local, sobre todo, a través del lenguaje: “aquel cacho de pan” fue el primer síntoma de la nueva situación que empezaba a disfrutar. Una vez que “confluimos animadamente en charlas cotidianas”, mi futura suegra dulcificó no solo su mirada hacia mi humilde persona, sino que logré adivinar, eso sí, en contadas ocasiones, que no le caía mal del todo y que me miraba, de vez en cuando, directamente a los ojos. Y, así, a grandes rasgos porque entrar en detalles sería una soberana tontería, logré que mis futuros suegros franquearan la puerta de su señorial casa. Sin embargo, con María de los Ángeles, mujer de carácter fuerte, heredado por partida doble, devino en “otra trinchera”. Si dejamos atrás pequeñas diferencias, que con el paso del tiempo se han mudado en ridículas, creo que disfrutamos una vida feliz, con sus contratiempos y sus ausencias, y con las alegrías de los hijos cuando fueron pequeños, inocentes y alegres. Y no es que de mayores nos dieran disgustos, ¡para nada!, los normales en el transcurrir de cualquier familia y de la vida que llevábamos entonces, donde había un lugar para cada cosa y todo parecía ordenado y predecible por siempre jamás. Ahora, esta existencia que llevamos en la otra frontera, no está mal: nos dedicamos a observar y a dar la bienvenida a los nuevos, y los vamos encausando para que asimilen sin muchos aspavientos la nueva realidad. Y serenos estamos como tranquilos fuimos. Lo único que lamento, bueno, es un decir, es el no haber arriesgado un poco más en los negocios y en la adquisición de tierras productivas. En aquellos años sufrí un desmedido afán por comprar y tener, y la nariz se me estaba afilando como la de cualquier usurero de los que se mencionan en la literatura rusa del XIX. Menos mal que María de los Ángeles, siempre tan práctica, paralizó mis aventuradas y arriesgadas iniciativas hasta que comprendí que no iba a tener vida suficiente para disfrutar lo que ya tenía. Así que me propuse iniciar un nuevo camino y comencé a disfrutar de las pequeñas cosas: en la trastienda manteníamos animadas tertulias con el sabor del whisky escocés y del ron que recién se había empezado a comercializar; los cortados y cafés en el bar al lado del ayuntamiento fueron cada vez más frecuentes y, por último, los paseos por la plaza: todo fue como entrar en una dimensión desconocida. Y creí que con mi modesta presencia, siempre he sido un conversador nato, contribuía a la salud mental de mis vecinos. Y las charlas con mi hermano Antonio, el editor, aumentaron su frecuencia y me tenía al día de dimes y diretes locales.

Y logré marcar un especial tipo de comportamiento también con mis empleados, que, con su esfuerzo y tesón, lograban que el Almacén avanzara por caminos llanos y sin apenas curvas. Alejado definitivamente del ruidoso y contaminado Berlín, la naciente ciudad norteña colmaba todos mis anhelos e ilusiones. Razón tenía mi hermano cuando me la recomendó.

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