Microrrelatos: "Ahora me toca a mí" (y III)

(Continuación del relato titulado Declaración de amor)

Con Armando Juan de las Luces Certeras, mi capataz y hombre de confianza, y sindicalista sin saberlo él siquiera, mantuvimos nuestros más y nuestros menos hasta que ambos comprendimos que por el camino del diálogo y del entendimiento el Almacén marcharía solo. Y así fue.

Ahora3

Tras alguna trifulca que otra, y cuando pusimos las cartas boca arriba, llegamos a un punto de acuerdo y de respeto mutuo y, con la consolidación del negocio, avanzamos en el mismo sentido. Solo hubo un incidente a considerar cuando vino herido de una manifestación en Las Palmas, donde algunos obreros murieron injustamente. Mi mujer casi pone el grito en el cielo, pero la bajé de la torre de marfil en que se encontraba: creía que toda su clase social, conservadora, por supuesto, obraba con el sentido exacto del deber y del proceder cristiano. Hasta que comprendió que el alma humana se resiste a cualquier clasificación definitiva y lógica. Al final, todos avanzamos juntos y sorteamos las piedras del camino. Y disculpen que les hable en ocasiones con supuestas metáforas y claros eufemismos, pero es que ahora, donde estoy, he comprendido que no vale la pena guardar discusiones y enfrentamientos verbales y que reproducirlos, décadas después, es algo totalmente inútil y una solemne tontería. Así que prefiero ir al verdadero motivo de la existencia: que tuvimos una vida tranquila y moderadamente feliz; que nos quisimos mucho, y aún hoy también, y que es bueno relativizar los problemas y los asuntos peliagudos que sobrevienen. Al final, siempre, o casi, se encuentra una solución, con una salida, aunque sea estrecha, por la que avanzar. Y no crean que actuaba como un cantamañanas: fui un hombre normal y corriente que follaba muchísimo, con mi mujer, claro, a la que nunca engañé. Disfrutamos de lo lindo en la cama y sus quejidos contenidos avivaban aun más mis deseos. Y no se crean que lo digo para presumir, ¡para nada! Solo para dejar constancia de que llevábamos una vida parecida a la de nuestros vecinos; si bien algunos de estos vivían en un mundo encorsetado y temerosos, muy temerosos, del “qué dirán”. Tal vez mi condición de alemán alejó a María de los Ángeles de convertirse en una persona totalmente imaginable. Y no es que yo influyera mucho, pero creo que mis aportaciones hice. Es evidente que ahora lo veo por mi nueva condición de hombre muerto y muy muerto. En vida apenas me percataba de nada. Los números y los pedidos de mis clientes me tenían embebido porque, además, pensaba que así debía ser. En definitiva, que la ciudad mostraba un empuje desconocido y que yo, modestamente, perdón, nosotros, colaborábamos con nuestro granito de arena. ¿Que si hubo momentos tristes? Pues, claro, unos cuantos. La pena mayor que sufrí fue no poder despedirme de mis padres, pues su prematura muerte sobrevino cuando un enorme carro los alcanzó en plena vía berlinesa y la desplazada carga los terminó de aplastar. Todo fue tan rápido que no llegué a tiempo ni del funeral. Bueno, aquí, en la parroquia celebramos uno y comprendimos la solidaridad bien entendida de la ciudad que nos acogía. Allá, en el lejano Berlín, mis tres hermanos se encargaron de todo. Y siempre les he estado muy agradecido. Y con el bautizo de Cristina María los tres recalaron por aquí una temporada y quedaron encantados con la prosperidad del lugar. Y no piensen que me he olvidado de Antonio, el impresor: juntos llevamos la pena convertida en trauma. Pero no nos quedaba otro camino que mirar para adelante. Y eso hicimos. Y entonces todo fue tan fugaz como esas nubes ligeras que parece que van a descargar y provocar una tromba de agua. Aunque sí quisiera hacer referencia al enfrentamiento que mantuve con Agapito Florencio de Uribe Maldonado, que empeñado estaba en denigrar el mundo del comercio, sobre todo, el de los extranjeros a los que calificaba de “invasores de lo nuestro”. Sufrí su desprecio y yo diría que hasta su odio durante los primeros años del Almacén, en que empeñado estaba el hombre en perjudicar lo que poco a poco estaba levantando. Él, que vivía de rentas heredadas, no soportaba el trajín de los productos que iban y venían, de las cargas y descargas en plena calle, y, sobre todo, no aguantaba que un extranjero como yo prosperara en su ciudad. En el Casino, a modo de púlpito, sus peroratas encontraban eco hasta que sus amigos de toda la vida, hartos de recibir tantas lecciones, empezaron a distanciarse. Solo cuando sufrió la muerte del primogénito en un desgraciado accidente en globo, donde dio con sus huesos en la Montaña de Riquiánez, comprendió que la vida era otra cosa. Y entró, a partir de entonces, en un silencio profundo que paseaba todas las tardes entre el cementerio y la plaza. Así estuvo algunos años. Y, a partir de ese silencio sonoro y doloroso, sus amigos regresaron y su anterior rabia para conmigo se amansó y terminó desapareciendo.

Por eso yo estoy contento de haber conocido a María de los Ángeles, porque me enseñó a caminar y allanó mi existencia. Pero, dejémonos de eufemismos: fuimos una familia acorde con el tiempo que nos tocó vivir, ni más ni menos. Bueno, eso ya lo he dicho. Lo que sucede es que creemos haber realizado cosas extraordinarias mientras fuimos terrenales. Pero nunca es así. Solo en la otra frontera nos percatamos de que la existencia fue tan rápida que apenas hubo tiempo de concluir proyectos. Los sueños fueron quedándose atrás porque el trajín cotidiano lo llenaba todo. Y absorbía la vida entera. Pero no lo digo con pesar y con pena, ¡para nada! Creo que así fue. Al menos el recuerdo de aquel tiempo, aunque se suavizara por la mezcla de memoria e imaginación, ha servido para acercarme a todos ustedes y dejarles constancia de un instante y de un parecer que, en el fondo, apenas se diferencia de los lectores que por aquí se acerquen. Pero he de reconocer que este diálogo sin contexto no me desagrada. El desgranar sentimientos y emociones tiene su aquel. Siempre hay alguien que, desde su atalaya, mira detenidamente y que, además, se atreve a leer entre líneas. Yo, desde luego, Gumersindo Gutenberg Miranda, lo he hecho con el propósito de completar la visión de mi mujer, aunque, a veces, tengo la sensación de haberme ido por peteneras. En cualquier caso, no les voy a molestar más porque la que sabe contar más y mejor es mi María de los Ángeles Martín Kauffmann. Y, por último, disculpen la pesadez, quisiera confirmarles que mi vida, la nuestra, quiero decir, siguió los cauces del destino: ni fuimos extraordinarios, ni maravillosos de la muerte, ni unos saltimbanquis advenedizos con el ánimo de especular y robar; solo gente tranquila, la misma que se asoma cada día a la Canal y divisa el Teide desde esta orilla. Ni más ni menos.

Y, sí, ahora me despido; de verdad.

No sé si alguien dará continuidad a esta historia.

Alguno aparecerá, seguro.

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