Microrrelatos: "La playa del norte"

fernandotocino2020Me alongué sobre el pequeño desfiladero de grava y tierra volcánica para calcular y hacer una previsión de cómo tendría que bajar aquella ladera que me llevaría al sitio elegido. Con paso y pisada firme, iba amasando el picón polvoriento que me daba la seguridad y tranquilidad de no caerme por aquel acantilado. En mis manos llevaba el cofre del tesoro de aquel pirata bucanero que antaño me dio la vida y que me embarcó en cientos de viajes y peripecias de ritmos frenéticos y electrizantes. Mis dos manos aseguraban con una fuerza extraordinaria el recipiente, llegando incluso a derretir la porcelana de la que estaba hecho. Todavía sentía el calor y el latido de su vida en aquel montón de cenizas que portaba en aquel diminuto pero inmenso pote. Toda una vida reducida a el espacio de una lámpara de Aladino ¡Qué ironía!

Diez pasos más y estaría en la pequeña playa de teniques y callaos. Estaríamos fuera de peligro él y yo- pensé mientras sorteaba una gran roca de piroclasto que me acosó a un fisquito del final de la loma. Nunca tuve la posibilidad de bajar una montaña con él, y menos abrazados como hasta hoy.

La playa tenía forma de media luna saharaui labrada con millones de teniques y guijarros completamente erosionados mostrando sus diferentes formas circulares. Estaba limpia y pulcra, raro para estos tiempos de contaminación y vertidos a porrones que sufrimos desde hace décadas. Dejé a mi padre y su actual casa entre el hueco de dos grandes piedras que empezaban a recibir la subida de la pleamar y, me remangué mi pantalón de campana que siempre me acompañaba para ocasiones especiales.

Estaba a punto de cometer un desahucio, iba a expulsar a una persona de su morada sin importarme su voluntad y sus designios. Me di la orden de ejecutar tal vil acto de quitar un techo a alguien. Nadie vendría a impedir aquel acto ruin y miserable que iba a cometer. No hubo manifestaciones, ni encadenamientos que pudieran impedir aquella barbarie. Nadie sacaría chapitas reivindicando el NO de aquella humillación. Sin embargo, repensando mis acciones, no fue un acto cruel y deshonroso. Fue un acto de amor y de libertad. Fue un acto de libertad para una persona libre.

Mientras me desvestía, la marea seguía subiendo y empezaba a mojar los bajos del cofre donde se encontraban las cenizas de mi hombre. Desnudo, destapé el tarro, metiendo mis dedos con un rigor tembloroso, pero con la sapiencia de creer que lo que hacía respondía a su voluntad y a la mía. Embadurné mis cuatro dedos de la mano izquierda y me los pasé por mi frente, mi pecho y mis orejas, a la vez que empezaba a susurrar melodías complejas y balbuceos ininteligibles. Finalmente, lo dejé ir.

Recuperé el ritual ancestral de nuestra tribu y su manera de decirle adiós a la vida. Fuego, tierra, aire y agua. La alquimia volvía a renacer y con ella, la orden mística que articulaba nuestra vida. No apareció ni el cielo ni el infierno. Mefistófeles con su macro tenedor, estaba fuera de juego y al de la barba blanca con su triángulo en la cabeza, ni se le esperaba. Sin embargo, todas las fuerzas de la naturaleza se postraban con bella genuflexión a realizarle una acogida y rendirle honores para un hombre con honor. Fueron minutos solemnes y de encogimientos

La playa del Norte seguía tranquila y dormida, tan sólo se vio violentada por el paso de un gran cardumen de peces que se dirigían desde la Playa de Sardina hacia el Paso del Sargo. Allí tiene su morada mi hombre, mi hombre bueno. Cada 16 de junio necesito bañarme en la playa, fumarme un cigarro y balbucear alguna que otra melodía.

1 comentario

  • Anónimo. Domingo, 16 Febrero 2020 12:33 Enlace al Comentario

    Son recuerdos del Alma y de la tranquilidad que transmite el susurrar de las olas de la playa norteña.

    Sin palabras.

    Saludos.

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