Microrrelatos: "Armando Juan de las Luces Certeras"


(Continuación de "Declaración de amor" y "Ahora me toca a mi")


Armando JuanArmando Juan de las Luces Certeras, voy a coger el testigo de mi jefe, en vida, Gumersindo Gutenberg Miranda, y voy a contar lo que sé y lo que viví. Pero antes quisiera dejar bien claro que esto supone para mí un gran esfuerzo pues mi cerebro mercantil siempre ha huido de las historias y de las palabras hilvanadas en los libros, que ni tenía ni me acercaba a ellos. Siempre me gustaron los números y las órdenes, tanto darlas como recibirlas. En fin, que he sido un poco especial y raro, también. Y si lo desean confirmar solo tienen que ver mi nombre, tan rimbombante y único. Bueno, a lo que iba: les hablaré de lo que recuerdo de aquel tiempo.

Yo, como han de suponer, estoy muerto, muy muerto. Pero mientras la existencia se manifestaba en aquellos años, el haber entrado a trabajar en el Almacén de Ultramarinos, de mi jefe alemán, no solo fue una suerte sino que además conté con la colaboración, hoy, desde aquí, en el cementerio, se me antoja que extraordinaria, de un hombre con iniciativa que miraba para todos los lados y no solo para su bolsillo. Yo, que nunca me he hincado de hinojos, y disculpen la expresión pues el otro día se la oí al cura de la parroquia, supe afrontar las pequeñas reivindicaciones salariales que les logramos arrancar al señor Gutenberg. Tuvimos nuestros más y nuestros menos, no se vayan a creer. Sin embargo, la cordialidad y la sinceridad fueron claves en aquel inicio del siglo XX y, entre todos, logramos levantar, diría yo, un pequeño imperio del comercio en toda la comarca, y no solo en la absorbente ciudad norteña. Cumplíamos los cuatro trabajadores y yo a rajatabla con nuestro deber, y apenas sentíamos la presión del jefe en nuestras espaldas. Por eso fuimos eficaces. Por eso el camino se hizo llano y con apenas curvas, a pesar de que la capital estuviera a casi veinte kilómetros de la ciudad norteña. Y trabajando en el Almacén del señor Gutenberg, como yo le decía, contraje matrimonio con mi novia de toda la vida y vecina que vivía en el callejón de arriba, por donde lo que hoy es La Cerera. Purpurina González Rodríguez se llama. Y seguimos juntos aquí, en el campo santo. Purpurina era alegre y amiga de bromas agradables y suaves. Y siempre conseguía de mí, al menos, esbozar una pequeña sonrisa. Yo, todo hay que decirlo, podía ser cualquier cosa menos simpático. Era serio, con cara de enfado continuo, incluso sin motivo alguno, y muy de tarde en tarde, cuando inclinaba un poco la picareta, mi semblante se transformaba en algo muy parecido a la bondad. Siempre me he preguntado qué vio en mí Purpurina González. Quizás la complicidad que manteníamos desde la infancia; sí, debió ser eso. Y con ella fui, soy, muy feliz. Tuvimos tres chiquillos que nos cambiaron la vida que entonces llevábamos. Quiero decir que ese cambio fue a mejor. Y hoy, aquí, en el cementerio, nos siguen visitando semana por semana, y se van turnando. Y las flores blancas nunca faltan. Nos cuentan cómo van y lo que hacen ahora los cinco nietos que conocimos. A pesar de que nosotros vemos lo que vemos y sabemos lo que sabemos, nos gustar escuchar sus palabras y de cómo les va en la otra frontera. Y ese sonido calma la soledad fría y lejana. Y el tiempo se nos fue volando, como siempre ocurre. Los años vividos, y trabajados, en el Almacén de Ultramarinos fueron muy intensos y provechosos, todo hay que decirlo. El señor Gutenberg siempre nos trató bien y a través de mi persona canalizaba sus contactos con los otros cuatro compañeros las cuestiones laborales. Y siempre tuvo detalles con nosotros que, cuando lo contábamos en casa o con los amigos, se quedaban extrañados por el proceder de nuestro jefe:

---- Eso que hace y te ha dicho tu jefe, no lo hace ni dice nadie, Armando Juan. Se nota que es extranjero y eso es una suerte para ustedes --- nos decían las amistades al socaire de la copa de ron en el Cafetín de la esquina.

Y comprendíamos que tenían razón, sobre todo, cuando nos relataban altibajos de sus jefes y capataces, donde estos, en muchas ocasiones, no solo parecían los auténticos dueños de las empresas que comenzaban a instalarse en la ciudad, sino que daba la sensación de que eran suyas, muy suyas. Y cuando vimos el sueldo de unos y otros, comprendimos que el señor Gutenberg era más que un señorito de los que presumían todos los domingos por la mañana al salir de misa y pasear por la plaza. Nunca vimos a nuestro jefe entrar en la iglesia con tanta frecuencia como los demás. Y, sobre todo, no iba por ahí presumiendo y manteniendo una imagen de “dueño y señor de nuestras vidas”, siempre marcó la diferencia y, tal vez por eso, el Almacén caminaba y progresaba al ritmo de los acontecimientos. Lo cierto es que, todo hay que decirlo, cumplíamos a rajatabla con nuestro trabajo y lo hacíamos con ganas y entusiasmo. Y en la época de Navidad tenía un aparte con sus cinco empleados donde brindábamos en la trastienda por el siguiente año. Y después, como nos había ido acostumbrando, nos entregaba un sobre con unos dineros extras que, dicho sea de paso, nos ayudaban mucho. Nunca les oí decir a mis amigos, los que trabajan en las otras empresas y donde la Marquesa, que ese detalle se verificara. En cualquier caso, el señor Gutenberg tenía los pies en el suelo y en su seriedad se encontraba el éxito de su prosperidad. Y de la nuestra, claro. Así que aquel tiempo lo recuerdo con nostalgia, donde cada uno permanecía en el sitio asignado. Y no piensen que huíamos de las reivindicaciones laborales. El diálogo con el jefe era constante y fluido y quizás por eso mismo su negocio, que también era el nuestro, caminaba viento en popa.

Yo creo que aquella época fue una especie de burbuja que habitamos un tiempo determinado. Y quiero pensar que así fue y así la quiero recordar. Habrá otras miradas, otras interpretaciones y suposiciones. Pero yo, la verdad, desde esta frontera no pienso darles más vueltas ni voy a cambiar de opinión. Conmigo no cuenten. Así la añoro y con mi visión me quedo. Otro vendrá y aportará su punto de vista. Como debe ser.

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