yomequedoencasa

Microrrelatos: "Paquito Diverso de las Oscuras Fuentes"

PaquitoJF

Yo, Paquito Diverso de las Oscuras Fuentes, estoy hasta los mismísimos con tantas mentiras que he leído desde la primera Declaración de Amor, seguida de Ahora me toca a mí y, por último, la parte del que fuera mi capataz, Armando Juan de las Luces Certeras.

Y todavía me pregunto cómo se pueden decir tantas tonterías una vez que han pasado los años y de nosotros ya no queda nada, ni siquiera el polvo. Sí, incluido yo, todos los que hablaron antes están muertos, muy muertos. Y las sandeces escritas me han cabreado mucho más. Estoy hasta los cataplines de las medias verdades que aquí se han escrito. Nosotros, los empleados del Almacén de Ultramarinos no fuimos nunca unos privilegiados y sí unos pringados que nos deslomamos cargando y descargando durante años. Nuestro querido y amado capataz, el que antes nombré, era un hijoputa de mucho cuidado que se cambiaba los calzoncillos una vez por semana, y esto lo digo porque el señorito impostado lo contaba con orgullo; además siempre fue un soplagaitas y un pelota de campeonato. Parecía que la empresa era suya y nosotros, sus esclavos, a los que, por cierto, insultaba cada dos por tres con desprecio orgulloso de casta sobrevenida. Era el perfecto tontaina que siempre hay en toda empresa; incluso superaba a don Gumersindo, ya saben, el alemán que recaló por estas tierras y que amasó una gran fortuna. Su estirada esposa, María de los Ángeles, más boba que bonita, siempre nos miraba por encima del hombro. Lo que peor llevaba de aquel tiempo no solo eran los distingos sociales, muy marcados entonces, sino la cara de indiferencia de la señora, que cada día se enclaustraba más en su mundo y despreciaba con distancia asumida a los trabajadores de su marido, los que olíamos a pueblo llano y sudor. Bien es verdad que yo nunca hablé con ella, pero notaba su mirada de mujer estirada y siempre dispuesta a marcar distancias. Así que no me vengan ahora con el cuento de que fueron magníficos de la muerte y que la empresa caminaba por el sendero perfecto. ¡¡Mierda, coño!! Así no fue la vida de entonces. ¡Para nada! Tuvimos que luchar y plantar cara para poder alimentar a nuestras familias. Los irrisorios sueldos de aquel tiempo no llegaban a fin de mes, y siempre tuve la sensación de que teníamos que arrodillarnos ante los dueños. Sí, claro, había que aguantar, porque la familia era la familia. Pero de ahí a que esos años fueran espléndidos y “sin curvas”, vaya frasecita la del otro día, va todo un trecho, toda una trinchera que, aunque no infinita, sí era tan larga como el norte isleño, que rezumaba agricultura y ganadería por todos lados.

Sí he de reconocer, en cambio, que ahora, con el paso del tiempo, fuimos unos tontos y unos cobardes: debimos haber pedido y exigido más. El dinero entraba a mansalva en la empresa; eso lo veíamos todos. Pero a nosotros nos llegaba apenas un poco más de lo que pagaba la Marquesa de las Hoyas, tan estricta, por decirlo de maneras contenida, a sus trabajadores. Sí, sí: cobrábamos un poco más, pero de ahí a que tocáramos el cielo va toda una fanegada; larga, muy larga, por cierto. Además, el jefe alemán, que se las daba de tan caritativo, “congeniaba”, al menos eso se decía, con Agustina del Cerrillo y Calvario, dama mayor de la Cofradía del Corazón de Jesús. La verdad es que fue una mujer dispuesta, con sobrados redaños y de belleza singular. Y, también, soltera, más que nada por decisión propia; vamos, que era y se sentía libre en su vida y no creía lo más mínimo en el casorio; bueno, eso es lo que se escuchaba en la calle. Y también se comentaba que había sido amante del alcalde y del secretario de la Audiencia. Ya se sabe, habladurías, que yo ni entro ni salgo. Solo digo que, volviendo al asunto, trabajamos como negros y luchamos como jabatos ante el poder de aquellos años; tan característico en el principio del siglo XX en el norte isleño, el que tenía población, vida y economía. Luchamos, coño, luchamos. Y aguantamos hasta que la cosa se fue tranquilizando, sobre todo, por los compromisos familiares adquiridos. Cuando conocí a la que sería mi mujer, me controlé un poco: no quería que me viera como un anarquista loco y enfadado continuamente y que estaba siempre dispuesto a la batalla. Lo que quiero decir es que por ella, y por la futura familia que vendría, tragué sapos. Unos cuantos, no se vayan ustedes a creer. Sí, sí, ya sé que no fuimos unos angelitos. Pero tampoco nos comportamos como unos diablos impertinentes, con ganas de joder al patrón. Al que nunca le perdoné su actitud fue al capataz, que andaba el hombre tan desubicado que no solo había perdido el norte sino que con su comportamiento daba alas a una clase conservadora a la que él no pertenecía. Andaba el hombre en un punto difícil e intermedio: ni para arriba ni para abajo: no era comprendido en ningún sitio, aunque Armando Juan mirara siempre para el sitio equivocado; por eso le apodamos “el flema”. Él no quería darse cuenta y yo se lo dije muchas veces. Pero no hubo ni modo ni manera. Y me toca los cojones que ahora hablen y digan que aquella etapa fue una balsa de aceite y que el espíritu de colaboración era altísimo. Ni una cosa ni la otra. Porque tampoco sirve de nada maltratar a los que nos dieron de comer; bueno, según se mire. Mi mujer, aquí a mi lado, se está enterando de todo y anda mascullando a media lengua con cara de circunstancias que pone en las situaciones que no comprende del todo. La verdad es que a veces ni la entiendo. Para mí que siempre le faltó un hervor, porque nunca supe si iba o venía, si entendía o no, si subía o bajaba las escaleras. Parecía una gallega desplazada de su entorno. Además, ella era del Terrero de toda la vida, de los Herrera asalariados en las tierras de La Milanera, donde don Humberto Madrigal de las Miradas Únicas se manifestaba como el dueño y señor no solo del lugar, cuyas tierras se extendían hasta el pago de Tenoya, sino que también llevaba en sus genes, heredados, por supuesto, el derecho de pernada implícito en su clase social. Fue don Humberto un putañero de mucho cuidado y de tanto meterla se le fue cayendo a cachos cuando la enfermedad venérea que sufría le cambió el carácter: de mandar con los huevos siempre encima de la mesa, al socaire de gritos y bravatas, fue enmudeciendo cada vez más y, al final, muy al final, devino en un pusilánime que los de su clase y condición fueron arrimando y quitándoselo de encima, más que nada por los desplantes sufridos, en tiempos pasados, y rencores atrasados. Y, de mayor, miraba con pasión y ojos desorbitados a los niños. Bueno, eso se decía. Tal es así que los últimos diez años de su existencia nunca salió de la finca, más por miedo que por vergüenza, todo sea dicho. Y cuando peor lo pasaba era cuando iba a mear. Se le convirtió en un suplicio. Así le pusieron aquel mote: “don Humberto, el meón celestial caliente”. Porque al verter aguas menores bajaba a casi todos los santos. Y así se quedó para siempre. Y sus descendientes heredaron un singular palabro: “meoliente”.

En fin, las cosas fueron así y así las recuerdo. No todo fue un camino de rosas; las espinas también acompañaron aquellos instantes. Aunque ya lo he dicho, que estoy muerto, muy muerto, una vida no se esconde en apenas unas líneas. Sin embargo, se nos escapan los detalles y el día a día, y parece que no hicimos nada en aquel tiempo. Y, sí, vivimos, y dimos sentido a nuestra existencia. Al menos quiero recordarlo así. Y hay más cosas que me guardo por si alguno aparece por aquí contando otras novedades viejas. Así que, por ahora, lo dejo. Tal vez nos volvamos a encontrar. ¡¡Coño!! No les he hablado de la familia que tuvimos, de los hijos y los nietos y de la trifulca con mi suegro. Bueno, para otro momento; si ustedes quieren.

Deja un comentario

Esta es la opinión de los lectores, en ningún caso la de infonortedigital.com. No se permitirán comentarios ofensivos o contrarios a las leyes españolas. Tampoco se permitirán mensajes no relacionados con el tema de la noticia.
El envío de comentarios supone la aceptación de las condiciones de uso.

volver arriba

Noticias

Municipios

Suplemento