Microrrelatos: "Agustina del Cerrillo y Calvario"

Agustinajuanferrera

Ya que ha salido mi nombre por aquí, voy a coger el turno por los cuernos, y perdonen el exabrupto, para aclarar algunas circunstancias; aunque tengo la sospecha de que no servirá para nada. A pesar de que ya habito otro mundo, no me resisto a contar, o a esbozar en apenas unas líneas, algunos aspectos de mi vida, pues no solo es de bien nacidos ser agradecidos, sino que, además, es necesario que les cuente, al menos a mí me lo parece, algunos datos sobre mi existencia en aquel mundo de hombres de principios del siglo XX, tan pendiente del “qué dirán” y tan apasionado por conservar las tradiciones. Y de tanta pobreza, no lo vayamos a negar.

Y tengo para mí que hoy, en esta realidad que ya no vivo ni comparto, las cosas no han cambiado tanto. Las guerras han continuado y los conflictos también; sin embargo, el ser humano es tan único y perseverante en sus errores que barrunto que la vida apenas ha experimentado vuelco alguno, sobre todo, en los pequeños y recurrentes detalles, donde la cotidianidad de las habladurías sigue ocupando un espacio especialmente reservado y relevante. Siempre hablar del otro tiene su aquel. Incluso algunos no viven si no es maltratando al de al lado, sea este quien sea: cada época tiene su “otro”. Bueno, a lo que vamos.

Yo, Agustina del Cerrillo y Calvario, nací en el seno de una familia acomodada; lo que quiere decir, como seguramente ustedes habrán intuido, una familia conservadora, con posibles, religiosa y cristiana, amante de las sagradas formas y las tradiciones, y donde cada cosa debía ocupar su sitio preciso, siempre el mismo y, además, inamovible. Y nada más y nada menos. Mis padres, Agustín del Cerrillo y Magdalena Calvario, congeniaban a la perfección; casi nunca les oí discutir y siempre creí que se amaban profunda, cristiana y religiosamente. Mi única hermana, Alicia del Carmen, ocupaba el lugar que le correspondía, y nunca alzó la voz en ninguno de los sentidos. Tampoco le hacía falta: su serena belleza se había convertido en auténtica seña de identidad. Y, en ocasiones, me da por pensar que fue más feliz que yo y disfrutó plenamente su momento. Ahora que caigo, nunca se lo pregunté. En cambio, yo quería saber más y conocer el porqué de las decisiones, de las costumbres, de los favores, de las normas, de las convenciones, de las arbitrariedades y sus complicados recovecos y de todo aquello que sonara inmovilismo, orden y concierto. Y el porqué de las carabinas o damas de compañía para señoritas. Y también quise alcanzar la política municipal, tan vedada a las mujeres. Y fui marcando el terreno que pisaba y gané, según quien se terciara, los calificativos de “contestataria de alcurnia” y “amante de cuestionar las normas, las costumbres y lo que fuera”, sobre todo, “para seguir anclada en mi privilegiado estatus social”. Aguanté el varapalo constante; no me quedaba otra. Nunca me casé. Nunca creí en el matrimonio, ni que una simple convención social se eternizara definitivamente. Además, anhelaba convertirme en maestra: aprender, conocer, saber y, sobre todo, enseñar. Sin embargo, mis padres, en connivencia con aquella sociedad pacata e inmovilista, sobre todo, con las mujeres, colocaron todas las trabas posibles para que me serenara y controlara mis atrevidos impulsos, “¡tan modernos!” “¡Qué coño es eso de enseñar y, encima, a los pobres!” dicen que mi padre dijo un día de abril, acalorado, en la cantina del Casino. Y nunca pude cumplir mi sueño. Por supuesto que todo esto lo descubrí al final de mi vida, cuando las confidencias se verificaron al sabor de una tarde de té con pastas. Y, luego, ya muerta y muy muerta, vine a comprender el conjunto de todo el tinglado y cómo la sociedad, como si de un acuerdo plenario se tratara, arrimaba el hombro en el mismo sentido para que ningún engranaje se soltara de la cadena de producción. Yo, en mi particular visión, traté de conducir mi camino por donde quería y, aunque no todo lo conseguí, sí, al menos, lo intenté, y me queda el recuerdo de haber luchado por mi emancipación. Sé que las habladurías sobre mi persona llenaban la ciudad norteña y se perdían entre los vericuetos de la Montaña, pero, a mí, la verdad, antes y ahora, eso me daba lo mismo.

Fui guapetona, alegre y hembra dispuesta. Y nunca perdí mi religión, como algunas han querido difundir. Lo que pasa es que la religión que yo defendía, y defiendo ahora desde esta orilla, es muy particular y propia. Eso no lo voy a negar: fui un culo inquieto, pero, creo, nunca me aproveché de nadie y a nadie engañé. Y cómo actué, y con quién me acosté, fue decisión mía únicamente. Sí, tuve aventuras; algunos ilustres hombres que se mostraban entonces como auténticos padres de familia, y en la intimidad de la cama se transformaban en torbellinos de pasión auténtica, capaces de llevar a cabo cualquier postura que antes, no sé si ahora, se consideraba novedosamente perversa. Yo, qué quieren que les diga, disfruté muchísimo y la posición del misionero les aseguro que fue la menos frecuente. Nunca entendí la sumisión de la mujer ante el hombre. Y, casi como la Tristana de Galdós, y no vayamos a ponernos como ejemplo de nada, arramblé con mis convicciones hasta el final, y vivía en un constante “salpafuera” que me impedía, por momentos, distinguir el grano de la paja.

Pero así fue y así quisiera contarlo. El primero que compartió el lado de mi cama fue el alcalde de entonces: un ciclón en el catre tras su estirado bigote y un ninfómano recurrente dispuesto a todo. Y este jodido hombre me zarandeó un tiempo, muy alegre, por cierto, hasta que descubrió a los de su mismo sexo y ya cambió para siempre. Los meses que con él conviví, bueno, es una manera de hablar, no solo fueron vertiginosos sino que aún recuerdo los olores de aquellos días y su chorro permanente: un toro auténtico y un huracán constante. Tras su estirado y largo bigote escondía su verdadero carácter. Cuando el chisme comenzó a correr por las calles del pueblo, se convirtió en un cagueta de tomo y lomo, acobardado hasta la extenuación. Y le entró un miedo tan profundo de que su mujer le cerrara el paso, que entonces se lo facilité yo: lo mandé a tomar por saco cuando un día de noviembre se acercó temeroso a mi cama. “Este hombre es más bobo que bonito”, pensé, y le cerré la puerta a su constante pasión, a su enorme verga y a su estirado bigote. Creo que él vio los cielos abiertos en aquel momento, y años después los rumores volvieron a correr por la ciudad norteña en el sentido de su relación con un mozo de almacén, del que nunca se pudo verificar pero todos apuntaban a Narciso Callado y Sombrío, natural del pago de Tamaraceite. A mí, la verdad, aquello me pareció una venganza política o algo así. En cualquier caso, la libertad sexual de cada uno yo la respetaba como si fuera la libertad individual, aunque, claro, como podrán imaginar, en aquel tiempo tan ordenado y predecible, el manifestar según qué cosas podría ocasionar posteriores contrariedades. Bueno, creo que ahora estamos casi igual. Y yo, desde luego, ya era un problema al que muchos señalaban. Sin embargo, mi religiosidad y el pertenecer a la Cofradía del Sagrado Corazón de Jesús limitaba las habladurías y todavía no manifestaban del todo su total rechazo hacia mi persona. Vamos, que me toleraban, y algunas damas me rondaban más que nada por si las convertía en confidentes de mis pareceres, cosa que, por supuesto, nunca ocurrió. Pero algunas creyeron que serían mis cómplices más personales, y entonces me hacían partícipe de confesiones matrimoniales, pero yo no correspondía. Alguna que otra respuesta en sentido religioso sí les manifesté; pero estaba clarísimo que no era la que ellas esperaban. Y todavía me deben estar aguardando. Así que mi silencio era mío y mi soledad también. Cuando les dije a mis padres que no pensaba casarme, no solo pusieron el grito en el cielo sino que mi padre, tan leído, ya había encontrado un culpable:

--- La culpa la tiene ese escritor canario afincado en Madrid, el tal Galdós dichoso, tan moderno y tan progresista que a mi hija le encanta. ¡Ay, Dios mío, las peligrosas lecturas!

Pero lo que desconocía mi padre era que los escritores franceses casi me habían influido más que Galdós. En cualquier caso, nunca dije nada a mi padre de esto y procuré dar sentido a mi vida negándome al matrimonio, y eso que tuve algún que otro pretendiente. Sin embargo, a mí me atraían los retos, las dificultades, el peligro en cada esquina y la relación más o menos encubierta. Cuando me lié con el Secretario de la Audiencia, que en sus ratos libres escribía pequeñas obras de teatro con sabor costumbrista y que él mismo se encargaba de imprimir y regalar a sus amistades, aún no se había casado pero sí contaba con novia formal, de alta casa y mejor fortuna, que moraba en una estupenda mansión en una transversal de Triana. Antonia María del Castillo de Mata se llamaba. Pero yo, la verdad, no quería saber nada de ella ni de su familia. Es más, ni sus planes de próxima boda deseaba conocer. Yo solo disfrutaba de aquel hombre alto, culto, que había acabado sus estudios legales en Alemania, bien parecido y amante empedernido, con una verga más gorda que grande, pero que cumplía a la perfección. En los encuentros amorosos, yo vivía en otro mundo. Y siempre a las doce de la noche salía de mi casa, y se perdía en las calles sin luz, en la oscuridad de las futuras novelerías, como así se verificaron en una ciudad que parecía no querer dormir ni dejar a cada uno con su vida, elegida o no.

Realmente la ciudad, tan próspera comercialmente, parecía retroceder cada año en cuanto a mentalidad y respeto al prójimo. Y no es que se organizaran batidas en pro de la tradición y en defensa de la religión; no, eso no sucedía. Todo era más sutil y el primer paso siempre comenzaba con un comentario aquí, otro allá, y la tela de araña del chisme iba creciendo hasta alcanzar casi el tamaño de una nube gris y negra, dispuesta en cualquier momento a descargar su agua de crítica sobre la ciudad y expandir la vida del diferente, del distinto; en este caso, claramente yo. Y el chisme volaba de casa en casa, de tertulia en tertulia y descansaba en las Sociedades y en la Plaza, donde moría, con un poco de suerte. Y no es que me considerara el ombligo del mundo: solo quería vivir mi vida; sin embargo, las llamadas fuerzas vivas, ¡chiquito nombre!, ejercían un gran poder de persuasión y a la gente, la verdad, le encantaba un alegato de alta alcurnia y se alegraban los paisanos de que alguien elevado pisara el suelo y comiera de las mieles del desprecio general y del imaginar que todos conocían los asuntos más íntimos. Lo que quiero decir es que la maldad está implícita; solo falta que alguien, con astucia, la deje rodar por la ciudad y lo que, en principio, eran unas simples piedrecitas que rodaron de la montaña se ha convertido en un alud con todas las de la ley en su arrastre final. A mí me daba lo mismo. Sobre mis espaldas, anchas, por cierto, podía cargar con todo aquello. Y no es que quiera presumir a estas alturas donde ya estoy muerta, muy muerta. No es eso. Pero aquel tiempo siempre lo consideré estrecho, manipulador y retrógrado. Y claro que me vi enfrentándome a mis padres. Incluso mi hermana reprochó mi actitud. Sin embargo, seguí en mis treces pues a cabezona no me ganaba nadie.

Todo adquirió otro tono cuando conocí a Balbina Hernández Hernández, amante de la literatura francesa, como yo, y me vi acompañada en mi soledad ciudadana. Fue Balbina un acicate en mi vida y un complemento perfecto que me ayudó a sobrellevar mi libertad por encima de todo y de todos. Pero esta parte de mi vida la contaré en otro momento, si se tercia la ocasión, porque Balbina era la discreción personificada y no le interesaban los comentarios desafinados e hirientes. Para ella siempre fue más importante la persona, a la que respetaba por encima de todo, aunque no compartiera sus ideas. Su fuerte personalidad, su seguridad y su amistad inquebrantable bastaron para que yo siguiera adelante. Fue un gran apoyo del que les hablaré más adelante.

Bueno, ahora les dejo. Volveré a este mundo, no sé si literario, si veo algo que no me guste o me interese comentar. Más que nada para que ustedes se hagan una idea de aquel tiempo, “ordenado y convencional”, del que formé parte. Y como ya ha dicho otra persona que por aquí se ha asomado, también me gusta este diálogo sin contexto, donde la distancia establecida no solo es temporal.

¡Caramaba! ¡Pero si no les he hablado de mi gran amor!: ¡Gumersindo!

Actualizado el Viernes, 24 Abril 2020 18:26 horas.

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