Microrrelatos: "Cesáreo"

eulalionuevaCuando despertó, la jaqueca seguía presente en el interior de su cabeza. Realizó un desmesurado esfuerzo por serenarse, hasta que al fin logró sobreponerse pese al dolor. Ignoraba el intervalo empleado en la reconquista del autocontrol. En su estado actual, el tiempo resultaba una vaga sustancia de difícil calibración, pudo haber empleado unos escasos segundos o un infinito eón. Era incapaz de precisarlo, ahora urgía descubrir la naturaleza de los cóncavos tañidos que se expandían en ondas concéntricas desde el epicentro de la caverna contra las paredes óseas, haciéndolas vibrar como una fina membrana gelatinosa. Los encontronazos forzaron la rotura de algunos aros y, con franco retroceso, las esquirlas vinieron a alojársele en las sienes cuales clavos en la cama de un faquir. En ese punto, la carne era una lacerada lámina rejoneada por agudos pespuntes repetitivos. Aturdido, pensó que, si alcanzaba a embridar y atemperar los nervios, estaría en disposición para descubrir la causa de la desazón. En ese instante, animado y provisto de una titánica fuerza impregnada de la ingenuidad que a veces suele acompañar al hombre montaraz, exclamó, en un acto de infantiloide rebeldía liberadora:

— ¡Son los trozos de un mal sueño! Sí, sí… Tienen que serlo, eso es.

Lo repitió hasta la hartura, glotonamente satisfecho. Pero los estabulados tañidos no cejaron, al contrario, se remarcaron demostrando que no eran jirones de la pesadilla antes augurada. Ahora, con diáfana clarividencia, veía la quimera y notó el soplo cálido que, desde el interior del desierto, le insufló aquella vehemencia onírica. Apesadumbrado se abandonó al albur… Al rato, volvieron las energías en pequeñas dosis, aportándole un renovado vigor tonificante, quizás la última miaja de esperanza que lo guiase a la próxima galería del dédalo en el cual se encontraba inmerso. Entonces recordó el antiguo truco de la infancia, el que jamás le había fallado. Pormenorizaría el siguiente paso al que se consagraría por entero, visitar figurativamente al doctor.

Se vio avanzando con cierta premura por el corredor de baldosas parcheadas con cemento rápido que lo conducía al dispensario de Fosbucraa. Al llegar, acarició la puerta con un tímido tintín de los nudillos y aguardó respuesta. Cuando abrió la hoja, encaró con don José Cabanillas Ponte, el galeno: un tipo de unos treinta, alto, delgado como un ramujo de acebuche, al que la bata talar le bailaba sobre las nailas. La mayoría del personal de Fosfatos de Bucraa S.A. residentes en el Aaiún lo consideraban un formidable profesional. En cuanto a lo privativo se refería, en lo más recóndito de su corazón él, sencillamente, lo adoraba, atribuyendo a su persona cualidades excelsas, las propias de un adelantado de Dios en la Tierra. Todo ello debido al cúmulo de circunstancias fortuitas que se sucedieron y al celo profesional con que fueron acometidas por el facultativo, ya que, en más de una ocasión, lo salvó de las ponzoñosas mordeduras de los reptiles, también contribuyó decisivamente a sofocar las molestias estomacales producidas por la insalubre agua del desierto, e incluso lo intervino de urgencia cuando súbitamente se perforó el apéndice y el galeno lo extirpó, arrojando a continuación el despojo al cubo de las casquerías. Para él, el doctor sería siempre don José y nunca jamás Pepe, como lo nominaban algunos oficinistas de rango en Fosbucraa. Otra cosa bien distinta era el trato dispensado por las chicas guapas de Colominas y Casa Piedra, que mentaban sonriendo al pasar:

¡Adiós, Jose!

Eso era lícito y comprensible, don José vivía en soltería y nada tenía que envidiar a Omar Sharif, su homólogo en el filme Doctor Zhivago. Pero no, el doctor Cabanillas no era el muchacho de las pelis del domingo por la tarde en el cine Las Dunas… No señor, ¡qué va! Don José era hombre cabal, que había realizado el juramento hipocrático con la nueva fórmula de Ginebra: intentar en todo momento preservar la vida de sus enfermos, dedicarse en cuerpo y alma a la loable profesión de sanar a la humanidad. Llegado a este punto, a nuestro enfermo la humanidad le pareció un conjunto de seres inabarcable para un solo hombre, mejor sería numerar los síntomas: la forja que tenía en su cabeza, el despiadado martillo del herrero y aquellos endiablados ruidos buscando un intersticio por donde huir… En ese instante, advirtió que el médico lo observaba desde el otro extremo del dispensario y en sus ojos vio aquella pátina de incredulidad que el facultativo le prescribía.

Adherida a la vidriera monocolor, una espontánea mariposilla devoraba la oscuridad y el brillo de las alicatadas paredes le permitió contemplar el cristalino amanecer. A sus ruidos se agregaba el zumbón aleteo de dos langostas de dimensiones cretáceas que pendían del techo removiendo el aire de la pieza, ahora color argenta. Le extrañó la novedosa posición supina recientemente estrenada, pues él solía echarse de vientre. Era sábado, y Adel estaba al caer, pero cómo repetir de nuevo lo de los cóncavos tañidos del despiadado martillo y la violenta mano descarnada del herrero, lo de la inaudita rigidez, lo de la lengua pastosa y, lo peor, la mirada incrédula del doctor, tan descorazonadora. Cómo negarse a ir a Cabeza de Playa a pescar viejas y murenas con su amigo, cómo rehusar el mar, la vida… y notó la presencia de la carta aún en el bolsillo.

Pediría a Adel que la cursase en la estafeta, pues, aunque hombre ágrafo, Adel valía para eso y, aun no siendo un don José, cuando hacían vivac en el desierto, se defendía resuelto. Adel desollaba las murenas y las horneaba en la hoguera hasta conseguir una tostadura perfecta. Leía las estrellas y las arenas como si esa inmensidad de granos perteneciese a un mismo desierto. También sabía dónde se emboscaban las sigilosas y sinuosas cerastas y cómo encontrar el siguiente abrevadero aun cuando los pozos no tuvieran los delatores cigoñales, era tal este Adel que podía incluso calcular la merma en los aljibes de los camellos al final de cada jornada. Así llegó a la convicción de que la carta estaría a buen recaudo con Adel, la escueta carta de letra gruesa y garabateada destinada a su mujer en la que le decía cuánto la quería y en qué grado añoraba a las niñas. Escribió sobre los proyectos de futuro: comprar la fanegada de tierra de labor y acrecentar con dos nuevos cuartos la casa, que las niñas andaban ya crecidas, y de lo acre que resultaba la migración sin ellas. Y esta última frase la tachó con un velo en los ojos, añadiendo: besos y abrazos, el que no las olvida.

Los dos hombres de blanco entraron en la sala, silenciosos y seguros, sabiendo cómo actuar y qué hacer en cada momento. El alto se dirigió al vitral y giró la falleba para abrir una ventana alargada. El paticorto de vientre adiposo acercó una camilla deslizante. Dos fulanos más se incorporaron con una caja, un cofre lacrado y rectangular donde podía caber perfectamente un hombre. Y entonces Cesáreo vio el último instante de su vida, el que le había estado vedado: la caída desde el andamiaje, el descenso y los rostros de don José, Adel, su esposa y las niñas mientras se precipitaba. Sintió cómo se hundía en el fosfato y, en la asfixiante agonía, dedicó un breve segundo a su pueblo natal el de la esbelta montaña piramidal entresacada de la meseta de Guisa y desde entonces rodeada de platanales esmeraldas. Un aire cálido se arremolinó en la pieza y el alma de Cesáreo, ahora sin ningún atalaje ni atadura a este mundo, liviana como la diezmillonésima parte de un grano de arena, escapó a lo inconmensurable e ignoto del desierto de estrellas.

Dedicado a todos los que se han marchado sin despedirse de los suyos. Continúa quedándote en casa.


Naila: sandalia utilizada por las tropas españolas en el Sahara Occidental en la década de los setenta.


 

1 comentario

  • francisco bolaños díaz Lunes, 04 Mayo 2020 07:10 Enlace al Comentario

    Saludos amigo Jesús. Una vez más, desde mi opinión -que no autorizada- , felicitaciones por este breve relato. Llevaba tiempo si abrir el ordenador, de ahí que no te leyera. Hoy lo he hecho una vez más. Como de costumbre pones de manifiesto tu rico vocabulario, hoy por ejemplo, me has sorprendido con la expresión "naila", prenda que yo también utilice durante mi estancia en el Aaiún...

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