Microrrelatos: "Andresón"

          Andrés era hijo único.

Cuando murió su padre recibió una pequeña fortuna; lo suficiente para vivir modestamente pero muy poco para la vida que él quería llevar.

El único sueño de su vida era convertirse en un multimillonario y eso le era imposible con la pequeña herencia que había recibido.

No obstante era un hombre de grandes ideas sobre todo en las referidas a obtener ingentes riquezas.

No había tocado un euro de la herencia y estuvo pensando durante varias semanas en cómo obtener una cantidad astronómica a partir del puñado de dinero que tenía en sus manos.

Finalmente le vino la brillante idea que estaba esperando y que iniciaba el camino al fin que se había propuesto.

Antes que nada decide aparentar ser un hombre dadivoso, único recurso que tienen los ricos para granjearse la estimación de los demás, de modo que cambió su nombre por el aumentativo del mismo. Empezó a llamarse Andresón, con él reflejaba dos cosas: opulento en cuanto a riqueza y magnánimo en cuanto a generosidad.

Para llevar a efecto su objetivo fijó la vista en un pueblecito muy cerca de la capital, Cornicón, llamado así por la abundancia de cornicales en sus montes. Su cercanía a la capital hizo que tal pueblo terminara convirtiéndose en un lugar dormitorio, pues apenas había trabajo para los que allí vivían y casi todos se desplazaban a la ciudad para trabajar en ella.

Como consecuencia de ello, Cornicón se fue despoblando. Perdió casi toda la gente joven, que no sólo buscaba un trabajo bien remunerado, sino mejor considerado socialmente y a la par lugares de ocio que el pueblo no podía ofrecer. Sólo disponía de una tienda de todo, un bar donde los viejos acudían por la tarde a jugar al dominó y al chinchón y una panadería a cargo de una persona de avanzada edad y que estaba a punto de dar el portazo.

El destino de Cornicón era desaparecer y ahí es donde aparece nuestro personaje, el magnánimo Andresón.

Andresón, se presenta una mañana como el salvador de aquel lugar. Va al Ayuntamiento y solicita una entrevista con el alcalde. Le propone la idea de construir un gran casino en las afueras, en un lugar despoblado e improductivo, abandonado por sus dueños hace unas décadas. Andresón estaba decido a instalar en aquel inhóspito paraje una fábrica de dinero. El alcalde, al principio se mostró algo reticente, pero una sustanciosa suma de dinero le quitó su reticencia. El magnánimo muchacho le prometió una fuente de prosperidad para el pueblo y la consecución de muchos puestos de trabajo estables para los jóvenes. Pero el alcalde ya tenía su vista más pendiente de la realidad que estaba sobre la mesa que de las promesas que llegarían a más largo plazo.

Todo no es soplar y hacer botellas y el amigo Andresón no estaba dispuesto a invertir una importante suma de dinero sin antes atar todos los posibles cabos que podrían soltarse, o estar sueltos previamente. Ante todo se aseguró que el alcalde cambiara o suprimiera algunas leyes como la prohibición de fumar en lugares cerrados, e incluso, muchas normas como las relacionadas con las buenas relaciones de vecindad como la prohibición de bullicios en la calle a altas horas de la madrugada, y unas cuantas más que se le fueron ocurriendo.

Y el alcalde, que veía la prosperidad para su pueblo, y sobre todo para él y su familia, cedió a las propuestas que Andresón le hacía.

Total, que, en poco tiempo, y antes que saliera alguna ley que condicionara o prohibiera la construcción en aquellas parcelas, se empezó a edificar el gran casino.

Alrededor del casino se hicieron amplios aparcamientos, además de los parkings subterráneos dedicados especialmente para aquellas personas que les gusta frecuentar esos sitios sin ser vistos.

Necesita una buena comunicación con el pueblo y otras áreas y solicitó al Ayuntamiento una amplia avenida ajardinada para dar buena presencia.

Todo lo que pedía este benefactor lo tenía concedido. Nada más le faltaba abrir la boca.

La avenida, que se abría paso por una fructífera parcela de olivares, fue bautizada con el nombre de ANDRESÓN.

La inversión de la avenida fue costeada por la Corporación Municipal. Ésta misma se encargó de hacer una sustanciosa rebaja en la factura de las energías, gas, luz y agua, ya que a la larga repercutiría en beneficios para el pueblo

Dos años tardó en terminarse la escurialense obra.

Tal como fue prometido se abrió y se generaron una veintena de puestos de trabajo para los jóvenes del pueblo.

Se procuró que dichos trabajos tuvieran alguna correspondencia con los estudios que habían realizado. De modo que, Juanito, el de los Pérez, que había hecho ingeniería forestal se ocupara de unos enormes macetones que instaló en la azotea del casino para plantar palmeras y arbustos de gran tamaño; Carmita, hija de otra familia de Pérez, que había hecho canto, fue destinada a la sala de Bingo; Luisa, de otros Pérez, licenciada en Agrarias, fue destinada, con Miguel, de la familia de los García, al cuidado de los jardines. Amanda, de los García, pero de otros García, se encargó de las piscinas; era oceanógrafa. Juan Pedro, de los Pérez, o de los García, da lo mismo porque la gente del pueblo, como eran pobres, no tenían grandes apellidos, dedicó sus conocimientos de economía a la vigilancia de las máquinas tragaperras. Nicolás, que hizo psicología, fue puesto al cuidado de los clientes de las ruletas. Tania, que estudió Trabajo Social, fue puesta al frente del comedor (no era un comedor social, pero la función era muy parecida). Otros muchachos, que hicieron un máster de Protocolo se ocuparon de la recepción, y unos jóvenes, que habían estudiado Ingeniería Industrial, están en mantenimiento, en asuntos de fontanería, electricidad, albañilería… Y Carmen Luisa y Juan Manuel, eran titulados en enfermería, pero un máster de Fisioterapia que hicieron al terminar sus estudios, les habilitó para el destino que fueron a ocupar en la empresa: auxilios y masajes sexuales para clientes.

Cómo vemos se crearon puestos de trabajo para todos los jóvenes del pueblo. Por ello estaba muy satisfecho Don Andresón. Él era el primero que salía a recibir al alcalde, que tenía carta abierta en todas las instalaciones.

¿Qué tal, Don Remigio? ¿Verdad que podemos sentirnos satisfechos de esta gran obra? Los muchachos están trabajando casi en lo que se prepararon.

Es cierto, Don Andresón. Ha hecho usted una labor de dioses.

Y Don Remigio, con la propinita que Don Andresón le dio, se compró una casita en un pequeño pueblo de la sierra, de cuyo nombre no es que no quiera acordarme, sino que no voy a citar para que ningún Andresón vaya a molestarlos.

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