Microrrelatos: "Y esto no es nada, Marcianito"

MogánMarcianito el jetú hermano de Celestinita la camella —corpulenta ella y carpetúa— ustedes la tienen que conocé. Ella se casó con Nicanor el tuerto que estaba el hombre mirando siempre contra el gobierno hasta que un día se reviró como una panchona y lo metieron en el cuartelillo. No sé qué le jicieron allí que después salió tiesito como una vela.

Pues en resulta y como les iba diciendo, Marcianito el jetú, serio él, como un jurón, siempre con aquel amulamiento pintao en la cara —que parecía que tol mundo le debía y nadie le pagaba— aunque con el tiempo se fue amorosando, amorosando pero siempre le quedaba aquel rejillo, como un rintintín; un rintintín desaborío. Pues, en resulta que, llegó un día la hermana Celestinita a visitarlo allá arriba, al campo. El vivía pallá pa... o era Juncalillo o Montaña Alta ¡yo qué sé! Vivía parái pal norte.

—Mira Marciá —le dijo la camella— ya estamo muy viejo pa está tan alejao uno del otro. Ya mis patita toas engarrotás no pueden moverse como antes ni las tuyas tampoco, que ya tenemos una edad...

—¿¡Pero qué dice muchacha el diablo!? ¡Yo estoy tan bueno! Eso tú, que esta enverijá en Mogán. El caló te tiene atotorotá, Celestina. ¡A vé qué quiere decir con eso, dime a vé, a vé…!

—Pi que ya tenemo una edad y aquí jace mucho frío pa revolverte, Marciá. Tú ere más nuevo que yo, es verdad, pero los años ya van pesando y tu aquí solo... Vente pabajo, pa la rasita, que aquí ya no se pué viví. Taládrate a Mogán.

—Es verdad, tío -dijo la hija de la camella que estaba más callá que la múa de la calle Travieso.

—Por el frío tiene razó que aquí no se pué viví. Ahí más allá, me costó arrancá un cajún cajún que me dejó atrocao, escolorío y metío en un pujío, ¡ay mi madremialma! si no es por el ron de Arucas y la miel no lo cuento, compañera.

—Lo ve, quirío. Allá en Mogán puede está afuera a la rasita viendo di y vení a los choni y jugá al dominó. Allí estamo unos pa otro, mi niño. Anda, ponte los pilfos y arrancha tus cosa que aquí ya no tiene na que jacé. Si ya no tiene ni cabra ni papa plantás; te la pasa tol día aquí atorrao ¿pa qué, mi niño?, ¿pa vé salí el só y ponerse el só? Pa eso lo vemo abajo tos juntos, quirío.

—Tiene razó, Celestina, hay día que ni el só sale y hasta pasa el tiempo y ni me quito la piojera.

Tanto le metieron el barrenillo, el barrenillo que...

—Pérate áhi que me arrancho y nos vamos.

Cuando bajaban con el coche por Pie de la Cuesta pabajo, nuestro hombre ya coloraaao, quemao del frío, esparramó la vista asombraíto. Quiso bajarse del coche a la altura del mirador porque los ojos no daban a vío pa ver tantas casas.

—¡Madre mía santísima! ¡Bien de casa hay en Mogán! Pi tanto tiempo no jace que vine la última vez.

—Pi… calculando yo, Marciá, tu no viene ende que Nicanor era vivo y de eso jace ya más de quince año; veinte lomeno. ¡Mistejeso, tu que te creía!

Cuando llegan a la rotonda de la gasolinera del cruce y el coche tira pabajo, tieso pa la playa, el hombre ya no reconocía ná.

—¿Pero aquí qué jicieron, Celestina? ¡¿Un majo y limpio?!

—Oh, mi niño, el probreso. Eso es el probreso.

—Yo no sé si me voy a jallá aquí, Celestina. Esto está muy cambiao...

—¡Que sí muchacho! ¿Cómo no te va a jallá aquí! Tu va a vé que no va a queré dir parriba.

Y allí se quedó fondiao el hombre. Se entonó con el sol de Mogán. Oye, parecía un familio lleno de vía y salún. Tol día parriba y pabajo, ni bastón le hacía falta. Se andaba la seca y la meca. No paraba la pata, compañero. Se conocía a tos los chófe del Global del Puerto Mogán.

Un día, que tenía que ir a especialidades de Vecindario y como la sobrina no lo podía llevar, tuvo que subirse a una guagua.

—¿Qué guagua es la que tengo que cogé?

—Ná tío, usté coja la línea 01 y luego se baja en el Cruce Sardina. Lleve perras pa que coja un taxi porque del cruce al centro de salú hay un cachillo camino. Ya lo demá usté lo sabe.

—No, yo subo caminando al golpito.

Y ahí va nuestro hombre como un parmito —ende el alba— derechito, oye ¡tiesito! con el cachorro puesto de medio lao, aquella camisa blanca arremangá hasta el codo, los pantalones planchaos, los zapatos abetunaos, aquel cinturón de cuero, aquel bigote enreviscao y goliendo a agua floría. Daba gloria verlo, caballeros y caballeras. ¡Qué bien le sentaba al hombre el clima de Mogán! ¡Fitetú que hasta había cogido color!

—Buenos día, chófle.

—Buenos días, Marcial. Cónchale, ¿va a viajar hoy en guagua? ¿¡Qué milagro!?

—Sí, mi sobrina no me pué llevá a especialidade y totá ya voy yo y me tiro un sarto.

—¡Ah, pues muy bien! ¡Vámonos que nos vamos!

—Pi aquí mesmo me siento, chofle, al laíto suyo pa alegar un rato.

Trasponiendo ya del cruce de Mogán palantre, palantre, entraron al túne. Oye hermoso túne, compañero.

—¡¿Eh, chofle!? ¡Bonito túne éste! Malimpiaíto que no deja arrejundí pallá. Mistejeso que no se pueda serculá a más de ochenta. Pero ¡fuerte carretera planchá! y que no sirva pa una prisa, mistejeso.

—¡Oh, Marcial! esto es lo que hay y si no se cumple... receta.

Asín y todo llegaron en un singuío a Puerto Rico y Marcianito asombrao, con los ojos como cherne.

—¡Ditoseadió! ¡Esto aquí atrá es un mundo, caballero!

—No le queda nada, Marcial. Esto ha cambiado mucho. Pero mucho, mucho.

Allí ya en la pará, en Puerto Rico, había un genterío, un genterío. Y pegan a subí y a subí y a subí… y a preguntá y a preguntá y a preguntá…

—¿Esta va pa Las Palmas, chófe?

—Sí, pero esta es la 01 que no es directa; la directa es la que está delante.

—¡Ah, nimporta! Yo no tengo prisa.

—¿Playa dil Inglis?

—Nix juan

—¿Cuánto es pa Arguineguín?

— Uno cuarenta, señora; igual que ayer.

—Espere un pisco a vé. Diez… veinte… cincuenta…setenta… noventa...—sacando las perras una por una del monedero—.

— Exquiusmi ¿Playa dil Inglis?

—Playa del Inglés, nix juaaaan

—... cien.. ciento die, ciento veinte, veintiuno, veintidó...veintitré..veinticuatro...veinticinco..

—¡Ay mi madremialma! ¿Esto es así to los día, chofle?

—Esto no es nada, Marcial.

—¡Que Dios le conserve la pasensia, cristiano!

—veintiocho...veintinueve...treinta…

—¡Ñooo, cristiana! ¿Abrió la alcancía del niño? ¡Los céntimos déjelo en la tienda que nos va a da la merienda aquí entoavía!

—...treintaitré...treintaicua…¿por qué lo dice caballero?

—No. Por ná.

—¡Esto también es dinero! treintaicinco… treintaisei…

—¡Mira si lo sabe, chofle!

—...treintainueve...cuaren…. ¡usté a lo suyo, caballero!

—¡Ay mi madre del alma lo que hay que aguantá!

—¿Playa dil Inglis?

— ¡¡Y ooootra vez la burra al triiiigo!! ¡Ditoseadió!

—La de atrááááás...

—¿Pehto Mógan? ¿Pehto Mógan?

— Andresaaaaai

—¿Airporrrrt?

—Naitijuaaaaaaaan

—¡Susmaría y José! Y no salimo hoy de aquí. ¡Con razó hay que pedí luego la vé pa dir al médico aunque le den a uno la hora garabatiá en un papé! ¡Con razó! Eso es que los médico estan en combinación con las guagua! Pero chofle, dígame la verdá ¿Esto es así to los día?

—Esto no es nada, Marcial.

—WAXA KA HELI KARAA BASKA IYO ILAAHAY...

—¿Adónde vamos?

—WAXAAD BADAN KA HELI KARAA…

—¿Que adónde vaaamos?

—BAGAALYADA WAXAY LAHAYDAY MARKALE…¿EEEEEH?

— ¿Que adónde vamooooos?

— A BALOS

— ¡Virgen santísima! ¿¡Y estos esperríos!? Parece una gramola. ¿Esto no sueltan el parato de la oreja ni pa dir al excusado?

— Pues no le queda nada, Marcial porque ahora se sienta detrás de usted con ese guineo hasta que se baje.

Y arranca aquella guagua...

— ¡Espere chófe, espere que ahí viene uno abanando! —gritó alguien ende la banda trá.

— ¡Gracias chófe, Arguineguín!

¡¡ Y van 20€ sobre la mesa!!

— Procure no traer veinte eeeeeuros para uno cuareeeeenta —dijo el chófer con una paciencia infiniiiita.

— Hoy a mi parecé es día de cobro, chofle.

—Esto no es nada, Marcial.

Y como iba diciendo, arranca aquella guagua más larga que un silbío, sereniiiita, cargá hasta los tope y Marcianito mosqueao, mirando a cá rato pa las butacas de atrás, desinquieto. Algo le estaba royendo por dentro.

—¿Qué le pasa, Marcial?

—¡Ay madrita mía del Pino! Estoy oyendo parái trá un cli-cli-cli-cli como un despertadó de campana que me tiene mosquiao. A ver si la guagua se estropió.

—¡Ah, bueeeno! Eso nada, eso es otro que se está cortando las uñas, Marcial.

—¡Fuerte jediondo! Se está perdiendo la vergüenza. Tiene usté mucha razó; esto ha cambiao mucho. Aquí esto endeviduo están atotorotao. La curpa la tiene los baifo eso que llevan en las manos que ni levantan la vista pa ná. ¿¡Qué cosa el diablo mirarán ahí que los tiene engatusao!? Y con eso metío en las orejas, que se oye ende aquí como un pungu-pungu chungu-chungu. Yo soy muy serio pa esta cosa, chofle. A mi esto no me está gustando. Este mundo está desarretao. En mala hora me taladré yo pal sú.

Al momento se escucha parái trá, un cajún cajún seguío de un tremendo jalón ende las mismas entrañas, que el tamaño de la flema tenía que sé lomeno de una medalla de la Vírgen del Pino y ¡puaj! al suelo fue.

—Chofle, si lo que yo estoy oyendo es lo que creo, el que viene detrá se va empatuñar toíto. ¡Ño, chofle! Aquí los jay que no vale ni pa un recao.

—Pues no le queda nada, Marcial, que todavía vamos por Arguineguín.

*Agradecimiento especial a Víctor Suárez y Agustín Vera porque sin sus anécdotas este cuento no sería posible. 

Foto de Pedro Juan Vera

Deja un comentario

Esta es la opinión de los lectores, en ningún caso la de infonortedigital.com. No se permitirán comentarios ofensivos o contrarios a las leyes españolas. Tampoco se permitirán mensajes no relacionados con el tema de la noticia.
El envío de comentarios supone la aceptación de las condiciones de uso.

volver arriba

Noticias

Municipios

Suplemento