Microrrelatos: "El Roque ciclista"

ciclistaignacioPoco después de afianzar la bicicleta en la valla, contemplando el entorno apoyado a un árbol, el ciclista creyó escuchar una voz que parecía venir de las entrañas de la tierra, dejando un eco de piedra que se amplificó por la montaña.

Desconcertado, sobrecogido, estuvo a punto de montar en la bici y marcharse de allí, cuando volvió a sonar aquella sólida voz que ahora le hacía una pregunta:

-¿Me puedes escuchar?

Sin saber a dónde mirar, buscando la procedencia de aquel sonido, un tanto alarmado, el ciclista respondió que sí, que oía perfectamente lo que le decía. De inmediato otra pregunta le llegó al oído:

-¿Te llamas Roque, verdad?

-Sí. Mi apellido es Roque. ¿Por qué? –respondió el interpelado, notando cómo se le erizaban todos los pelos del cuerpo.

-¡Por fin! Llevo miles de años esperándote.

-¿Cómo? ¿Quién eres? ¿Dónde estás?

-Justo enfrente de ti. El roque inclinado hacia un lado que tienes delante. Parezco un monolito y no tardaré ni un siglo en caerme. Por eso me gustaría pedirte un favor.

-Pero…… ¿qué está pasando? ¿Cómo es posible?

-Todo es posible en este mundo, compañero. La tierra entraña muchos misterios.

El ciclista se llevó las manos a la cabeza y suspiró profundamente. Le gustó lo de compañero. Lo relajó. No podía entender lo que estaba sucediendo, no daba crédito ni a sus ojos ni a sus oídos, pero le atraía aquella situación.

Era amante de la naturaleza, del mundo esotérico que encierra, y le había impresionado que un megalito milenario lo hubiera esperado tanto tiempo y, además, le hablara.

-¿Qué favor quieres pedirme? –preguntó con voz aún temblorosa.

-Que nos intercambiemos las identidades durante una hora. Quiero conocer un poco más de mundo. Y tú eres el único que puede ayudarme.

-¿Qué estás diciendo? Eso es imposible.

-Si tú quieres, es posible. Me harías un inmenso favor. Y a ti te vendría bien ser de piedra un rato. Te sentirás más unido a la naturaleza, a la madre tierra. Sólo tienes que decir que confías en mí. Te aseguro que nos haremos un favor mutuo.

-Yo confío en ti, pero… –dijo el ciclista y, tan pronto lo hubo dicho, con repentina calma en la mirada, vio la transformación de ambos, la percibió como natural, y le gustó ser piedra, risco, un roque que se conmovió con las vibraciones de la tierra y que notó cómo se le dibujaba una sonrisa en su superficie cuando se vio a sí mismo montado en bicicleta, alejándose por la carretera.

Era la misma sonrisa que tenía cuando despertó. Se había recostado contra el tronco de un árbol, después de apoyar el velocípedo en la valla, y se había quedado dormido.

Aún sonriente, recordando el sueño, se acercó al megalito cambado y, acariciándolo, le dijo: “Adiós, tocayo. Ya verás que te vas a mantener ahí varios siglos más”.
Después montó en su bicicleta y se alejó pedaleando hacia el horizonte.

Foto Ignacio A. Roque Lugo

Actualizado el Jueves, 28 Mayo 2020 16:23 horas.

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