Microrrelatos: "Dionisio Madrigal de la Acequia de Arriba"

Dionisiograficarelatojuan

Cuando Humberto Madrigal de las Miradas Únicas comprendió que su vida avanzaba por los derroteros inexorables de la edad, y de la mala salud, optó por recluirse en su finca de La Milanera, y, desde allí, protegido en su poder agrícola, afrontó la etapa final, convertido casi en caricatura, y en ella atrapado vivió como si se estuviera arrastrando por el mundo.

Nunca tuvo miramientos con nadie, ni educación; escupía más que hablaba y de su boca solo salían órdenes continuas, desplantes constantes y palabras con mal aliento del repetido cigarro y del inseparable coñac. Acostumbrado a mandar, heredó el carácter de su padre, que, despótico, amasó una fortuna al tiempo que, en el camino, eliminaba a posibles contrincantes; incluso se decía por la ciudad que se había llevado por delante a su socio, Juan Milano de los Barrancos, hombre tranquilo y afable, que cayó mortalmente herido en la cantonera de la finca, donde se distribuían las aguas de riego, que, luego, se mezclaron con la sangre derramada. Apenas se habló de ese asunto un tiempo y, al heredar, Juan Milano era ya un perfecto desconocido. Humberto forjó su mala leche de la que tomó de su padre, su referente incuestionable, y durante toda su larga y extensa vida lo reprodujo como su ídolo. Los más viejos del lugar, que habían trabajado en La Milanera desde sus inicios, confundían al padre con el hijo; tal era su parecido. Y esto que les cuento no es porque Humberto Madrigal haya querido hablar en esta aventura de las palabras, sino todo lo contrario: han sido muchas las voces, tropezadas en la Plaza, que me rogaban que escribiera sobre él, que me podían contar mil y una aventuras, pero que ellos no podían porque no sabían ni leer ni escribir, y que alguien debía relatar al menos algunos episodios de este dictadorzuelo. Con las cinco personas que hablé, todas confluían en sus pareceres: era un tipo despótico, aventurero con las mujeres, despreciativo con los trabajadores, amante del juego de la baraja y del dominó, religioso, esclavista y gritón permanente, y presumía de follador continuo, el único pecado que no confesaba al cura párroco. Solo uno de mis informantes dijo una sola cosa buena de él: que desembolsaba una miseria a sus empleados pero que siempre fue puntual en el pago. Y para ello colocaba la mesa delante de la puerta grande del almacén y allí anotaba, en la enorme lista, fecha y abono del salario. Cada final de mes repetía religiosamente la ceremonia, como si de una misa se tratase. Ni aun sonreía. No se sabía si estaba alegre o enfadado y solo levantaba la vista para con los empleados que llevaban allí toda una vida. A los nuevos y a los jóvenes ni siquiera se dignaba mirarlos. Solo los oía, nada más. Se decía de él que ejercía el derecho de pernada, que era lo primero que las jóvenes empaquetadoras del almacén aprendían en cuanto entraban a su servicio; sin embargo, todo se diluía y se escondía porque había que atajar la dura vida de entonces donde unos sueldos irrisorios tenían sometidos a los más débiles y había que aplacar el hambre. Y, ante las perentorias necesidades familiares, eso era lo primordial: abrirse de piernas ante el patrón antojadizo equivalía a asegurarse el sueldo. Todas disimulaban, al principio, y, al poco tiempo, una espesa cortina nublaba sus recuerdos y, acaso, sus sentimientos; ¡y a trabajar que aquí no ha pasado nada!, gritaba el odioso capataz, un tal José de las Lomas Rocosas, que procedía de los Altos de San José del Álamo. Parecía el hijo perfecto de Humberto Madrigal: enfado continuo, gritón desmedido y miradas cóncavas y convexas, que lo definían completamente: desnudaba a las mujeres y las imaginaba, siempre sumisas, entre su miembro insaciable. Y eso lo sabemos porque en cuanto se echaba un par de copas, la cara le cambiaba de expresión y la lengua se le disparaba y afilaba, y su único tema recurrente era el sexo contrario: que si tuve una novia, con la que me acosté, claro; que si dejé embarazada a una mujer casada; que si aquella tenía un chocho muy dulce; que si la otra de más allá montaba estupendamente… En el bar donde despotricaba, los parroquianos lo aguantaban porque pagaba unas cuantas rondas, mientras que la mirada escrutadora de su público expandiría, posteriormente, sus agudos y despreciativos comentarios por la toda la ciudad. Era un auténtico cabrón, decían todos al finalizar el relato encendido de sus hirientes y vejatorios comentarios.

Y Humberto Madrigal presumía de polla y de huevos, y de follar arrebatadamente. Hasta que un día, al intentar mear, los dolores le subieron por todo el cuerpo y quedó medio traspuesto. Odiaba, mejor, temía a los médicos; no quería saber nada de ellos pues se creía invulnerable. Pero no le quedó más remedio y se acercó a don Vicente de los Aciertos Frecuentes, que tenía despacho muy cerca de la playa de Triana. Tras el diagnóstico, fruto de la enfermedad venérea que padecía y de haberla metido en todas partes, los gustos le cambiaron: los niños fueron su nueva obsesión. Entonces ya se parecía completamente a su padre: eran igualitos. Cada vez que miccionaba bajaba a todos los santos del cielo y los gritos llegaban hasta el pago de Tenoya, donde La Milanera tenía su horizonte. “El meón celestial caliente” se convirtió en el apodo que le prodigaron sus trabajadores y el nombrete recorrió la ciudad entera, la parte de arriba y la de abajo, hasta la orilla del Mirón, y desembocó en el Mercado y allí, en plena Plaza, discurrió hasta la costa. Sus siete descendientes, de otras tantas mujeres, fueron reconocidos milagrosamente por el follador empedernido; más por temor de Dios que por otra cosa. Y de todos ellos, solo le dio entrada en la finca al tercero de sus vástagos, Dionisio Madrigal de la Acequia de Arriba, que en nada se parecía a su progenitor. Ese soy yo. Y hasta ahora no me había dado a conocer porque he querido quitarme de encima esta losa que me acogota, pero no lo he logrado. Una vez asumida tal condición, les señalo que mi padre biológico, no podría definirlo de otra manera, ejerció de personaje malo de novela, pendenciero y maltratador, que vivió un tiempo de odio y desprecio hacia los demás, porque su exacerbado conservadurismo, en su rincón preferido del casino donde se cuecen las habas al socaire de las copas, fue la auténtica carta de presentación del señoritismo de entonces y de su manera de actuar, en la que cada tornillo debía encajar en el lugar preciso y donde no debía faltar ninguna arandela.

Yo, Dionisio Madrigal de la Acequia de Arriba, reivindico mi espacio y mi tiempo. Cuando me hice cargo de La Milanera intenté mejorar las condiciones de los trabajadores. Y la primera medida que tomé fue despedir al capataz, José de las Lomas Rocosas: digno representante del dolor y del desprecio; justo lo que quería romper. Y la finca siguió caminando de manera casi igual, pero con el tono de la tranquilidad que tanto necesitaba. A mis otros hermanos les hice partícipe de las ganancias, pocas, porque la competencia se había vuelto cotidiana y porque yo, la verdad, los negocios no los entendía del todo. Siempre andaba ensimismado en las pinturas, en los libros y en las óperas. Creo que viví un tiempo que no me gustaba y volqué la mirada hacia las Artes, como antes se decía. Pero conduje La Milanera lo mejor que pude hasta que la economía fue cambiando y aproveché para orientar mi vida hacia la tranquilidad y el sosiego. En el fondo, lo que ansiaba era desaparecer, que no morir, borrar todo vestigio de mi padre biológico y ser uno más en el rutinario acontecer.

Actualizado el Lunes, 01 Junio 2020 01:29 horas.

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