Microrrelatos: "Juan de las Cuevas Milagrosas" (I)


Yo, Juan Milano de los Barrancos, caí de bruces al recibir el fuerte golpe propinado por mi socio, Humberto Madrigal, y éste, creyéndome muerto, huyó despavorido como alma que lleva el diablo.


juandelascuevas

Pero lo que él nunca supo es que aún no había llegado el momento de mi partida y aproveché aquellos instantes confusos para desaparecer. Y presencié mi entierro y mi esporádico y humilde funeral de un modo un tanto surrealista. Todo fue tan vertiginoso como la soledad en la que vivía: mis padres habían desaparecido unos años antes. Y, ya se sabe, los hijos únicos nos quedamos acompañados de la soledad y de los recuerdos constantes. Y lloré tanto a mis amados padres que pensé que mis lágrimas, unidas en el dolor como las cuentas de un rosario, eran infinitas. Yo, solo y sin familia alguna con la que poder intercambiar unas palabras distintas a las de los sueños, a pesar de la sangre derramada en la cantonera, logré alcanzar la Cueva de la Sal, en el barranco de Tenoya, y allí, Manolito Humilde de las Dehesas, pastor de cabras, me cuidó y guardó para siempre su complicidad y discreción. Y cumplió su palabra que, en aquel tiempo, mantenía el marchamo de inquebrantable. Del golpe recibido, y sufrido, mi cara quedó desfigurada; no me convertí en atracción de feria de puro milagro. Sin embargo, ya no era el mismo, o, al menos, así me sentía, y aquel que fuera mi socio demostró su verdadero rostro: un auténtico esbirro que no veía más allá de sus propias narices. Y, metido de lleno en la confusión, adopté un nuevo nombre: Juan de las Cuevas Milagrosas, y a mis veintisiete años emprendí una nueva vida que resultó mucho más gratificante que la ya vivida; según se desarrollaron los acontecimientos posteriores. Siempre me sorprendió que se pudiera desaparecer de modo tan rápido. Con los años comprendí que Humberto arrimó lo suyo para que mi persona y el olvido fueran lo mismo. Y ahora me he asomado a esta ventana de historias porque yo, modestamente, traté y conocí a la mayoría de las personas de las que aquí se hablan. Algunas ya se han adelantado y han contado su parte, y creo que, a pesar de estar muerto, muy muerto, puedo indicarles lo que vi y viví en aquellos años de principios del siglo XX. Intentaré no repetir algunas cosas, aunque me temo que serán inevitables, más que nada por mi torpeza al unir estas palabras que tanto se me resisten.

De cualquier manera lo voy a intentar y empezaré por mi principio: mi relación con Humberto Madrigal de las Miradas Únicas, mi asesino a medias, aunque él nunca llegó a enterarse, se había plasmado en la cantina del Casino un tiempo antes, cuando descubrió que mis negocios orientados estaban al futuro comercial que se adivinaba en la ciudad norteña. Yo, que suelo confiar en las personas más de lo que debiera, firmé un acuerdo con Humberto para sacar adelante la finca de La Milanera, que había heredado y necesitaba, en principio, un empujón económico, que yo (perdón por la reiteración), por supuesto, facilité. Me convertí en su socio, pero nunca fui partícipe de sus miserias; demasiadas, por cierto. Cuando me percaté del derecho de pernada que todavía ejercía, no salía de mi asombro y la verdad es que tampoco hice nada por evitarlo, todo hay que decirlo. Bueno, alguna vez creo recordar que algo le dije, pero en cuanto su entrepierna se calentaba, su personalidad se desdoblaba: no pensaba ni razonaba, ni menos aún escuchaba. Cada vez discutíamos más y más y los gritos llegaban a la linde con Tenoya, pues nuestras algaradas, que nunca busqué, transcurrían al aire libre, donde mi socio parecía sentirse fuerte y seguro. Un empujón aquí, otro allá, un golpe arriba, otro abajo y, cuando caí y me golpeé en la cara, el conocimiento salió huyendo del lugar. Humberto corrió como si hubiera visto a la mismísima parca y, al dar con su capataz, José de las Lomas Rocosas, le contó, entre asustado y, eso sí, con su natural gallardía, no lo podía evitar, el percance. Creía el perfecto y fiel capataz haber encontrado el momento adecuado, y tan ansiado, para agarrar por los huevos definitivamente a su jefe. Y cuando enfiló hacia la cantonera, yo ya no estaba allí. Le contó, horas después, que me había rematado y enterrado en la parte baja de la finca, aquel rincón de la esquina más bien rocosa y umbría, y se embadurnó las manos en tierra y sangre para demostrarle su complicidad eterna. Humberto Madrigal, en su desesperación, le prometió una recompensa permanente a su silencio. Así que ellos dos, solitos, se montaron la farsa y aquella tarde por el pueblo corrió la noticia de que me había embarcado precipitadamente para Cuba, huyendo de maridos engañados y de mujeres de doble vida. En el Casino, las bromas duraron hasta casi la media noche, mientras las copas volaban en el aire de los cuentos y los chismes. Humberto actuó como se esperaba de él: un perfecto maestro de ceremonias de las mentiras. “Espero que me avise al llegar allá para arreglar las cuentas”, dijo al tiempo que el penúltimo coñac se deslizaba por su alcohólica garganta. A nadie le extrañó aquella circunstancia. Apenas un mes antes, otro caso similar se había publicado en La Gaceta Norteña y ya los parroquianos imaginaron que los tiempos estaban cambiando vertiginosamente y, además, visto lo visto, no había que fiarse de nadie. Como no les quiero contar los tristes y desagradables detalles de entonces, como ya les dije, hice mutis por el foro y mi personalidad cambió completamente, incluso acompañada de una ligera cojera que se acentuaba en los días húmedos y en las calles empinadas. Así que todo vino casi dado. Y estaba dispuesto a poner las cosas en su sitio, pero nunca he sido extremadamente rencoroso. Cuando tenía preparada mi venganza, esa que dicen que siempre se sirve fría, me enteré de su mal estado de salud y lo que le costaba mear. Me dejé estar y comprendí que la revancha que quería alcanzar ya la vida me la había servido. Bien es verdad que no es más que una casualidad; sin embargo, a mí me gusta creer que “alguien” me había ayudado. Y cambié mis rencores al ir observando que Humberto poco a poco iba convirtiéndose en lo que siempre fue: una garrapata que ya no disponía de víctimas. Y cuando comprobé que apenas salía ya de la finca, comprendí que empezaba a vivir la última parte de su vida. Y, al pasar cerca de La Milanera, en los días húmedos y fríos, oía en el silencio de la noche sus lamentos y gemidos, como si una voz de ultratumba permaneciera aún en el limbo. En el Casino, donde se le echaba de menos porque siempre pagaba, se comentaban, ya sin el temor de su desagradable presencia, los abusos de su desmedido y anticristiano comportamiento. Y un día Gumersindo Gutenberg, el alemán, lo dejó bien claro:

--- A cada cual le llega su San Martín. ¿No es ese un refrán de ustedes?

Los tertulianos del momento, y, a la sazón, fuerzas vivas de la ciudad, lo miraron, en principio, con extrañeza y en silencio; sin embargo, comprendieron, posteriormente, que la justicia divina había llegado para quedarse. Y así cada día sus fechorías llenaron las mesas de la cantina del Casino y las de los bares de la Plaza, y las esquinas más concurridas, hasta que con las Fiestas de la Primavera el asunto quedó totalmente relegado de la ciudad entera, que continuaba su travesía imperfecta y con los baches propios de la carretera a la capital. Los mismos amigos y conocidos, que se preciaban tanto de su amistad, habían ajustado sus particulares venganzas.

Por eso yo no tuve que intervenir. Nunca he llevado sobre mis espaldas rencores atrasados ni luchas a destiempo. Y, en aquellos años, no es que yo fuera una joya, pero tampoco un desalmado como Humberto Madrigal, mi terrible socio.

Deja un comentario

Esta es la opinión de los lectores, en ningún caso la de infonortedigital.com. No se permitirán comentarios ofensivos o contrarios a las leyes españolas. Tampoco se permitirán mensajes no relacionados con el tema de la noticia.
El envío de comentarios supone la aceptación de las condiciones de uso.

volver arriba

Noticias

Municipios

Suplemento