Microrrelatos: "La sonámbula"

arancha mujica2020La sonámbula sale cada noche en busca de la luna. Es una figura de plata que serpentea descalza por los caminos del pueblo, envuelta por el vapor de las telas de un niveo camisón, agitado por el viento. Las nubes se revuelven a su paso, se enredan dibujando tirabuzones en el cielo, plegándose como el telón de un formidable firmamento, para mostrar a la reina de la noche que pareciera iluminar su camino. Las ventanas tienen ojos silenciosos, que juzgan con recelo, hacen guardia. Dicen que la locura se apoderó de la mujer que por los senderos se pierde a medianoche, sin otra compañía que un gato negro que le brinca los andares y se confunde entre las sombras.

Dicen que la sonámbula llega hasta la ribera del río y una vez allí, se libera de sus ropas para dejarse engullir por las heladas aguas, ante la mirada apacible de su gato negro. Dicen que es su gato el que la guía, pues ella anda dormida, inconsciente. Dicen que tal vez, mujer y gato sean dueños de una misma alma. Dicen que es una bruja, o que es el mismo demonio que se pasea en libertad amparado por la soledad de la noche.

La luna se refleja temblorosa en el espejo de las aguas, y la sonámbula nada hasta ella, dejándose llenar por su luz. Con los ojos cerrados se impregna de la luminosidad que se derrama sobre la nívea piel como una cascada de plata. Y extendiendo los brazos hacia el cielo deja brotar de sus labios una plegaria en algún lenguaje ininteligible, quizá un idioma que alguna vez hablaran los antiguos moradores de la tierra. El gato negro que observa desde la orilla del río, murmura sonidos roncos al compás de los rezos, uniéndose ambas voces en una sola, como si entonasen al unísono una bella melodía.

Los ojos curiosos esperan tras las ventanas, aguardando el regreso de la sonámbula, la loca, la bruja, ávidos de alguna imagen que alimente su desprecio y sus miedos hacia todo aquello que escapa a su comprensión. Cada noche esperando que el fantasma envuelto en paños blancos regrese sobre sus pasos. Y como cada noche, solo logran ver un gato negro que vuelve solitario desde la ribera del río, con unos ojos luminosos que se clavan desafiantes en las miradas que se ocultan tras las ventanas.

Y entonces los postigos se cierran con un golpe seco, rompiendo el silencio de la noche.

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