Microrrelatos: "No te mueras"

GQB2015—No quiero que te mueras —me dijo—. ¿Me oyes? ¡No te mueras!

Y me abrazó llorando.

Miré por encima de su hombro y vi como el resto de la familia nos observaba entre el asombro y el horror. En cierto modo, Maia había llegado y con sus palabras había tirado todo nuestro teatrillo abajo. Hasta entonces lo único que escuchaba eran palabras de aliento, mensajes de ánimo; solo observaba rostros cargados de optimismo que pretendían hacerme ver que formaban una piña en torno a mí, que se sentían fuertes y unidos, que estaban conmigo. Por supuesto yo no podía reprocharles nada, pero con su actitud me hacían sentir irremediablemente solo y cobarde. Tenía un miedo atroz a sufrir, a morir, pero sentía que si lo expresaba estaría fallándoles a todos.

Así que callaba.

Entonces había llegado Maia, tras cuatro horas de vuelo y casi un año sin vernos, y había dicho aquello. Y yo me abandoné en sus brazos aún jóvenes mientras la acompañaba en su llanto. Fue como una especie de liberación: ambos llorábamos en voz baja, sintiendo nuestras lágrimas en las mejillas y las del otro en nuestro hombro, humedeciéndolo. Nos separamos al cabo de unos minutos, aunque podríamos habernos quedado así dos horas.

—Yo tampoco quiero morirme… —susurré. Y aún más bajo, añadí: —Tengo miedo.

Maia me acarició el pelo cano sin decir nada. ¿Qué más podía decir? Al fin y al cabo yo era un viejo al que se le aproximaba la muerte.

La muerte.

Tan definitiva, tan… Incluso sintiéndola tan próxima que a veces podía verle la cara, no encontraba palabras para describirla; en mi cabeza la muerte tenía mayor entidad que cualquier otra cosa: que el amor, que la amistad, que la familia, que el arte. Al final todo caía bajo su guadaña, a todos alcanzaba hasta sumirnos en la oscuridad, en la nada. Mientras miraba los ojos azules de Maia, eléctricos como un relámpago, me pregunté cuánto tiempo me lloraría, cuánto tardaría en olvidarme cuando la vida la arrastrase sin remedio, sin prisa y sin pausa, hacia todos los hitos que aún tenía por delante. Le quedaba tantísimo por vivir que me cuestionaba cuán atrás terminaría cayendo mi recuerdo, en qué momento pasaría a ser una nota a pie de página en lugar de un capítulo de su vida; cuándo sería simplemente un sueño involuntario en lugar de un pensamiento consciente. Me resultó curioso y revelador descubrir que incluso en esos últimos días, ya anciano, seguía albergando un ansia casi infantil por sentirme amado y querido de un modo físico, explícito y sin maquillar. Por eso las palabras de Maia me habían llegado tan adentro, por eso aquel “¡No te mueras!” ahogado significó más para mí que todos los “Te vas a poner bien”, “Lo estás haciendo fenomenal” y demás frases de manual que ya me sabía de memoria. Por eso, pese a que sus palabras pudieron sonar sombrías y desesperadas a oídos de los demás, a mí me hicieron sentir extrañamente vivo.

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