Microrrelatos: "El ardid"

eulalionuevaSentado en el larguero de la cama, Andrés buscaba las pantuflas con las puntas de los pies, al tiempo que se masajeaba las artríticas rodillas. En el dormitorio, la grisalla se plisaba con lentitud en favor de los anaranjados del crepúsculo. Mientras, un cendal comenzaba a iluminar sobre el almohadón el rostro sosegado de Helena. En ese instante, Andrés, del todo abstraído, admiraba con arrobo la colonización que la luz hacía del dorado aladar que se desgajaba como una guirnalda de la cabellera de su amada y que le cubría parte de la mejilla, para, ondulante, deshilacharse en el tobogán del cuello.

Cuando Andrés se incorporó, lo hizo con sumo cuidado, evitando posibles tropiezos hasta prender el aplique del pasillo, camino de la cocina. En la travesía era perseguido por una jauría de preguntas que cada mañana le ladraban hacía cuarenta y cinco años ya: “¿Por qué Helena te eligió a ti? ¿Por qué tú entre tantos otros más meritorios? ¿Por qué tú y no otro cualquiera de la pandilla de juventud?”

A salvo entre los muros de la cocina, la rutinaria elaboración del desayuno se impuso frente a la caterva inquisitoria de la jauría. Andrés tomó del anaquel la bandeja de patitas desplegables para surtirla de canelas: un dedal con zumo de pomelo seguido de la fuente con las pasas sultanas, al lado el chusco untado en mantequilla, junto a la raja de melón que rozaba la tacita de porcelana que a su vez aguardaba impaciente el moca. En medio de las azuladas llamas de la hornalla, Andrés empezó a vislumbrar el agua espejeante de la cala y a la pentecóntera varada en la arena de la playa con su esqueleto de ballena al sol. Un grupo de espartanos arrancaban algunos durmientes y los últimos tablones de la cubierta que eran arrastrados donde los ingenieros jónicos concluían la estatua de un bello equino. Envueltos en la canícula del meridiano, tres jóvenes escanciaban el vino de las cráteras entre la pequeña y dispersa mesnada, transformada provisionalmente en artesanos de ribera y pertenecientes todos ellos al grueso de la Liga de Aqueos. El silbido de la cafetera hizo regresar a Andrés de la hipnótica ensoñación de la noche anterior. Vertió el café, con unas gotas de edulcorante, en la porcelana y, asiendo la batea, ojeó la calle por la ventana de la cocina.

Los metódicos dedos de Andrés desplazaron la guirnalda y con una garatusa sus labios aquilataron la grata tibieza que emanaba la piel de Helena, que en ese momento principiaba a despertar olfateando el aromático moca. Una trepidación violenta asaltó al hombre. Un hecho terrible había tenido lugar, en la fracción de segundo en que él, distraído, había ojeado el paisaje urbano. Algo inquietante y que no podía concretar aún. Para no sobresaltar a su bella durmiente reconstruyó, mientras se vestía apresurado, el mecano de la ventana. Primero, recordó al beagle, husmando entre el imbornal y el enrejado del alcorque, después el brillo del relente esmaltando las baldosas de la acera y por último la fila de automóviles aparcados en línea.

Estático, detrás del cancel de barrotes y roleos oxidados del jardín, Andrés escudriñaba la hilera de vehículos en la acera de enfrente: un Mercedes Benz 220 beige, los antiniebla amarillos del Tiburón y, a continuación, un gran espacio vacío, como un largo paréntesis en blanco, sin palabras, cerrado por un Simca 1000 y el Seiscientos negro que, para mayor inri, le pareció el punto final de un mal párrafo. En el hueco debería haber estado su Chevrolet Bel Air del 53.

Pasados cuarenta y cinco minutos, sin haber anunciado a Helena lo sucedido, Andrés se encontró frente al agente de cabello intonso y prominente nariz granulada que solicitaba su firma al pie de la pertinente denuncia del robo. Astuto, rehusó Andrés rubricar con el Pilot y sacó de la americana su estilográfica fuente y la billetera. Abriendo la cartera vio la foto en el compartimento plastificado mientras balbuceaba: “Helena en la flor de la juventud, en su carro descapotable de color hueso tostado con su pajarito niquelado sobre el capot.” El insensible funcionario dejó caer su índice jabalina en el faldón del pliego y Andrés firmó irremediablemente con la angustia solemne de un general derrotado.

De regreso a la casa, hizo un alto en el camino, frente al escaparate de un conocidísimo comercio de electrodomésticos. Recuperando fuerzas, concedió un instante a su aspecto personal, ridículo y estrambótico: el cabello fosco, las gafas de lectura torcidas sobre el tabique nasal, la americana de corte cruzado desabrochada cubriendo solo parte del pijama de cachemir y el pliego aún pegado a los dedos. Decidió que contaría la verdad a Helena: “Anoche robaron el Chevrolet.” Pero las crueles palabras del policía las ocultaría lastrándolas con una potala y arrojándolas al fondo del mar. Un lejano canto de sirena personificado en la voz aniñada del funcionario le repetía: “Los vehículos clásicos difícilmente se recuperan, son desguazados y las piezas vendidas como recambios a desaprensivos coleccionistas del género.” Andrés reanudó la marcha arrastrando las pantuflas y pisándose los bajos del pijama simultáneamente con los del pantalón. El intermitente ámbar del semáforo lo retrajo con su hipnótica cadencia a los espartanos descuartizando a la pentecóntera.

A los pocos días del huerto del Chevrolet, una extraña apatía se adueñó del espíritu de Helena, absorbiéndola por entero en una espiral de tristezas. Pasaba interminables horas mirando la calle a través de las ventanas. En alguna olvidada gaveta del aparador extravió el apetito, repudiando del todo sus platos predilectos. Interrumpió de repente la novela de Truman Capote y el clavinet no volvió a dar una nota de Chopin. En tanto, los innúmeros discos de Mozart y Satchmo se cubrieron de polvo junto a la tornamesa Philips. Insociable, dejó Helena de atender las llamadas telefónicas de las amigas, alegando alguna ficticia indisposición física. El pequeño cuadro inacabado del caballete se tapó con una sábana la cual, bajo la araña del salón adquirió una apariencia fantasmagórica como el propio espíritu sonámbulo de su dueña.

Según era habitual, después de los buenos días de cortesía y la tacita con el moca para Helena, se ausentaba Andrés de los muros de la casa camino de la expendeduría de la esquina a por el diario. A cada salida, un retraso mayor se sumaba al de la vuelta al hogar. Andrés aprovechaba la “escapada” para visitar un nuevo concesionario y traer disimuladamente envuelto en la prensa un catálogo con los últimos modelos de coches que ofrecían las innumerables firmas automovilísticas. En la mesa de patas de cangrejo flanqueada por dos sillas austriacas con respaldo de bejucos, amontonaba Andrés los periódicos y los catálogos con el deseo anhelante de que algún día Helena dejara de lanzarles aquellas displicentes miradas al pasar.

El decimosegundo día de la sustracción, muy temprano, a eso de pasadas las seis, Andrés aplacó del todo la lumbre de la cocina y, como uso y costumbre, antes de atender la cafetera, ojeó la calle. Cuál no sería su sorpresa cuando en la acera de enfrente vio aparcado de nuevo su añorado Chevrolet. En un corto espacio de tiempo estaba trazando círculos en rededor del vehículo, entre atónito y alborozado. Examinándolo, Andrés peritaba el estado actual del descapotable: la pintura y la chapa sin rayones ni aparentes abolladuras, el tapizado lustroso y los cromados exteriores e interiores pulidos cual diamantes. Tirando de la manilla se sentó al volante y giró la llave en el contacto y el motor ronroneó como un tierno morrongo. Un sobre destacaba en el asiento del acompañante y, creyéndolo suyo y allí olvidado por un antiguo lapsus, lo guardó en el bolsillo del pijama a rayas y, con la efervescencia en el cuerpo por dar la buena nueva a Helena, no reparó más en él.

Con un inocente ardid, Andrés llevó a Helena hasta la cocina, allí le dijo: “Tengo una sorpresa para ti. Por favor, mira por la ventana.” Después Helena dio un salto felino encaramándose al cuello del amado exclamando: “¡Por fin, albricias!” Y lo colmó de besos.

Pasadas las primeras impresiones y de regreso al salón, Andrés cayó en la cuenta de la presencia del sobre aún en el bolsillo. No tan convencido, como al principio, de que fuese una pertenencia suya olvidada, lo abrió leyendo en voz alta para ambos la siguiente misiva:

Estimados propietarios del Chevrolet:

Un hecho inesperado e ineludible nos obligó, a nuestro pesar, a tomar temporalmente su vehículo. Para resarcirles en lo posible del daño y las molestias ocasionadas, hemos encerado el auto y llenado el tanque de gasolina. Pero creyendo esto insuficiente, nos permitimos adjuntarles también dos entradas para la función teatral que se celebrará dentro de siete días en el Principal.

Esperando que nos perdonen, y que lo hagan de corazón, reciban un cordial saludo.

En una lengua arcana, casi musitando, dijo Helena: “Hay gente buena y bien está lo que bien acaba.” En tanto, Andrés dejaba sobre la mesa de patas de cangrejo el sobre junto a un jarrón de bohemia y los innecesarios catálogos.

A la mañana siguiente, Helena, evitó las ventanas regresando a la página 120 de “Otras voces, otros ámbitos.” Cuando los ojos acusaron cansancio, dio rienda suelta a sus dedos, los cuales evolucionaron sobre el teclado del clavinet tocando a Chopin de memoria. Durante el almuerzo, saboreó una sopita juliana y devoró con verdadero apetito el bistec y la guarnición de ciruelas. Por la tarde no sesteó y llamó a las amigas por teléfono. Luego desvistió el caballete agregando puntadas ocres a un campo de trigo por donde una delgada vereda asimétrica discurría de norte a sur, ligeramente desviada al oeste, y que parecía venir de ninguna parte para ir a ningún sitio. Más allá de la perspectiva y la profundidad, Helena le imprimía a la composición, con la total ausencia de almas, un halo de misteriosa e intrigante soledad.

Desde la aparición del auto, las horas matinales de Helena se convirtieron en un tiempo de luminosidades felices y una perenne primavera de intelectualidades, bebiendo nuevamente de cada una de sus aficiones y elevando aún más su espíritu. Temeroso de volver a ver prisionera de un estado saturnino a Helena, Andrés la invitaba cada tarde a un lugar distinto: una escapada al cine, un viaje por la autopista norte hasta el merendero entre los sauces, donde niños y padres se agolpaban junto al viejo Chevrolet, o simplemente a la costa a ver morir la tarde y reaparecer las estrellas, de las que Helena comentaba, riendo, que eran los granos de arroz de los días de boda que en el aire quedaban flotando sin llegar a caer del todo en los atrios.

El séptimo día, endomingados, ocuparon Helena y Andrés las butacas reservadas en el palco proscenio, pequeño voladizo inapreciable sobre el escenario, cual minúscula cornisa natural en la vertical de un acantilado. Ella era ferviente admiradora de Lola Herrera, que en un instante daría vida a Carmen Sotillo e indirectamente a su difunto marido Mario. Por el contrario, Andrés, no simpatizaba con Delibes, el autor, pues lo tenía por un palurdo provinciano estancado en la redacción de El Norte de Castilla entre máquinas de escribir y, lo que aún era peor, amante empedernido de la cinegética y las malolientes escopetas. Casi en penumbra dio comienzo el interminable monólogo repleto de los reproches que Menchu Sotillo hacía a Mario. A Andrés, el que Menchu hablara a tontas del finado, aunque fuese su esposo hasta hace unas escasas horas, le pareció un despropósito monumental, algo que iba más allá de los experimentos teatrales del momento. Opuestamente, Helena, cuanto más se despotricaba de Mario, más admiración sentía por él y su causa: catedrático de instituto, amante del periodismo y nada arraigado al materialismo pueblerino de su viuda.

De regreso al hogar, después de dos horas de ausencia, evitó Andrés hacer comentario alguno sobre la obra. A su lado, Helena traía a la memoria fragmentos del soliloquio sin llegar a pronunciar siquiera una frase. Por divertirse y distraer al malhumorado Andrés, de un modo infantil comenzó Helena a enumerar de viva voz y calibrar con el índice y el pulgar las magnitudes de los plateados granos de arroz que conformaban las lejanas constelaciones de Andrómeda, Casiopea y Canis Minor, logrando arañar al rato una sonrisa de las rígidas facciones de Andrés.

Aquella noche, Andrés se entretuvo más de lo acostumbrado aparcando el Chevrolet. Con las prisas por dar alcance a Helena, se enredó en la manguera del jardín, tropezando a continuación con un tiesto extrañamente fuera de lugar que le hizo perder el equilibrio y pendular sin llegar a caer del todo. Nervioso, a la vera de Helena, no acertaba con la llave atascada en la cerradura. Por fin palpaba la pared buscando el interruptor y, cuando se hizo la luz, descubrieron su hogar desvalijado. Apenas quedaba alguna pertenencia sin valor: los periódicos y catálogos esparcidos por doquier y los añicos del jarrón de bohemia. Apoyado en la pared con una vena de sangre enrojándole la cara y apunto de estallar, Andrés buscó las fuerzas para gritar: “¡¡¡Malditos saqueadores!!!” Con gran sorpresa, Helena lanzó una carcajada que retumbó huecamente por las desmanteladas habitaciones regresando a los oídos con la fidelidad de un bumerán. Entonces creyó Andrés haberla perdido para siempre sin remedio, pues había traspasado sin querer la frontera hacia el mundo de los orates de la mano del tremendo shock. Pero ella le dijo con total serenidad:

— ¡Querido príncipe! No te ofusques por tan poca cosa. Este es nuestro sino y siempre lo será, pareces olvidarlo. De sobra sabes que nada me une a la sordidez de Menchu Sotillo, aferrada a lo mundano. Yo soy Helena, la que en cada centuria pacientemente te recuerda que si las cosas bellas y materiales me agradan es porque tú me las regalas y por lo que ellas encierran del alma del artista que las creó. Qué pueden importarnos estos ínfimos tesoros y estos toscos muros comparados con aquellos mayores y más esbeltos que conocimos almenados resguardando nuestro paraíso. Si me afligí por la pérdida del Chevrolet es por lo que él simboliza, nuestro medio de escape, en nuestra huida hacia adelante y porque tú eres mi hermoso auriga. Qué valor otorgarle a todas estas cosas frente a nuestro amor intemporal.

Entraron en el dormitorio de la mano mientras la grisalla los devoraba. En medio de la oscuridad dejó escapar Andrés una lágrima de satisfacción, pues al fin sabía quién realmente era él.

Eulalio J. Sosa Guillén

3 comentarios

  • Tinerfe Lunes, 26 Octubre 2020 11:27 Enlace al Comentario

    Se trata de un desafío para mejorar la comprensión lectora. Muchas gracias.

  • Juan Jose Mendoza Quintana Lunes, 26 Octubre 2020 10:48 Enlace al Comentario

    Enhorabuena por tan magnifico relato, espero no incomodarte por compartir.

  • Paco Bolaños Lunes, 26 Octubre 2020 08:08 Enlace al Comentario

    Eulalio, bien, muy bien. Como de costumbre, no sólo me gustó el relato, sino también, la retahíla de viejos e inusuales términos que me llevaron al diccionario. Ánimo.

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