Microrrelatos: "El Niño dormido"

eulalionuevaDurante el estío anduvo el mercurio congelado en la probeta y unas temperaturas benignas nos acompañaron a lo largo del período vacacional cual dóciles bueyes, no pudiendo decir lo mismo de aquella ardorosa sensación térmica experimentada por nuestros infantiles cuerpos cuando cruzaban, sin ser nosotros conscientes de ello, la delgada línea que separa la inocente niñez de la pícara adolescencia. Valiéndome de algunos indicadores que mejor ilustren y corroboren lo expuesto, valga decir que en un periquete pasamos de los tebeos a las lecturas de mayor enjundia de Mark Twain y Julio Verne, de Jack London y Alejandro Dumas, añadiendo de la despensa nacional a “Rinconete y Cortadillo” y al entrañable “Lazarillo de Tormes”. Si es verdad que no echamos en falta los cómics, tampoco las canicas. Bien distinto fue el dramático episodio protagonizado por nuestras cometas levitando en lontananza, suspendidas del tendido eléctrico, canteadas por el viento y hopeando sus colitas de trapo mientras gritaban: “¡Adiós niños, adiós!”

Rápido se disiparon las tristezas por la pérdida de tan volanderos artilugios, pues por aquellos días vino a unirse a la pandilla un individuo singular, resultando ser a la larga un muy leal amigo. Varias jornadas anduvo el hombre merodeando a distancia, hasta que armándose de valor se presentó a la exacta hora de la merienda, sin otras credenciales que su famélica estampa de podenco. No se hicieron esperar las dádivas: una mano soltaba queso curado; otra, sin saber bien cuál, solo que era generosísima, una gorda loncha de cecina; y aquella otra de allá, muy cercana de la primera, un resto de esponjosa morcilla, en tanto las palmas más alejadas empezaban a lanzar, a modo de cárnico maná, miajas de longaniza.

A la semana, Toño, como lo rebautizamos nos acompañaba confiado y satisfecho. Con trote ágil seguía el vagabundo la marcha de nuestras bicicletas y, por poner en un brete al nuevo, injustos nosotros —reconozco ahora— arreciábamos el pedaleo. Entonces pasaba él de podenco vulgar a galgo con pedigrí, aventajándonos por medio cuerpo al cruzar la meta. En nuestras razias a las fincas de extramuros, donde los minifundios de afamadas sandías y los canteros de melones de menor notoriedad, se adelantaba Toño cual explorador, advirtiendo con repetidos ladridos si olfateaba al guardés o blandiendo el florete del rabillo indicando que estaba despejado el camino al sandial. En las frecuentes visitas a la presa, dejábamos en sombreado la ropa, al bueno de Toño, al que no le gustaba el baño, y la merienda, sin que a nuestra vuelta echáramos en falta las provisiones.

En los esporádicos partidos de balompié, el compilla se mostraba bastante diestro con el hociquillo, jugando de titular con los locales y a ratos con los visitantes. Pienso que sería por no tomar bando entre los amigos, pues nos quería a todos por igual. Si alguno se lastimaba, lamía pacientemente la matadura, mas si lo veía alicaído por cualquier circunstancia incluso que fuera más allá del resultado futbolero, con mil carantoñas perrunas le arrancaba una sonrisa.

Con estas anécdotas y otras parecidas tocaba el verano a su fin. Sin tardanza preguntamos en casa por si podíamos adoptar al desdichado amigo, pero solo sacamos en claro, sin que yo delate aquí el nombre de los dicentes, lo que a continuación se detalla:

¡Jesús hijo! Cuanto más mayor… No baldearé las azoteas con zotal. ¿Queda claro? Barrabás.

¡Pero hombre! Piensa en tu madre y en el mobiliario, que los machos levantan la patita.

¿En qué casa vives? ¡Insensato! ¿No entiendes que tenemos gato y la gresca será segura?

¿Podenco dices? Pero tú no sabes que a perro flaco… ¿Quién lo expurgará? ¡Tú seguro que no, malandrín!

Con el inicio de las clases se quedó Toño como al principio, a merced de los elementos y expuesto a las muchas crueldades de los hombres. Sin más amparo que el que pueda la providencia ofrecer a estos errabundos seres, nos despidió sentado a la puerta del instituto, con las orejillas caídas y los ojines acuosos, emitiendo un lastimero cloqueo, clavándose sus tímidos vagidos, casi humanos, en nuestros corazones.

Poco le vimos durante el trimestre, solo en contadas ocasiones fruto del azar. Al vernos venía gozoso y juguetón a nuestro encuentro en busca del millón de caricias que le propinábamos y, de paso, por la fineza de mortadela que nos granjeábamos por medio duro en el ultramarino. Nos acompañaba un trecho para perderse después, con disimulo, en la siguiente esquina, sin mirar atrás, tal vez por no dejarnos aún más compungidos.

Los primeros días de las tan ansiadas vacaciones navideñas buscamos a Toño sin resultado. Nos temimos lo peor, cavilando durante días la causa de su ausencia: quién sabe si un lance con un dogo, a lo mejor el roce de un cupé a gran velocidad, es posible que la ingesta de algún veneno expresamente destinado para él o quizás el terrible dogal que lo hubiese llevado ya a la perrera.

La Nochebuena de aquel año lloviznó hasta bien entrada la madrugada. Lo sé porque me dieron las tres mirando por la ventana. En la calle, el resplandor de las luminarias estaba muy menguado por el efecto de la pertinaz garúa que continuaba desplegando su enorme visillo argentado en el exterior. Aun así, reconocí los pasos de Toño cuando le vi. Cojeaba, avanzando con dolorosa dificultad y evitando los charcos. Realizó un penoso escorzo al tropezarse con un grupo de beodos que salían del último figón abierto. Asustado, aceleró el paso mientras una botella vacía le rozaba el lomo y se perdió con dirección a la foresta que iba creciendo notablemente en las escalinatas del templo. Los feligreses salían de Misa del Gallo y Toño pasó al través del tropel de piernas y las copas de los paraguas, colándose de rondón en la iglesia al tiempo que salía el último parroquiano.

Toño escuchó a su espalda los sincrónicos bostezos que la llave hacía al girar en la cerradura, forzando el estiramiento de los metálicos brazos de la falleba. Medroso, avanzó por la nave de la derecha respirando aquella densa atmósfera cargada de tibio monóxido de carbono e incienso. Guiado más por su olfato que por el sentido de la vista, llegó prontamente al presbiterio, donde a la izquierda del altar se erigía el belén iluminado por una bombilla eléctrica cual primigenio aerolito obstinado en no caer, desafiando todas las leyes de la gravedad e indicando a la tríada de astrólogos el exacto punto del alumbramiento. Al contemplar a la Virgen y a San José, tal vez pensó el bueno de Toño que la santa pareja sería del mismo parecer que nuestros padres y por eso volvería sus pasos, viniendo a dar con la capilla destinada a la advocación de San Amaro. En la recoleta pieza, aparte de la talla del anciano peregrino, se encontró con una copia muy lograda del original de Murillo titulado El Niño Jesús dormido sobre la Cruz. Toño se sentó como lo suelen hacer los canes en la naturaleza, mirando los misteriosos confines de una región vedada a los hombres de poca fe… Ayudado por unas lamparillas de aceite de chisporroteantes pabilos, recorrió cuidadosamente los elementos del lienzo: el escuadrado madero en posición horizontal, la cabecita del Infante apoyada en la cruceta y el rollizo cuerpo yacente a lo largo de la tabla presagiando el azaroso camino a recorrer… Quedó Toño prendado del amable semblante del Jesusito de rubicundos cabellos, arreboladas mejillas y la naricilla roma. Deliberó entonces que sería buena cosa aposentarse en la capilla, eligiendo para ello el terciopelo muelle del reclinatorio.

Dolorido por las lesiones, aterido hasta el tuétano y mortificado por la gazuza, apenas pudo encontrar reposo, distrayendo la mente con recuerdos de antaño, entre ellos la visión angelical de una perrita que lo amamantó junto a otros tres cachorros que se le parecían y a los que les perdió la pista muy temprano… Y entonces Toño se durmió tan profundamente como nunca antes. Una mano breve le acariciaba con balsámico masajeo las partes doloridas de su maltrecho cuerpo. Sintió cómo unos dedillos minúsculos jugueteaban con su lengua y la campanilla del paladar. Sus belfos se relajaron de tal modo que el podenco dejó salir un hilillo baboso del color del azogue por la comisura de su puntiagudo hociquillo, formándose un charquito plateado en el suelo como si la iglesia tuviese una gotera.

En la ronda de la mañana halló el sacristán el rígido cadáver de Toño bajo el cuadro del Niño dormido. Entristecido, el cancerbero de la parroquia decidió que, habiendo muerto el perrillo en sagrado lugar, no debía él echarlo a la zaga del camión de la limpieza. Con humilde arpillera lo amortajó para cavar, pasadas unas horas, una huesa donde sepultarlo al lado de una frondosa palmera de su propiedad.

Por fin había encontrado Toño quien lo adoptase sin añadir más cortapisas a su fragoso camino. Por eso hoy día, para sorpresa de mi esposa y los renacuajos del hogar, cuando hago el belén, a los pies de la cuna dejo una figurilla de un podenco durmiendo plácidamente junto a su pequeño amito.

¡Ah! Casi lo olvido, ¿podrás perdonarnos Toño?

Actualizado el Domingo, 27 Diciembre 2020 15:27 horas.

4 comentarios

  • Rita Jueves, 31 Diciembre 2020 16:39 Enlace al Comentario

    Muy linda historia. Maravillosa como siempre

  • Cebollero Jueves, 31 Diciembre 2020 01:13 Enlace al Comentario

    Yo, con 6 o 7 años, tuve un amigo así.... Llego el verano, me fui a veranear. A la vuelta, ya no estaba. A veces lo recuerdo, de noche, en la entrada de la caseta de cartones que le había preparado, mirando expectante hacia las luces de la ventana de la cocina de mi casa.Hoy me has emocionado Jesus

  • Andrés Martes, 29 Diciembre 2020 18:30 Enlace al Comentario

    Ya es hora que se reconozcan el valor literario de tus escritos.

  • pascual ruiz quesada Lunes, 28 Diciembre 2020 09:08 Enlace al Comentario

    muy bonito si señor, felicidades amigo Sosa,
    pascual ruiz

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