Microrrelatos: "La mochila"

Josefa Molina 2020literaaratosCállate ahora mismo o te doy una hostia en la cabeza esa enorme que tienes y cómete la jodida hamburguesa, le escupió con todo el desprecio que una persona puede lanzar a otra. El niño, de unos diez años de edad, le lanzó una mirada de rabia y sorbió lentamente la bebida.

La joven del pullover negro los observa mientras colocaba la mochila en el suelo, muy pegada a su pantorrilla donde pudiera sentir el contacto con la tela impermeable. No era madre pero eso no impedía que aquella escena le revolviera el estómago. Claro que ella no era quien para meterse en los asuntos de los demás. Además, en poco, nada de aquello importaría en lo más mínimo.

Que te comas la puta hamburguesa, ¡joder!, insistió la mujer. La chica del pullover negro hizo el gesto de levantarse pero la camarera de las mesas se le adelantó:

-Señora, o se controla con el niño, o voy a tener que llamar a la policía.

-¿Qué vas a hacer qué? ¿Pero quién coño te has creído que eres, chacha de mierda? A mi hijo le hablo como me da la gana, ¿te enteras?

Al instante se plantó junto a ellas el encargado del local: Señora, voy a tener que pedirle que se vaya, aquí no queremos líos.

- ¿Qué líos ni qué líos? Me iré desde que este acabe con la mierda de comida que hacen aquí.

- Está bien pero un grito más y llamo a seguridad.

- Eso será si quiero y tú, cómete la puta hamburguesa para irnos de este antro.

La chica del pullover negro no les quitaba los ojos de encima desde la mesa que ocupaba al lado de la salida. Convenía estar cerca de la puerta por si tenía que salir corriendo. Eso fue una de las cosas que primero aprendió en el campo de adiestramiento. Claro que no le explicaron cómo actuar ante una situación tan inesperada como la que estaba presenciando.

Aquella mujer le revolvía las entrañas. Personificaba el motivo por el cual se encontraba allí, sentada, esperando el momento adecuado para actuar. Representaba en sí misma todo lo que detestaba de la sociedad capitalista: arrogancia, consumismo, obesidad, mala educación, maltrato hacia los débiles...

Por eso estaba allí aquella tarde, por eso portaba una mochila con explosivos suficientes para volar por los aires aquel centro comercial, sede de la prepotencia burguesa, de la exaltación del capitalismo más voraz. Todas aquellas tiendas, toda aquella gente no era más que esclava de un sociedad que acabaría convirtiendo al género humano en una especie de caníbales desequilibrados y destructores que no se conformarían solo con destruirse a sí mismos, sino que acabarían con cualquier vestigio de vida sobre la faz de la tierra.

Paseó despacio la mirada por el local. Allí estaban: un grupo de chicas con piercing en el ombligo que comían entre risas sucedáneo de papas, una pareja de adolescentes que se hacía arrumacos mientras sorbían sus bebidas azucaradas, un padre que atiborraba a sus dos vástagos de carne de dudosa procedencia. Todos allí, todos engullendo como bestias inmundas, devorando como si no hubiera un mañana...

De pronto, sintió una punzada en el estómago. Respiró con calma para no vomitar. Iba a coger la mochila cuando un grupo de chicos con indumentaria deportiva entró ruidosamente en el establecimiento. El más alto marchaba delante de todos con cara de pocos amigos.

-Alex, tío, tranquilo, que no fue para tanto.

-¿Cómo que no? Nos han robado el puto partido, ¡joder!

-Ya, tío, pero es el primero que perdemos en toda la temporada…

-No, joder, yo no pierdo nunca y tú, si quieres continuar en mi equipo, tampoco pierdes, ¿queda claro?

-Vale, tío, vale, contestó el otro chico intentando apaciguarlo. Anda, vamos a comernos una triplex que paga el club.

El tal Alex le miró con la furia dibujada en el rostro. Estuvo a punto de soltarle un puñetazo en su cara de idiota pero se contuvo a tiempo: estaban en público. Ya se la daría en privado, de camino a casa. No sería la primera vez que descargaba sobre aquel caragilipollas toda su rabia tras un partido.

Con la comida servida en bandejas, se dispusieron a buscar mesa. Aquella que está cerca de la salida, ordenó Alex al resto, y se dirigió hacia la mesa en la que estaba sentada la chica del pullover negro.

- Oye, guapa, ¿te importaría dejarnos la mesa? No estás comiendo nada.

La chica le miró de arriba abajo con absoluto desprecio. ¿No crees que eres muy joven para estar saturándote así grasa animal? Y el respeto a los animales, ¿qué?

- ¡Pero mira esta!, exclamó el chico ante sus colegas de equipo. ¿Qué mierda me estás contando? Anda, lárgate de una vez. Fue a dejar la bandeja sobre la mesa cuando de pronto vio la mochila en el suelo. Sin pensarlo dos veces, cogió impulso y, de una patada, la lanzó por los aires.

Durante días, los bomberos trabajaron en vano en el rescate de supervivientes. Una mañana, los principales diarios del país amanecieron con el milagro en portada: un niño de diez años de edad había sido rescatado sano y salvo entre los escombros del lugar de la deflagración. Según explicó, se había agachado debajo de la mesa a recoger la pajita de su bebida justo en el momento en que el mundo le cayó encima.

La crónica del diario explicaba que las autoridades buscaban de forma urgente una casa de acogida para el pequeño ya que, según afirmó, aquel día había ido al centro comercial con su madre, su única familia. Era curioso, escribía el periodista que firmaba uno de los reportajes ya que, a pesar del drama vivido y de quedarse solo en el mundo, el niño no parecía estar triste ni asustado. Más bien, sonreía.

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