Microrrelatos: "Slavia"

Slavia

     “En aquel verano transitorio y a medio camino entre un sistema viejo y caduco y otro inesperado nos volvimos a reunir en la Cafetería Slavia: tan disidente, tan romántica, tan 007: el encanto que siempre desprendió bajo el aroma del café y de la cerveza casera. Fue la última vez.

     Semanas después, un policía harto de buscar y escuchar a posibles enemigos del régimen como si en una garita se encontrara, nos dijo que durante un día entero no fuimos vigilados por la policía secreta, algo inusual después de cuarenta años: la vida normal y corriente se iba imponiendo, pensé en mi atolondramiento con aquella estudiante a la que le daba clase dos veces por semana y, de vez en vez, alguna que otra noche de apasionado calor y fuego efímero. Era Praga, entonces, una ciudad oscura que se desperazaba de la dictadura soviética y, poco a poco, parecía resurgir en su verdadera belleza histórica, arquitectónica y literaria. Al mismo tiempo, su juvenil empuje acalló los robos de carteras y relojes que aumentaban exponencialmente al socaire de cada esquina y de cada plaza. Ya solo faltaban las riadas de turistas que buscaban, ansiosos, las viejas tiendas con escaparates rusos, y los tiburones especulativos, que dispuestos se mostraban en su asalto a la hermosísima ciudad. Siempre me he sentido muy enamorado de Praga, tan kafkiana. Paulatinamente, la sonrisa fue ganando adeptos. Y aquel verano de 1990 lucía distinto a otros en su atmósfera y en su tono: fue un verano de futuro incierto. Y eso sí era raro. Darina resultó ser una joven universitaria que crecía con el cambio político y dispuesta estaba a europeizarse en sus estudios de Derecho; aunque, claro, esto lo supe después, cuando me abandonó al pie de la escalera de la Universidad con un “profesor, te estás quedando atrás”. Y allí dio media vuelta y la vi alejarse, con su moderno pantalón vaquero que marcaba sus curvas, al paso de la Historia que abría ya nuevas páginas. Yo debía mi imagen de profesor moderno y comprometido a un régimen que empezaba a diluirse por las alcantarillas de la ciudad. Todo parecía desvanecerse. Tenía que reinventarme si quería mantener el atractivo académico; no era guapo, la verdad, pero sí resultón y en el conjunto la imagen progre que proyectaba indicaba, a la vez, la excelencia. Sabía que los nuevos tiempos avanzaban vertiginosamente y que estaba a punto de convertirme en un sueño del pasado. Creía estar en posesión de todas mis facultades, pero lo cierto es que cada vez me acordaba más de Hemingway. Sin embargo, aguanté el vértigo del tiempo con fe berroqueña y en el Puente Carlos opté por mantener la visibilidad.

     Y no, no estaba dispuesto a tirar la toalla, a pesar de que Darina pasara a mi lado, agitando su rubia melena con una sonrisa giocondiana, con su indiferencia veinteañera.”

2 comentarios

  • Marcelo Peña Miércoles, 10 Marzo 2021 07:19 Enlace al Comentario

    Relato muy pintoresco en el que se deja ver la sombra de Kafka entre los recuerdos de una ciudad históricamente ensoñada:Praga. Me parece que esas referencias culturales tanto a figuras literarias de la talla de Kafka o Hemingway como a la presencia del arte pictórico a través de la forma adjetival "giocondiana" cobran en el relato una gran importancia que evocan una atmósfera más misteriosa.

  • Celina Lunes, 01 Marzo 2021 21:20 Enlace al Comentario

    Que bien relato, el autor tiene la facultad de llevarnos y ver esas escenas y paisajes. Nos hace participes de sus relatos.
    Enhorabuena

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