Microrrelatos: "Historias imaginarias"

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¿Veis esta cicatriz en mi mejilla? Fue de una herida que me hizo una valerosa mujer de estas tierras, allá en los tiempos en que, como cobardes, acechábamos por las costas de la isla a sus pobladores esperando una oportunidad para hacernos con algunos de ellos, siendo el más preciado botín las mujeres, que tanta fama tenían por su hermosura.

Hoy en día me avergüenza haber formado parte de este despreciable negocio de la esclavitud.

Un día, por la costa norte de la isla de Canaria, siendo aún de noche, en una cala desierta cerca de Laguete, escondimos la nao y embarcamos en dos chalupas cuatro tripulantes para acercarnos a una playa de pescadores cercana.

Escondimos las lanchas y vigilamos para caer por sorpresa sobre los primeros que aparecieran por la orilla. Fueron cinco mujeres, por suerte, pues sus hombres son muy fuertes y valerosos y no descartamos que alguno de nosotros quedara muerto en la arena.

Eran hermosas mujeres, jóvenes y llenas de gracia, que se acercaban a bañarse. Recuerdo con admiración su casta desnudez a la luz del amanecer.

Nos lanzamos a su captura sin advertir que estaban custodiadas por una mujer mayor. Creí que sería alguna madre o guardiana; lo cierto es que ésta, dando grandes gritos y arrojando certeras pedradas, propagó la alarma y tuvimos que huir, pues de las cuevas cercanas fueron apareciendo varios hombres.

Una de las piedras lanzadas por dicha mujer me dio en la cara y quedé sin sentido en la arena. Mis compañeros desaparecieron.

Cuando desperté me encontré en una cueva, y la misma mujer que me había herido me curaba la herida. Estaba atemorizado y desconcertado, pues esperaba que en cualquier momento me dieran muerte.

No fue así. Cuando me recuperé me quedé en el poblado y me asignaron un trabajo ingrato para ellos: el de carnicero. Me llamaban por un nombre que quiere decir “el de la cicatriz”, pero mi nombre es Francisco Baena.

Dejo esto dicho con el fin de que llegue a manos del Capitán General y pueda influir para que no ataque esta población y tenga compasión de los pescadores y las familias de esa costa del norte de la isla que menciono, ya que ellos tuvieron compasión de mí a pesar de mi felonía.

(Este pliego fue transcrito por el escribiente Martín Toledo ayudante del Cronista de la Conquista a petición del que dice llamarse Francisco Baena. Agáldar, 23 agosto de 1482).


Texto: Juana Moreno Molina
Foto: Ignacio A. Roque Lugo
Actualizado el Jueves, 11 Marzo 2021 13:26 horas.

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