Microrrelatos. "Escena de un supermercado"

  • Escrito por  Josefa Molina
  • Publicado en Microrrelatos

Josefa Molina 2020literaaratosDejó el perro atado a la entrada del supermercado. La iniciativa de la cadena de alimentación de instalar una argolla a la entrada para que los clientes pudieran dejar a sus mascotas mientras hacían sus compras, le pareció una acierto desde el minuto uno. En el de su barrio, contaba además con un recipiente de agua. Todo un detalle, sobre todo durante las épocas estivales, lo que hizo que, a partir de ese día, el supermercado en cuestión fuera su elegido para realizar sus compras diarias. 

Porque si había un ser por el que ella se desviviera era por Crosby, su caniche mediano de pelo blanco y rizado. Le puso ese nombre por uno de sus grupos de rock preferidos, Crosby, Stills, Nash and Young, pero eso a nadie le interesaba, ni siquiera a sus hijos a quienes, por más que les pusiera la música de los 70, jamás entendieron qué era lo que veía en ellos. Diferencias generacionales, se decía para justificar la incultura musical de su prole.

El caniche se quedó mirando para su dueña mientras sujetaba la correa a la clavija de acero. Quédate aquí tranquilo y no ladres, le dijo la dueña sabiendo que aquella iba a ser una empresa complicada, dado que el animal tenía tendencia por el ladrido y el llanto mientras su dueña permanecía en el interior del establecimiento.

La cajera se quedó mirando la escena. ¡Otra vez la loca del perro! Ahora tendría al jodido chucho aullando durante todo el tiempo en el que la mujer estuviera dentro. Mira que venían clientes con sus perros y los ataban allí, pero ninguno era tan irritante como aquel caniche feo con su ladrido estridente y chillón. Encima, a veces le daba por lanzarse a los pies de los clientes que intentaban acceder al local. El chico de seguridad ya había llamado la atención a la mujer en más de una ocasión por ese tema pero ella insistía en llevar al perro y dejarlo allí esperando. Un día algún cliente le pegará una patada y la vamos a tener, le dijo la cajera al de seguridad. Y él se mostró de acuerdo.

–Doscientos gramos de jamón york y la mitad de una pechuga de pollo, si eres tan amable.

–Para el perrito, ¿no?

–Sí, a veces le hago un poco de arroz con pollo, para variar un poco el menú.

–Ay, sí, pobres, tanto pienso debe de ser aburrido... –convino la chica de la charcutería- Y, ¿dónde lo tiene? ¿Esperando en la puerta?

–Sí, claro, como siempre , contestó la dueña, orgullosa

–Eso está bien, dijo la dependienta mientras la tendía el paquete con la media pechuga en su interior.

–No sé qué haría sin él, la verdad, afirmó la cliente antes de darse la vuelta y seguir con su recorrido 

Un litro de aceite, unas cuantas naranjas y un par de tetra-bricks de leche, creo que eso es todo lo que necesito por ahora, repasó la mujer mentalmente mientras arrastraba la cesta de la compra por los pasillos del supermercado. A lo lejos escuchaba el constante ladrido de su perro. Le gustaba, era la forma de asegurarse de que el animal seguía donde lo dejó, aunque no creía que pasara nada, todos sabían quién era la dueña de Crosby, empezando por el chico de seguridad que, aunque parecía que no le hacía mucha gracia escuchar los ladridos del animal, no tenía más remedio que aguantarlo. Para eso le pagaban.

El de seguridad se acercó al perro que, como siempre, no paraba de ladrar. Aunque esa mañana estaba más insoportable que nunca, excitado como estaba al ver a otro perro que paseaba por el lado contrario de la calle. El chico miró a la cajera a través del cristal de la puerta. Esta le devolvió la mirada y le hizo un gesto de asentimiento. Con un movimiento rápido, el de seguridad desató al perro del aro metálico. El caniche cruzó hacia el otro lado de la calle corriendo como un loco.

La mujer escuchó el ruido de frenada de un coche seguido de un golpe seco. Al instante, se percató del silencio: ¿y los ladridos de Crosby? Dejó la cesta de la compra y salió corriendo hacia la entrada. Sus ojos buscaron en el lugar donde su perro debería de estar esperándola. Entonces divisó el tumulto que se había formado en medio de la vía, justo delante de un todoterreno gris. Los transeúntes, paralizados, movían la cabeza negando la evidencia. La calle se llenó del estridente sonido de las bocinas de vehículos impacientes.

La mujer se acercó hasta el lugar del tumulto. Sentía cómo el corazón le palpitaba en las sienes. Allí estaba el perro, bajo la rueda del todoterreno. No pudo reconocer la cara del animal entre la masa de pelo y la carne sanguinolenta aplastada por la rueda. Se arrodilló ante los restos del animal e intentó asirlo pero una mano la sujetó por el hombro, reteniéndola.

No sé qué ha pasado, escuchó que le decía la voz del chico de seguridad. Estaba ladrando como un loco y de pronto, se soltó.

Desde su puesto, la cajera sonrió.

Josefa Molina

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